Documenta Madrid 2018: Crónica 3

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Paisajes con horrores escondidos.

Hay un momento en Escoréu, 24 d’avientu de 1937 en el que a una distancia más que prudencial y de espaldas en todo momento, se sienten como si le estuvieran enfocando en un primerísimo plano toda la emoción y las lágrimas de Ángel Fernández al haber conseguido después de 80 años encontrar los restos de su padre al que apenas llegó a conocer. Este momento de la película de Ramón Lluís Bande es la constatación de la necesidad de seguir ahondando en la recuperación de la memoria histórica de este país, misión que Bande se ha propuesto llevar a cabo desde su posición de cineasta para dejar crónica de los crímenes que quedaron olvidados por el miedo a hablar sobre ellos. En Escoréu, 24 d’avientu de 1937 se sirve de los testimonios de tres ancianos vecinos de Pravia (Asturias) que perdieron a sus padres a manos del mismo asesino en nombre de la Falange en aquellas navidades de 1937.

En la fosa de La Canalona, donde siempre han sospechado que se encontraban los cadáveres de sus familiares asesinados, Bande intercala estos testimonios con la búsqueda durante tres días de esos restos por parte de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica haciendo del paisaje del bosque donde se encuentra la fosa un personaje más, mudo testigo durante 80 años, al que modifica frente a la cámara para dejar al descubierto las huellas de la injusticia escondida por el terror. Con una cadencia tan pausada como la paciencia de quienes han esperado tanto tiempo para encontrar la paz, y sin apelar a la pornografía emocional a la que sería tan fácil recurrir con un tema como este, la película de Bande va creciendo en la memoria poco a poco, sin prisa pero sin pausa, como la tarea de recuperar por fin aquello que fue arrebatado sin pudor.

Mis vecinos, crónica de unas elecciones

la pregunta a la que quieres contestar es ¿cómo es posible que mis vecinos voten al Frente Nacional y que consiga ser la segunda fuerza más votada en Francia? la respuesta no está en la simple contemplación del día a día de esos vecinos sin ningún cuestionamiento que pueda contestar a esa pregunta. La premisa de Mis vecinos, crónica de unas elecciones es la de poder entender los motivos que hay para que en pleno siglo XXI el auge de la extrema derecha en Europa alcance cotas tan altas como las que consiguió el partido de Marine Le Pen en las pasadas elecciones presidenciales en Francia. El problema de la película de Joseph Gordillo es que no se da – principalmente porque no se pregunta – ninguna respuesta más allá de que en un momento determinado una votante de Le Pen afirme que la vota para que la gente se eche a la calle y haya una revolución.

Como decía a la salida del pase nuestro querido y añorado Sergio De Benito, Mis vecinos, crónica de unas elecciones no molesta, no indigna ni complace, no se justifica nada ni se juzga nada. Y, a priori, en una película con carácter político esa objetividad debería jugar a favor de ella, pero el problema no es precisamente la distancia que toma con respecto a las posiciones políticas sino el no mostrar en absoluto esas posiciones ni cuáles son las razones concretas para que se den en un paisaje que, eso sí, nos describe como idílico. Se trata, pues, de una oportunidad perdida para entender, o al menos asumir, que el desencanto político con los gobernantes europeos está posicionando a muchos ciudadanos en una ultra derecha con visos de repetir la historia de la primera mitad del siglo XX en esta primera mitad del XXI.

Good luck

Etnografía psicodélica. Así definían en la presentación de Good luck la filmografía de su director, el estadounidense Ben Russell, una cinematografía que explora distintas culturas desde la experimentación formal. Con Good luck Russell nos trae un díptico con el nexo común del trabajo humano en las minas con un resultado algo desigual. Durante la primera parte de la película, Russell se introduce en las entrañas de una mina de cobre en Serbia siguiendo a los mineros con largos planos secuencia en los que su hipnótica utilización de la (poca) luz que ilumina los túneles de la mina y los sonidos que surgen del trabajo dentro de ellos, hacen de la rutina de estos hombres una experiencia fascinante.

Sin embargo en la segunda parte de la película, y a pesar del buen hacer de Russell filmando los trabajos de búsqueda de oro en una mina de Surinam, todo el magnetismo que produce el juego de luces y sombras de la primera se difumina. A pesar de que la fuerza de las imágenes decae, ambas partes de la película están conectadas por el retrato de las personas, hombres en mayor medida, que cada día repiten una rutina de trabajo con un alto nivel de peligrosidad. Todos, sin excepción como confiesan al director, con el único deseo de una vida mejor. Buena suerte.

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