Críticas: Pero que todos sepan que no he muerto

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Si no se nombra, no existe.

A finales de 2017 se estrenó en España Lesa humanidad (Héctor Faver), un documental que abordaba la herencia del franquismo en nuestro país y defendía la recuperación de la memoria histórica como paso indispensable para lograr la reconciliación de lo que se denomina “las dos Españas”. Hace tan sólo una semana otro documental español sobre un tema similar se proyectaba en el Festival de Berlín. El silencio de los otros, dirigido por Almudena Carracedo y Robert Bahar, y presentado por Pedro Almodóvar, conocido activista del movimiento, llamó la atención durante la celebración del certamen, hasta el punto de que se alzó con el premio del público de la sección Panorama. Además, su relato de la lucha de las víctimas del franquismo contra la impunidad no pasó inadvertida para la fundación Heinrich Böll, que le concedió el premio de la Paz. Esta semana se estrena Pero que todos sepan que no he muerto (Bones of contention), otro documental que se adentra en el pasado reciente de España, esta vez desde la perspectiva del colectivo LGTBI durante la Guerra Civil y la posterior dictadura. Podría apelarse a la casualidad para explicar la coincidencia de tres películas de tan similares en tan corto espacio de tiempo, pero todo apunta a una mayor sensibilización colectiva frente a un asunto del que a buena parte de la población española cada vez le interesa más que se hable, a pesar de todas las trabas que las instituciones públicas puedan poner para evitar que esto se logre.

La coincidencia en el tiempo de estos tres documentales se suma a la noticia que anunciaba que la próxima película de Alejandro Amenábar, que llevará por nombre Mientras dure la guerra, tratará el conflicto bélico que se vivió en España entre los años 1936 y 1939. Que el director patrio más mediático quiera tratar dicho asunto es una noticia que no puede pasar desapercibida en una sociedad en la que ha calado hasta el tuétano la idea de que en el cine español “sólo se hacen películas sobre la guerra”. Es por ello que la aparición de estos cuatro títulos en apenas unos meses podría ser la prueba que necesitaban aquellas personas que afirman con rotundidad que el cine español está encallado en el pasado, en la constante revisión de la huella que Franco dejó en nuestra sociedad. Sin embargo, sólo hace falta acudir al artículo que escribió el crítico de cine Javier Zurro para el periódico El Español para darse cuenta de hasta qué punto el argumento es falso. Titulado Adiós al tópico cuñado: el cine español casi no habla de la Guerra Civil, en él el periodista se limitaba a utilizar la kriptonita de cualquier prejuicio -los datos- para desacreditar un tópico que vendría bien empezar a desterrar del imaginario colectivo. Por tanto, sobre todo en el caso de los tres documentales -a la espera de ver cuál será la mirada que Amenábar aplicará al conflicto histórico-, más que recibir con bochorno la existencia de estas obras, habría que celebrar que, poco a poco, se vaya abriendo el discurso a reivindicaciones hasta entonces sumidas en el olvido.

Pero que todos sepan que no he muerto se centra en el colectivo LGTBI durante la dictadura franquista, uno de los más perseguidos e invisibilizados de los que existieron durante dicho periodo. La directora es la estadounidense Andrea Weiss, documentalista que comenzó a preparar el proyecto durante el tiempo que pasó viviendo en Barcelona, entre la primera y el verano de 2015. Weiss, quien también escribe el guion, se aproxima al conflicto social desde dos vertientes: la general, que aborda cómo la sociedad entera cambió tras el golpe de Estado que se produjo entre el 17 y el 18 de julio de 1936 por parte del bando franquista; y la concreta, con los testimonios de gays, lesbianas y transexuales que vivieron la posguerra. Apoyándose en la figura LGTBI más relevante de dicho periodo, Federico García Lorca, la cineasta viaja por el pasado de España para tratar de verter luz sobre las implicaciones sociales que en la época tenía pertenecer al colectivo. Tejido a través de frases, versos y testimonios del poeta granadino, y narrado por el actor Miguel Ángel Muñoz, el documental se esfuerza por ofrecer una visión global del conflicto, pero, ya sea por exceso de saltos narrativos o por la escasez de voces que den forma al discurso, lo cierto es que la cinta queda coja en su aspiración de convertirse en la referencia cinematográfica del colectivo LGTBI durante el franquismo.

A diferencia de lo que ocurría en Lesa humanidad, en el que el filme se convertía en un laberinto de referencias, citas y datos históricos, lo que, por momentos, lo transformaba en una ensalada de ideas cogidas con pinzas, aquí la narración es considerablemente más sosegada. Este es precisamente el motivo por el que la cinta es más honesta, pero, al mismo tiempo, es condenada a lucir como menos de lo que podría parecer. Lo cierto es que, tras sus escuetos 73 minutos, da la impresión de que, de alguna manera, el tiempo se ha escapado por el sumidero y apenas se ha podido empezar a perfilar el asunto. Aunque no faltan anécdotas socarronas e historias terroríficas, al finalizar el metraje uno se pregunta qué podría haber dado de sí una mayor profundización en los personajes que se han prestado a participar, pues sus testimonios, como víctimas que vivieron la represión en primera persona y entienden mejor que nadie cómo era el régimen franquista, deberían ser la clave del relato. Una situación que emula la vivida por hombres y mujeres homosexuales: mientras los hombres sufrían una represión mayor y eran constantemente metidos en la cárcel, a las mujeres se las trató desde la indiferencia y la invisibilización, lo que en primera instancia les permitió vivir mejor, pero a la larga supuso una condena, pues, a la hora de la verdad, el lesbianismo no existía. La especie de invisibilización que indirectamente causaron los gays sobre las lesbianas recuerda a lo que la figura de Federico García Lorca ha ejercido sobre los testimonios de las víctimas que participan en el documental, pues, a fin de cuentas, da la impresión de que la cinta se acerca más a la figura del poeta, le presta más atención o, simplemente, los hilos de esta trama narrativa están mejor tejidos.

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