Críticas: Isla de perros

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El haiku canino de Wes Anderson.

En 2010, el mismo año en el que Fantástico Mr. Fox, la primera película animada que dirigía Wes Anderson, conseguía la nominación a los oscars a mejor película de animación, la Palma de Oro del Festival de Cannes al mejor cortometraje la ganaba un corto animado titulado La isla de los perros (Chienne d’histoire) del director armenio Serge Avédikian. Basado en un hecho real que tuvo lugar en Constantinopla en 1910, La isla de los perros narraba cómo el gobierno de la ciudad decidió desterrar a todos los perros callejeros que invadían sus calles a una isla desierta frente a sus costa, dejándoles a merced de la inanición o de la muerte bajo las aguas del Bósforo tratando de nadar de nuevo hacia la costa.

No sabemos si influenciado por dicha historia y por el corto mencionado o por pura coincidencia, Wes Anderson, amparado por sus inseparables Roman Coppola y Jason Schwartzman además de Kunichi Nomura, desarrolla en Isla de perros, su nueva película de animación, un relato muy similar a aquel. En esta ocasión, la acción se traslada a un Japón futurista en el que, siguiendo una tradición ancestral de odio a los canes, el alcalde de la ciudad de Megasaki exilia a todos los perros a una isla vertedero con la excusa de proteger a los ciudadanos de un un virus canino mortal y altamente contagioso. La audacia y el empeño de Atari, ahijado del alcalde Kobayashi, en rescatar a su fiel Spots, primer perro desterrado, conseguirá junto a una cuadrilla de perros exiliados en la isla destapar todos los secretos y conspiraciones que rodean al decreto ordenado por el máximo dirigente de la ciudad.

El hecho de que un autor tenga unas señas de identidad en su obra tan significativas y reconocibles como las que tiene Wes Anderson – hablamos, como no, de su amor por los planos fijos con una simetría escrupulosa digna del trastorno obsesivo-compulsivo más radical, de la ruptura de la cuarta pared por alguno de los personajes, de la figura del narrador omnisciente que introduce y cierra la historia, el juego de los formatos y la multipantalla,…-, no impide en absoluto que cada nueva película del tejano nos vuelva a sorprender por la utilización precisamente de todo estos recursos, todos ellos presentes de nuevo en Isla de perros, al servicio de la historia que nos quiere contar. En esta ocasión, además, Anderson introduce todo un homenaje a la cultura y el cine japonés en el que incluso respeta el idioma de los personajes humanos nativos del país del sol naciente. No olvidemos que cada película de Wes Anderson es un cuento y como tal el narrador se dirige a un público específico tratando de facilitar su comprensión. Es por ello que al comienzo de la película ya se nos informa de las facilidades que nos va a ofrecer para entender a todos los personajes, humanos o no, implicados en la historia.

Al margen de la originalidad que se le pueda atribuir sobre la premisa de Isla de perros, tal como indicábamos en el primer párrafo, y de que la historia a priori pueda parecer una leyenda más dirigida a un público juvenil, esta nueva incursión en la animación del director de Moonrise Kingdom se trata paradójicamente de su película más política y ácida en cuanto a la crítica a los poderes totalitarios, la manipulación informativa y la defensa a ultranza de una sociedad plural y absolutamente democrática. Más allá de la estética preciosista y milimétricamente calculada del film, acorde a toda la filmografía de Anderson, en Isla de perros no impera el individualismo de cada personaje sino que se aboga por el poder de la colaboración y la solidaridad popular frente a la imposición unilateral de la autoridad establecida. La aventura en este caso no es la de Sam y Suzy huyendo del mundo adulto para poder experimentar por sí mismos la vida, es la de toda una colectividad marginada por su condición innata queriendo reivindicar su lugar en el mundo.

Haciendo uso del siempre eficaz humor negro y en algunos momentos incluso algo inocente y pueril (son niños y perros los grandes protagonistas del film) y arropado por la partitura de Alexandre Desplat y los tambores taiko de Kaoru Watanabe, Isla de perros es en definitiva una nueva demostración de la meticulosidad de Wes Anderson a la hora de contar sus historias, quien como un orfebre es capaz de combinar la sensación de artificiosidad estética con la más pura esencia de una fábula legendaria. Una nueva delicia a la que ya nos tiene acostumbrados, vaya.

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