Críticas: 15:17 Tren a París

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Lo sugerente de una cierta realidad.

15:17 Tren a París, la última película de Clint Eastwood y seguramente una de las más peculiares y arriesgadas de su extensa filmografía, corre el peligro de ser repudiada sin que se haya llevado a cabo previamente ningún tipo de reflexión. Desde luego, pueden encontrarse para ello motivos ideológicos y cinematográficos en prácticamente cada una de sus escenas, aunque es habitual que ese tipo de condenas se realicen de la forma más superficial posible: en este caso la razón sería el simple hecho de trasladar a la gran pantalla la historia de tres jóvenes héroes estadounidenses que, casualmente, eran —y siguen siendo— patriotas. Es obvio que existe un interés personal por parte del cineasta en esos tres héroes “anónimos” —un poco a la manera del Chesley Sullenberger de su anterior film, un ciudadano como otro cualquiera hasta el momento de su heroicidad—, pero ni las implicaciones ideológicas de la obra son tan claras y unidireccionales como parece, ni la elección de filmar toda la película como si se tratara de material susceptible de ser publicado en YouTube o derivados es un simple capricho o una muestra de nulidad cinematográfica.

Consciente de la influencia en el cine de hoy de los trabajos basados en hechos reales —empezando por los suyos— y de la manipulación ejercida en ellos, de lo lejos que quedan en muchas ocasiones los hechos ficcionados de la realidad que aspiran a representar, Eastwood se propone escenificar ese abismo desde el mecanismo más fiel posible a dicha “verdad”: las imágenes de archivo ahora no distan demasiado del resto de metraje; todo se compone de pequeños y (en ocasiones) insignificantes retazos de realidad. Uno de sus objetivos, quizá el que mayor relación guarda con la materia cinematográfica en sí misma, es cuestionar la validez del cine como reflejo de la realidad, tanto si se trata de las pequeñas historias como si lo hace de la Historia. Ni siquiera aquí, que, exceptuando unos primeros flashbacks que sirven para narrar la infancia de los tres jóvenes, todo parece captado de forma espontánea —si los actores escogidos no hubieran sido los protagonistas reales de la hazaña esto sería igual, por lo que tal decisión no supone más que una anécdota, si acaso un matiz o un plus—, el método logra que la (re)construcción se sienta como algo anticinematográfico; más bien al contrario, pues la escena crucial de la cinta, filmada de forma completamente inusual, transmite una fuerza y tensión cinematográfica enorme a pesar de estar despojada de los aderezos habituales.

La manía de los americanos por atribuirse todos los méritos —en uno de los pocos gestos autocríticos que se permite un Eastwood que ataca con fuerza a la enseñanza religiosa— y un póster de Cartas desde Iwo Jima ubicado en un contexto temporal anterior a su estreno, así como el propio material de partida —un libro escrito por los jóvenes en colaboración con el escritor Jeffrey E. Stern—, se constituyen como detalles que potencian la muy interesante idea de un Eastwood que reproduce sin emitir ningún juicio las vivencias de sus personajes, tres amigos de toda la vida perfectamente normales que de pequeños se dedicaban a jugar a la guerra y cuyas metas, por lo general, no andaban demasiado lejos del ejército norteamericano. Sin embargo, la estúpida e infantil idea de heroísmo de los infantes termina por convertirse en su madurez —especialmente en el caso de Spencer, cuya actuación en el tren fue aún más determinante que la de sus colegas— en algo bastante humano dentro de un contexto sumamente patriótico. Al final, la mirada atrás hacia sus vidas sólo confirma que se trata de tres seres humanos que tuvieron la desgracia —que fue al mismo tiempo la suerte del resto de pasajeros— de encontrarse en un tren donde se intentó cometer un atentado terrorista. Las propias limitaciones de la propuesta y su extraña y anticlimática estructura no desmerecen en absoluto la que es una de las creaciones más sugerentes que han surgido en el Hollywood de los últimos tiempos, una película cuestionable en muchos aspectos pero que no merece ser rechazada sin antes pararse a pensarla y tratar de entender las motivaciones de un director que, con mejores o peores resultados, casi siempre consigue interesarnos.

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