Documenta Madrid 2018: Crónica 1

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Primera crónica del Documenta Madrid 2018.

Colgamos a los ladrones de poca monta, pero a los grandes ladrones los elegimos para cargos públicos.

Con esta cita de Esopo comienza Blue Orchids, la segunda película de la que os vamos a hablar en esta crónica, y que también refleja muy bien la diferencia de trato que recibe el protagonista de la primera.

La historia de David contra Goliath. Así se nos presentaba la película de Feargal Ward La batalla en solitario de Thomas Reid, un documental sobre un hecho real acontecido en 2015 en Kildare (Irlanda) cuando la todopoderosa Intel se fijó en las tierras que la familia de Reid tenía en propiedad desde hacía más de cien años. Reid, un solitario granjero de 51 años por entonces, se negó a vender sus propiedades y a deshacerse de sus animales lo que provocó un largo proceso judicial promovido por la IDA, la agencia para el desarrollo industrial de Irlanda con la excusa de la necesidad de anteponer los intereses personales al bien común de la población.

La película de Ward acompaña en todo momento a Reid en su rutina diaria ocupada en cuidar de sus animales y escuchar las noticias en la radio. En contraposición a la naturalidad del día a día de Reid, Ward filma los procesos judiciales de manera teatralizada representándolos en el espacio abierto de las tierras del propio Reid, quizá como una manera precisamente de burla hacia unas leyes hechas para favorecer a las grandes empresas frente a los David de este mundo que, como en el caso de Reid, se mantienen inflexibles ante el abuso de poder aun a riesgo de perderlo todo.

La batalla en solitario de Thomas Reid es un ejemplo de cómo hacer cine social sin necesidad de una exhibición manipuladora de los sentimientos o la lucha de las clases menos favorecidas. Simplemente trasladando a la pantalla la imagen de un granjero trabajando sin parar para no ceder a las presiones. Sin más.

Blue Orchids

Si de pantomimas hablamos, la historia de Riccardo Privitera da para una o varias películas solo hablando de la vida (o vidas) de este peculiar personaje que protagoniza Blue Orchids. Es difícil hablar de Blue Orchids sin situarla en el contexto en el que se llevó a cabo el proceso de filmación de dicha película porque, de otro modo, una sale de verla con la sensación de no entender muy bien dónde está la crítica o por qué se intercalan los testimonios de Privitera y de Chris Hedges con la recreación del asesinato de Mahmud al Mabhuh. Vamos por partes: En 2016 el director Johan Grimonprez llevó a la pantalla la investigación sobre el tráfico mundial de armas recogido en el libro Shadow World de Andrew Feinstein, en un documental de título homónimo. Durante la preparación de esta película, el equipo de Grimonprez conoció a un traficante llamado Riccardo Privitera quien les proporcionó muchas horas de grabación contando el relato de su vida como soldado de las fuerzas especiales de Sudáfrica y su vida comerciando con armas por todo el mundo.

En Blue Orchids por un lado tenemos parte de estos testimonios de Privitera y por otro los del ex periodista del New York Times Chris Hedges, quien narra los horrores de las guerras en las que fue corresponsal y denuncia la relación entre dichas guerras y los acuerdos encubiertos de los gobiernos participantes en ellas con el tráfico de armas, denuncia por la cual fue despedido del Times durante su corresponsalía en la guerra de Irak. Pero mientras el testimonio de Hedges es sincero el de Privitera es absolutamente falso y este hecho determinó que se desestimara por completo para Shadow World. La cuestión es que no nos queda claro si Blue Orchids está planteada como lo que pretende ser una crítica al sistema de poder corrupto que es capaz de provocar una guerra para beneficiarse del multimillonario negocio del tráfico de armas, o bien una simple confrontación de testimonios verdaderos o falsos sobre un mismo tema con lo que la crítica quedaría no solo oculta, sino desprestigiada por un personaje como Privitera. Lo peor de todo es que, como decía al principio, se hace casi imposible entender finalmente este documental sin conocer la historia que hay detrás de su producción. Una pena.

Photographic Memory

Para alegrarnos la tarde nada mejor que la última película de Ross McElwee, a quien este año Documenta Madrid homenajea con una retrospectiva de su filmografía. McElwee rueda desde su perspectiva personal. Sus películas son una plasmación de su propia vida y de sus anhelos y preocupaciones desde el prisma de sus vivencias captadas siempre por esa cámara que le acompaña en todo momento. En Photographic memory, su inquietud por la actitud de su hijo mayor (actitud adolescente intrínseca a su edad) le lleva a volver la vista atrás a su propia adolescencia y juventud para tratar de entender la brecha generacional que le separa de ese niño al que solía grabar en sus anteriores trabajos y con el que tenía una conexión que ahora parece perdida. Para ello decide viajar hasta el pueblecito de la Bretaña francesa donde pasó unos años siendo un veinteañero y rememorar, a través de las fotografías que hizo allí, una época en la que él mismo reconoce haber sido un verdadero quebradero de cabeza para su propio padre.

Photographic memory se mueve entre el misterio y la curiosidad de saber qué fue de un pasado que quedó atrás, la aceptación de nuestros propios prejuicios sobre lo que viene detrás y que nos deja obsoletos, y la constatación de que la vida es un ciclo por el que todos tenemos que pasar incluido ese niño al que se sigue queriendo porque está todavía dentro de un adolescente enfadado con el mundo. Todo ello con la humanidad, la ternura y el humor que la propia vida requiere para hacerle frente.

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