Críticas: La enfermedad del domingo

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La herida en el tiempo.

Dos árboles grises. Ni una sola hoja. Las raíces bien a la vista. El plano, estático, se recrea en su duración. Esta persistente imagen, que abre La enfermedad del domingo (Ramón Salazar, 2017), funciona simultáneamente como declaración de intenciones y contenedor de sentido de la película. El drama del versátil Ramón Salazar (Piedras, 20 centímetros, 10.000 noches en ninguna parte) aborda el reencuentro forzado entre Anabel (Susi Sánchez) y su hija, Chiara (Bárbara Lennie), después de 35 años de separación. Con un realismo que resulta más bien difícil de ajustar a cualquier realidad, La enfermedad del domingo hurga en esa idea atávica de las raíces, del subsuelo, de lo reprimido, de lo oculto, a través de un gesto que se verá consumado con la entrada carrolesca de Chiara en las entrañas del árbol. Muchos frentes, quizás demasiados, para un relato más preocupado en exhibir y explicitar su simbología que en desarrollar un discurso.

Por si la metáfora de los árboles no hubiera completado su razón de ser, justo sobre cada uno de los troncos de los créditos iniciales es donde aparecen los nombres de las protagonistas: Susi Sánchez y Bárbara Lennie, los dos auténticos pilares maestros sobre los que -con plena autoconsciencia- se sostiene todo el drama de Salazar. Ellas dan vida a sendas mujeres opuestas, pertenecientes a dos mundos distintos, curiosamente obligadas a dialogar: prueba de ello es el plano cenital sobre sus melenas (rubia y morena), conformando una suerte de yin y yan. Dos mujeres hechas de una madera robusta, de la de “antes partida que doblada”, recubiertas de una dura corteza que Salazar irá tallando, como el maquillaje de barro que es limpiado de la cara, para descubrir dos personajes tremendamente vulnerables, marcados por una profunda herida que el tiempo no ha(brá) conseguido cicatrizar.

Sin embargo, a pesar de su aparente voluntad poética -o precisamente a causa de ello-, La enfermedad del domingo cae en la trampa del esteticismo, y en su particular exploración de los sentimientos, el mayor error de la película probablemente sea confundir la poesía y la profundidad con el tedio y la afectación. La forma devora un fondo endeble, donde el conflicto o la búsqueda de la imagen simbólica en cada escenario se impone a cualquier lógica, convirtiéndose en algo caprichoso. Como en una vieja máquina de diapositivas, el corte -o el espacio- entre una secuencia y otra es subrayado a través del sonido del paso entre imágenes, convirtiendo de forma sugerente La enfermedad del domingo en el intento desesperado de una mujer por reconstruir el álbum de la infancia que nunca tuvo. Una colección de estampas en la que, convenientemente, faltan muchas imágenes, como las que a modo de prólogo se convirtieron en el cortometraje El domingo (Ramón Salazar, 2017), presentado en la 55 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón.

Los personajes de Salazar, madre e hija, viven en una burbuja que solo toca tierra gracias a las interpretaciones de sus actrices, pero La enfermedad del domingo impone una distancia tan inaccesible entre ellos y el espectador durante todo el recorrido que, para cuando llega el clímax, la catarsis se consuma en frío.

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