Críticas: Winchester: La casa que construyeron los espíritus

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¿Una casa de fantasmas o de locas?

Han clavado puerta tras puerta. Las ventanas permanecen cerradas. Así limitan el espacio los hermanos Spierig en Winchester: La casa que construyeron los espíritus el título que anuncia esa historia que, para quien la conoce, desea que destile un homenaje al terror aferrado al clasicismo, al fantasma, al sobresalto, al estrangulamiento espacial.

Con ese amor infinito que compartimos ante las historias que comienzan con un “inspirado en hechos reales” todo el mundo debería saber que Sarah Winchester es la viuda del que fue heredero de la empresa Winchester, potenciadora de las armas de repetición y semi-automáticas. Viuda es la palabra perfecta para una mujer que, tras la pérdida de su hija y su marido jamás se quitó el negro del cuerpo. También cuando alguien que trata con una vidente, que le dice que espíritus a su alrededor piden un lugar por el que avanzar, decide construir una tortuosa mansión de puertas, ventanas, escaleras y ascensores que a ningún lugar llevan. Para que la muerte fluya, para que encuentre su camino. Para que ella gaste dinero por amor y rendición. Para que la leyenda crezca y el terror nos acompañe.

Una loca, dirían algunos. Una mujer a la que estudiar, decidieron los Spierig. Entonces la gran dama del cine Helen Mirren vistió de negro y se le dio forma a Winchester. Solo la idea de una casa con planos imposibles de trazar, que va creciendo en todas direcciones y a todas horas es tan cinematográfico y maravilloso que la película tendría sentido perdiéndonos la casa. Hasta ahora no se había aprovechado la mansión fantasmagórica por excelencia de los Estados Unidos en el cine, y han sido los aussies los que han tomado la iniciativa. Pero lo importante para los hermanos Spierig eran temas más mundanos y menos estructurales. Los fantasmas y el remordimiento.

Winchester: La casa que construyeron los espíritus es una vuelta a lo clásico, a los fantasmas atormentados y a la demencia incipiente. Para ello se elige un momento avanzado de las obras en la mansión, cuando Sarah Winchester ya es anciana y lleva años construyendo y destruyendo sin descanso. Se busca entonces un espejo en el que calibrar la locura de la viuda, a partir de un médico perdido en sus recuerdos (o en el olvido de los mismos). ¿No es fácil estudiar el estado mental de cualquiera? Todos estamos locos. Pero la curiosidad del médico es a partir de entonces nuestra guía por esta compleja residencia. A pesar de tener un inicio en el que se despliega esa idea de figura de Escher en forma de hogar, pronto todo se vuelve más victoriano y convencional.

Los fantasmas son el formato en que se envía un mensaje al espectador, ese que une piezas poco a poco, recurriendo al susto, al flashback y a la acción heroica —en la que una no sabe cómo se le ocurre al protagonista de turno el camino que elegir y la acción que desarrollar, de verdad que a mí no se me ocurriría—, y sin giros exagerados la película es capaz de agradar a aquellos que abrazan cojines para ocultar sus caras y a los que se envalentonan con cada subidón sonoro. El drama aparece para dejar un poso que no arriesga (al final tantas puertas no son más que lo mismo de siempre) pero que hacen de Winchester un entretenimiento que poco debe envidiar a cualquier mansión encantada del cine.

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