Críticas: El hombre que mató a Don Quijote

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El maldito y fallido Quijote de Gilliam.

Codiciado y eterno ha sido el proyecto de Terry Gilliam para adaptar la inmortal obra de Miguel de Cervantes. Cerca de tres décadas intentando levantar un proyecto que, siendo sinceros, se antoja como un suicidio artístico desde su propia concepción. La dificultad para adaptar una novela tan monumental como Don Quijote de La Mancha se traduce en un final de camino poco satisfactorio que, si bien es cierto que sortea y consigue escapar del terreno del despropósito, no es menos cierto que la película siempre está situada al borde de lo ridículo. El hombre que mató a Don Quijote no es la película que se merecía la obra maestra de la literatura hispánica, pero quizás es la única que Gilliam podía ofrecer a estas alturas del partido.

El director de 12 monos acierta en el juego metacinematográfico al centrar el relato en las inseguridades y la odisea de Toby (Adam Driver), un director publicitario, condenado a deambular por La Mancha con un anciano zapatero que se cree el mismo Don Quijote. Éste no es otro que el protagonista de su opera prima, una adaptación de la novela en su época de estudiante universitario. El pasado y presente confluyen en una road movie frenética y delirante que sirve a Toby como proceso de enfrentarse a sus propios demonios, personales y profesionales, ahondando en los obstáculos del artista, las ambiciones y la repercusión y el legado de la propia obra. Una original vuelta de tuerca al universo medieval y onírico de Don Quijote en la que Gilliam parece exorcizar sus propios miedos, celebrar el cine como expresión artística y rendir cuentas con la industria -los dardos a los productores son constantes, así como la autocrítica en la megalomanía del artista-.

No obstante, todas estas buenas ideas sobre papel son trasladadas con una descontrolada y excesiva ambición. Probablemente, veinticinco años atrás Gilliam hubiese estrenado una versión muy distinta, también mucho mejor. Su filmografía lleva años en caída libre y su impulso creativo parece estar desatado, sin opción a calibrar un discurso bajo toda esa puesta en escena extremadamente disparatada. La película se mueve entre dos tramas paralelas (incluso tres, si se quiere), la fusión entre pasado y presente y el mundo surrealista abierto por la alucinación del zapatero/Quijote. Ahora bien, ninguna resulta especialmente atractiva y todas ellas se vuelven tediosas a marchas forzadas. La iconoclasta galería de secundarios profundiza en esta flaqueza, sobre todo, en los encarnados por Óscar Jaenada y Jordi Mollà, ambos insufribles.

Gilliam se reivindica a lo largo de todo el metraje con esa lucha tenaz y a contracorriente por cumplir el ansiado sueño de rodar la película deseada. El hombre que mató a Don Quijote es una especie de ejercicio de perseverancia artística frente a las dificultades de la industria, un alegato en favor de la grandeza del autor, tanto dentro como fuera de la pantalla con su propuesta de cine dentro del cine. Gilliam ofrece una fallida reformulación de la obra de Cervantes que tiene su máximo valor en la consecución del proyecto ansiado por el cineasta. El resultado final es decepcionante; por fin han visto la luz del cine los molinos (de viento y eólicos) de La Mancha, pero si hubiesen perecido en las páginas de un guion maldito tampoco hubiese pasado nada. Al menos si lo que Gilliam podía ofrecer era simplemente este mejunje de ideas tan torpemente desarrolladas.

Crítica de Alain Garrido para MySofa

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