Americana Film Fest 2018: Crónica 2

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Volver, volver.

La segunda (para nosotros) jornada del Americana llegaba con dos títulos esperados: mientras el thriller independiente The Strange Ones —galardonado en festivales como SXSW o IFFR— abría nuestra jornada, el film póstumo de Harry Dean Stanton a cargo de John Carroll Lynch se encargaba de poner el punto final.

The Strange Ones, debut en la dirección de largometrajes de Christopher Radcliff y Lauren Wolkstein —que venía precedido por el cortometraje homónimo de ambos cineastas, el cual logró cosechar más de 30 selecciones a nivel internacional en 2011—, establece una secuencia como prólogo que funcionará a partir de entonces como germen del propio film. A partir de ese instante se inicia una especie de road movie con tintes de género que se construye a través de sus diálogos y se fomenta mediante una ambigüedad presente en todo momento entre sus dos personajes centrales. Radcliff y Wolkstein establecen de este modo una huida del pasado —bastante esclarecedor en ese sentido el momento del restaurante en que Nick le pide a Sam que lo deje todo atrás, en el olvido— cuyos motivos el espectador desconoce por completo: el único condicionante, una casa en llamas, será la imagen que resonará a lo largo de todo el metraje mientras ese viaje iniciado por ambos va desentrañando una sorprendente relación en la que nada parece ser lo que parece.

The Strange Ones se constituye así como un film atmosférico complementado por detalles que van abriendo nuevas sendas y complementando la información inicial. Si bien la realización es capaz de otorgar empaque a todos estos elementos, su guión empieza a diluirse a raíz de un detonante que derivará en la posterior solución del conflicto; un conflicto que quizá se podría haber sugerido con mayor intensidad, pero que los cineastas deciden terminar desenvolviendo en flashbacks y secuencias individuales que parecen demasiado predestinadas a obtener una función esclarecedora. Es en ese contexto donde The Strange Ones pierde las virtudes que hubiese podido atesorar sintiéndose un film errático y, en especial, carente de una cohesión necesaria para desarrollar ese universo que parecía insinuar su fondo. Una oportunidad fallida, en definitiva, que si bien no germina como uno hubiese deseado, por lo menos advierte un potencial que hará que el próximo trabajo de este tándem a buen seguro no pase desapercibido.

Lucky

Lucky supone el debut en la dirección del intérprete John Carroll Lynch en la que finalmente ha sido la obra póstuma de un Harry Dean Stanton que ya había dejado en estos últimos años otro legado en torno a su figura como el documental Harry Dean Stanton: Partly Fiction. Aquí nos encontramos, no obstante, ante una ficción; una ficción que, si bien posee una parte definida de autoconciencia, de saber que seguramente se hallaba ante el que bien podía ser uno de los últimos papeles del intérprete norteamericano y su despedida definitiva —no en vano, rebasaba ya los 90 años—, no se abona a esa simpatía que despierta uno de los mejores actores del cine estadounidense contemporáneo. En lugar de ello, Carroll Lynch forja uno de esos films sobre la vejez, y esa madurez innata adquirida que da un giro en el momento en que su protagonista, Lucky, se percate de la fragilidad de una etapa cuyo significado ni se había cuestionado. A partir de ese instante, Lucky forjará una mirada acerca del peor temor que puede tener seguramente un hombre en vida, en una cinta que deriva exquisitamente el drama en una comedia de tintes marcianos —impagable, en ese sentido, el maravilloso personaje interpretado por David Lynch— y que es capaz de hallar su esencia en ese camino que el propio protagonista va desaprendiendo hasta llegar a la firme resolución de que los ciclos no terminan precisamente cuando uno quiere.

John Carroll Lynch encuentra a través de esa máxima y en la sonrisa —ese embriagador plano final— de un Harry Dean Stanton impagable la medida necesaria para hacer de Lucky uno de esos títulos que se antojan ineludibles, no tanto por la presencia del veterano actor —que también—, sino por forjar un testimonio optimista que no sólo no resulta empalagoso, además es capaz de atenuar la crudeza de algunos de sus pasajes con una simpatía innata que se traslada de su protagonista a todos y cada uno de los rincones de este imperdible relato sobre la vida y la muerte.

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