Críticas: Los archivos del Pentágono

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Valioso documento histórico.

El cine de Steven Spielberg, al igual que el de su compatriota —y nunca mejor dicho— Clint Eastwood, se ha ido convirtiendo con el tiempo en un arma de reivindicación histórica a nivel individual, sin dejar a un lado la crítica a nivel colectivo —no siempre afortunada— que conlleva el mencionado ensalzamiento. Si en El puente de los espías convertía en héroe nacional al abogado protagonista, no sin antes poner a la ciudadanía estadounidense en su contra por defender a un espía ruso en su causa y respetar sus derechos humanos, en Los archivos del Pentágono es la misma condición de ciudadano de los Estados Unidos la que mueve todo el relato. Como en esta ocasión el único enemigo posible se encuentra en casa, el maniqueísmo habitual del director pierde importancia y su discurso patriótico explora vertientes mucho más interesantes y rechaza de pleno cierta idea de patriotismo.

Los archivos del Pentágono narra una de esas historias en las que el periodismo hizo lo posible por defender su verdadera función, la razón de su existencia: informar. Corría el año 1971 cuando el periódico New York Times publicó un artículo que delataba la existencia de un informe que hablaba de la intervención estadounidense en la Guerra de Vietnam. Aunque escueto, fue suficiente para transmitir que los cuatro últimos presidentes y el propio Nixon habían estado mintiendo a todo el mundo desde el inicio de la contienda. La actuación del periódico fue censurada por el propio Nixon, que encargó al fiscal general que llevara a juicio a sus representantes y les impidiera publicar más información al respecto, pues, según él, comprometía la seguridad nacional. Tras esta vulneración de la primera enmienda, un por aquel entonces local Washington Post recibió el mastodóntico informe elaborado por Bob McNamara, secretario de defensa entre 1961 y 1968. La película muestra, ante todo, el complejo y espinoso proceso de decisión de Katherine Graham (Meryl Streep), editora del Post tras la muerte de su marido, y Ben Bradlee (Tom Hanks), su director.

Más allá de la oda al periodismo que supone, del alegato a favor de la libertad de prensa y en contra de la corrupción —con claros ecos en nuestro presente—, interesa el retrato llevado a cabo por Spielberg de la editora del periódico, que tuvo que tomar una importantísima decisión al tiempo que prácticamente nadie confiaba en sus capacidades por el simple hecho de ser mujer. Esta situación, subrayada visualmente hasta la extenuación, provoca una fisura dentro del film en cuanto a la evolución del personaje interpretado por Streep, haciendo mucho más significativa su toma de conciencia —o empoderamiento— individual que la lectura social de sus implicaciones. No obstante, la fisura comentada se relaciona directamente con la planificación y la puesta en escena, carentes de sentido narrativo —y por ello erráticas, incomprensibles— hasta que se produce dicha transformación.

Hablar de esta película como una nueva demostración de lo “clásico” que es el director de Munich denota una falta de atención preocupante, la típica limitación de quien no mira nada más allá del argumento, aunque lo tenga frente a sus ojos; sin embargo, Los archivos del Pentágono resulta mucho más meritoria como documento histórico que como trabajo cinematográfico. En cualquier caso, la extraña y atemporal textura de la imagen no sirve para cohesionar el particular tono fotográfico, que trata de acercarnos a la época de los hechos narrados, con el escurridizo, imprevisible y arbitrario trabajo de cámara, que no aparenta ser sino una pose del cineasta para distanciarse de algún modo de su imagen como creador y, de paso, conectar el relato con la realidad presente. Pese a sus múltiples aspectos cuestionables, el compromiso mostrado por Spielberg hacia los acontecimientos que conforman su narración logra que la balanza se decante a su favor, aunque sea con miles de reservas.

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