Críticas: Basada en hechos reales

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La crisis creativa como epicentro.

No es de extrañar que llegada una cierta etapa en la carrera de un cineasta, más que encontrar una disminución gradual en la calidad de los films realizados —siempre dibujada a través de unas inquietudes que van mutando y abriéndose a prismas no todo lo sugestivos que se quisiera—, aquello que otorgaba una naturaleza específica a los mismos quede diluido debido a la evolución del carácter de una imagen cada vez menos emparentada con aquellos lugares concretos que circundaban en tiempos pretéritos. Es precisamente a partir de algunos de esos lugares tan presentes en la obra Polanskiana desde los que se construye esta Basada en hechos reales, un film que por momentos es capaz de ofrecer un reflejo estimulante sobre los avatares del autor y su propia creación, pero que en cambio discurre por unos derroteros que inducen más a pensar en un contexto formulaico que en la propia autoría que el cineasta pretende reflejar en ellos.

El relato encabezado por Emmanuelle Seigner, que encontrará en una seguidora suya (interpretada por Eva Green en su versión más inquietante y ambigua) cierto apoyo en el discurrir de un nuevo texto que parece bordear los parámetros de la ficción cuando en el fondo se establece en todo momento desde la realidad personal, teje de este modo un discurso cuya esencia se centra precisamente en la experiencia propia como potenciadora y generadora de relatos ficticios, y encuentra en esa dimensión el estrato más sugerente de una cinta que funciona mucho mejor en el ámbito reflexivo que no como pieza de género en la que Polanski intenta invocar fantasmas pasados en un marco que no llega a favorecer esa relación en ningún momento.

El terreno psicológico se alza de nuevo como una de las vías centrales de la crónica establecida por el polaco, pero encuentra en ese jugueteo al que procede el cineasta una respuesta de lo más naïf: no tanto por llegar al núcleo del mismo con una facilidad inusitada, sino más bien por la candidez con que son empleados los recursos dispuestos para llevarnos a esa dualidad que se expone de forma demasiado obvia. Así, y si en la primera mitad asistimos a la conexión que se establece entre Delphine y Elle, fomentada siempre por un dibujo demasiado débil del personaje interpretado por Seigner —por más que éste dibuje una inseguridad propia del medio y del momento en que se mueve la protagonista—, que parece totalmente a merced de las decisiones tomadas por esa homóloga en el mundo de la escritura en que devendrá Elle; en la segunda el autor de Repulsión tomará las riendas de un ejercicio de género anclado a su perspectiva como autor, donde los espacios determinarán un rol consecuente en la fomentación de la atmósfera compuesta en torno al vínculo entablado entre ambos personajes, deviniendo en una suerte de anexo de aquella Misery dirigida por Rob Reiner a principios de los 90.

No es que a través de ese proceso Polanski pierda aquello que le ha identificado como cineasta, sino más bien que las propiedades de su cine se diluyen entre estímulos cuya percepción se desvanece ante la obviedad de una propuesta cuya resolución se antoja evidente. Y no lo hace porque ese proceso instaurado entre ambos personajes resulte clave para la consecución de un film que sólo lo emplea como mecanismo, lo hace debido a la focalización de un conflicto entre ideas lánguidas y lugares comunes vagos que ni mucho menos se vinculan —como parece desear su autor— con aquel cine turbador e inquietante que dejó en sus mejores piezas. Puede que en la síntesis de su disertación queden la valía y (ante todo) restos de una película que no parece encontrar, como su protagonista, la inspiración adecuada en ningún momento —salvo en su última y acertada secuencia—, pero al fin y al cabo ese se supone escaso bagaje para un cineasta que no hace tanto nos regaló una pieza de orfebrería imbuida del mejor cine de género como fuera aquella El escritor.

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