Americana Film Fest 2018: Crónica 1

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Desde Brooklyn, en Americana.

El martes volvía el Americana a los cines Girona en la que supone su quinta edición; un certamen que después de cinco años ha vivido un crecimiento a la altura del proyecto, y no únicamente ha sabido generarse un público, además ha logrado mostrar síntomas de madurez a través de un programa que abría el día 7 —tras la inauguración con Gook de Justin Chon— con dos títulos, los elegidos de entre la variedad propuesta, que representan el paradigma de lo que debería ser el cine independiente y forjan dos retratos antagonistas del condado de Brooklyn.

En primer lugar nos encontrábamos con una Beach Rats que supone el segundo largometraje de Eliza Hittman después de It Felt Like Love —con la que ya logró competir en la SO de IFFR en 2013— y con la que conseguía el premio a Mejor director en la penúltima edición de Sundance. Selecciones y galardones que no parecen venirle ni mucho menos grandes a la que, de seguir así, probablemente será uno de los grandes nombres del panorama independiente en los próximos años. Beach Rats nos traslada a través del prisma de Hittman a una Brooklyn que parece el escenario idóneo para retratar la historia de Frankie, un muchacho que se pierde entre las calles de la ciudad junto a sus amigos en busca de drogas y diversión, placeres mundanos que bien podrían marcar el devenir de su protagonista y, aunque en realidad adviertan una realidad que prácticamente se podría deducir de su entorno, nos trasladan a un ámbito donde la exploración, no tanto en el sentido de la coming of age —aunque algo de ello, por extensión, quede establecido—, sino más bien en una búsqueda de la identidad sexual que Frankie desentraña mediante la interacción a través de su ordenador y soslayadas conversas que introduce como quien no quiere la cosa en sus ámbitos más cercanos —el de Simone, una chica que se siente atraída por él, y el de su cuadrilla—.

Beach Rats

Esa observación, que Hittman traslada incluso a los elementos más insignificantes —como la testimonial relación de la hermana menor del protagonista con otro chico—, establece a partir de la filmación de los cuerpos —en ocasiones, parecida al modo en como lo hace el galo Philippe Grandrieux— un sugerente nexo que instaura una extraña correlación entre los distintos vínculos que se van estableciendo. Beach Rats constituye un film estimulante, maduro y de un talento visual fuera de toda duda, capaz incluso de dejar que sus imágenes guíen una certera conclusión que no es sino el perfecto broche para un talento que no habrá que perder de vista.

Por otro lado, Alex Ross Perry volvía al festival con su nuevo trabajo, una Golden Exits que él mismo se encargaba de presentar —recordemos que el Americana le ha dedicado una retrospectiva durante estos días, incluyendo títulos que ya habían pasado por el festival como Listen Up Philip, u otros como Queen of Earth, que pasó por la ciudad condal gracias al D’A—. En ella, el de Pensilvania revisita Brooklyn —recordemos que ya había sido escenario de otros films como la citada Listen Up Philip— en una nueva mirada neoyorquina a la forma, en cierto modo, de Woody Allen. En ella, tanto el retrato realizado de la propia ciudad como las composiciones e incluso esa estructura episódica nos retrotraen irremediablemente y en algunos aspectos a la mirada ejercida por el veterano cineasta allá en la década de los 70. Ese escenario sirve a Ross Perry para presentarnos la crónica de Naomi, una australiana que llegará al barrio neoyorquino para ser la asistente de Nick, un hombre casado de mediana edad. Una situación normal y corriente —que Ross Perry se encarga de resaltar a través de su banda sonora y dejando cierta distancia— que levantará algunas susceptibilidades desatadas tanto por sus personajes como por la propia situación diaria que viven Naomi y Nick, compartiendo una misma y menuda estancia durante horas y horas.

Golden Exits

A partir de ese instante, Golden Exits desarrolla una maraña de escenas extraídas del conjunto —si bien guardan correlación, como es lógico, entre ellas, rara vez obtienen una continuidad consensuada— que jerarquizan por completo el relato y lo llevan a ser espejo de una suerte de vacío existencial que cada parte comprende desde su propio sino, pero que comparten de forma un tanto extraña la aparición de esa extranjera. El autor de The Color Wheel ejecuta un film que funciona tanto mediante sus diálogos como unas composiciones que encuentran en su modo de filmar —lejanía/cercanía de la cámara con los personajes— y el uso de la ya mentada banda sonora una sugerente herramienta; un film que si bien se torna denso por momentos y se resuelve con las imperfecciones propias de un toma y daca imparable, continúa expandiendo un universo a través del que Ross Perry se siente capaz de todo y que encuentra en sus manos una valía fuera de lugar.

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