Críticas: Ready Player One

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Un nuevo modo de vida.

El presente año apenas ha necesitado tres de sus doce meses para albergar la llegada a los cines de los dos últimos trabajos del incansable Steven Spielberg. Pese a que los puntos en común de dichas películas sean prácticamente inexistentes más allá de su renombrada y prestigiosa firma, sus respectivos estrenos sirven para echar abajo todas las teorías acerca del clasicismo de su autor, considerado por muchos como una especie de puente entre el cine clásico y el actual. Si en algún momento lo fue –afirmación cuando menos cuestionable–, las imágenes de sus últimas creaciones rompen cualquier conexión posible al ser un reflejo inequívoco de la modernidad. La diferencia más notable entre Spielberg y el resto de directores de Hollywood es que el primero es mucho más competente, pues sus intenciones y su forma de hacer cine no son tan distintas.

Ready Player One, adaptación de la novela homónima de Ernest Cline, es, entre no demasiadas cosas más, la traslación a la pantalla de los frutos que el propio director de Tiburón y algunos de sus colegas sembraron en la década de los 80. En esta ocasión, como también ocurriera en la reciente Los archivos del Pentágono, Spielberg enfrenta su situación como cineasta en el presente con la misma nostalgia que conforma la extensión de la novela en que se basa –lo que allí era puramente una cuestión de forma, de contrastes entre unas texturas visuales y otras, aquí lo es también de fondo, de alma–. Por lo tanto, y a pesar de las inevitables contradicciones ante las que nos encontramos, probablemente no había persona más adecuada para expresar en imágenes el sentimiento y las palabras de Cline.

Uno de los méritos de Ready Player One película –y por consiguiente de Spielberg– es que no se limita a encadenar referencias y homenajes, sino que se apropia del infinito imaginario a partir del cual se cimenta Oasis para organizar la narrativa; es decir, si Oasis es una especie de videojuego o plataforma que actúa como realidad virtual en la ficción, una vía de escape para los problemas que sufren las personas que habitan un mundo real distópico, el film utiliza su naturaleza como mecanismo para estructurar la trama y para imponer el ritmo de la narración. En este sentido, la explotación de la nostalgia está, si no justificada, al menos planteada de forma bastante honesta, por lo que la implicación que muestra el director con la historia se convierte en un plus con respecto a, por ir a lo sencillo, muchas adaptaciones cinematográficas de videojuegos.

Las contradicciones de las que hablábamos antes se escenifican en una decisión en principio coherente: pese a la importancia que cobra lo digital en Ready Player One, Spielberg ha sido fiel a sus principios y ha vuelto a rodar en celuloide. El resultado es un contraste enorme entre las escenas del mundo real y las de Oasis, siendo únicamente preciso y revelador en las panorámicas de la ciudad de Columbus por su atmósfera gris y en cierto modo realista. Cuando se trata de filmar a los personajes y los planos son más cerrados, muchas veces en ambientes más cercanos a los de la esfera virtual que a los de la real, es difícil no percatarse de la nada beneficiosa diferencia de texturas.

Sería injusto –y puede que también desacertado– concluir que la nueva aventura de Spielberg es fallida, que sus propósitos no han sido cumplidos entre tanto exceso falto de rigor y de equilibrio, pues lo que más destaca de esta saturada y vertiginosa celebración de tantas y tan diferentes cosas que han contribuido a formar y posteriormente enriquecer la cultura popular, dejando a un lado que prácticamente niega una posible reflexión sobre el visionado, es su dignidad como entretenimiento. Algunos dirán que eso vale mucho y os recomendarán visionar la película en la pantalla más grande posible, y eso no es más que un síntoma de que nos encontramos ante algo tan efectivo como limitado.

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