Críticas: Wonderstruck. El museo de las maravillas

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Todd Haynes fuera de sí.

Casi tras una década alejado del medio cinematográfico —y es que si bien había compaginado ese medio con el televisivo en piezas como Mildred Pierce, I’m not There fue su última aportación— Todd Haynes volvía con una Carol que le reportó no pocos elogios adaptando una novela homónima de Patricia Highsmith, algo a lo que no estaba muy acostumbrado el de California —sólo en su debut se inspiró libremente en una serie de novelas de Jean Genet—, en especial teniendo en cuenta que él no aparecía como responsable máximo del libreto, algo que siempre había acontecido así hasta la fecha. En Wonderstruck, el de California repite adaptando en esta ocasión la novela de Brian Selznick, que el propio autor de la misma transforma en libreto para la ocasión. El trabajo de escritura queda, pues, relegado otra vez a manos ajenas en un film donde Haynes parece no encontrarse cómodo de nuevo, y en el cual la excesiva extensión de un metraje que quizá requería mayor concisión —en especial, viendo el manejo que realiza el cineasta tanto de las herramientas que posee como de su traslación a un discurso que permanece invariable—, pero termina por devenir en un lánguido recorrido que a medida que avanza va perdiendo su poder de sugestión y decide dejar en manos de una narración menos sutil, menos detallada, los recovecos de un relato que ofrece la impresión de que se le podría haber sacado más jugo.

Si bien Wonderstruck termina perdiendo el poderío de sus imágenes en un último tramo empeñado en explicitar su fondo, incluso incurriendo de forma descarada en un carácter más emocional que quizá no era necesario revelar de forma tan tosca, el nuevo trabajo de Haynes arranca imprimiendo un magnetismo muy particular tanto sus estampas —apoyadas en un cuidadoso trabajo de fotografía de Edward Lachman, un habitual de Haynes— como en una banda sonora que, si bien incurre en el error de querer subrayar cada pasaje en esa suerte de homenaje que realiza al silente el autor de Safe, se ayuda de las composiciones mínimas y repletas de matices de Carter Burwell —otro nombre frecuente en el cine del director— para poner en escena un recorrido que encuentra en su capacidad para sugerir un arma irrevocable. El viaje al pasado a través de la memoria, de los recuerdos que propone Todd Haynes, se desliza con delicadeza en un primer acto que en ocasiones se torna hipnótico, ya sea por el hallazgo de un microcosmos único, capaz de dotar de las piezas adecuadas a ese frágil rompecabezas que propone Wonderstruck, o por la pericia de un autor que es capaz de trasladar a lo visual, incluso conceptual en ocasiones, un trasfondo que, sin resultar eminentemente rico en matices, se propone en cierto modo evocador.

El principal problema de Wonderstruck, no obstante, es el hecho de no saber sostener ese armazón y terminar manifestando de forma clara los cimientos de una reflexión que tan bien había desentrañado en sus primeros compases, pero somete a unas formas que abandonan la esencia primera del film para otorgar una vía accesible, dócil a aquello que en realidad requería una jerarquía distinta, un sentido del riesgo que termina por no verse proyectado en una cinta que en última instancia se siente como un desabrido déjà vu, como si la importancia de su texto se ocultase bajo una triste capa de conformismo demasiado lejana de lo que algún día fue Todd Haynes.

En definitiva, no es que con Wonderstruck nos hallemos ante un mal trabajo, ni mucho menos, sino ante la versión timorata de una composición cuyo despliegue visual termina resultando en balde para dejarnos con la sensación que ante una proyección como la realizada en sus primeros instantes y un tema tan sinuoso y complejo como el sugerido, había mejores vías para encontrar un cine a la altura de algo tan interesante como la memoria.

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