Nuestras favoritas de 2017

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Nos dejamos de listas este año en CAH porque, a pesar de haber sido un año muy bueno cinematográficamente hablando, el equipo ha estado un poco flojo en cuanto a actividad y varios de nosotros incluso no ha podido ver la mayoría de esas “obras maestras” que seguro que llenan las listas de lo mejor de 2017. Por eso hemos decidido que cada uno elija su película del año entre todas las que se han estrenado en España en este año que ya acaba. Todos menos Laura que como no se decidía os habla de dos. Porque ella lo vale.

¿Que por qué hemos puesto una fotografía de La La Land como portada? Primero porque es una de esas dos de las que habla Laura y no queríamos poner dos fotogramas con el mismo texto. Y segundo, porque en el fondo la mayoría de nosotros (Laura no, por supuesto) estamos encantados con el trolleo de la Academia para la película con el momento Oscar. ¡Ese momento! El momentazo del año, vaya.

Bromas aparte, aquí os dejamos con las películas que más nos han gustado de las estrenadas en España en 2017 por riguroso orden alfabético.

¡Feliz año nuevo a todos!

 

A ghost story (David Lowery, 2017) por Mª Carmen Fúnez

 

Me debatía entre escribir sobre ese maravilloso relato que hace Pablo Larraín sobre los momentos más duros de Jackie o sobre esa niña-mujer con miedo a crecer que es Verónica. Ambas, siempre a mi parecer, dos de las mejores películas del año en las que además comprobamos que es posible crear guiones fantásticos al servicio de un personaje principal femenino. Pero si hay una película que me ha roto completamente este año esa ha sido A ghost story.

La nueva película de David Lowery se empeña en romper el corazón de quien la ve en mil pedazos. Se empeña en mostrarnos el amor en todo su esplendor y el desamor que se instala dentro de una pareja en la que sus miembros, a pesar de quererse muchísimo, desean cosas totalmente opuestas que irremediablemente hubieran acabado con su relación de no ser porque la muerte se adelanta. Nos habla del vacío que queda cuando alguien nos deja, de lo duro que resulta convivir con esa pérdida que nunca se llega a superar del todo; de la consciencia que uno toma al saber que solo seremos recordados durante, con mucha suerte, solo un par de generaciones más a no ser que tengamos la capacidad de influir en la humanidad con un don reservado para unos pocos. Y, más allá de todo este dolor, nos pone en la piel (o más bien en la sábana) de alguien que ya no existe y que sin palabras ni rostro es capaz de expresar el desconcierto y la tristeza de un ser que ya no tiene cabida en el mundo que conoció, que ve como éste desaparece ante sus ojos vacíos y que se aferra a un, probablemente, insignificante trozo de papel para encontrarle un sentido a su condición.

Todo ello lo consigue Lowery a través de la utilización unos planos secuencia en los que su propia cadencia refleja el paso del tiempo como medida del sufrimiento de los vivos y de la espera eterna de los muertos, así como de unos silencios más clarificadores que cualquier diálogo explicativo. Por dejar esa sensación de desolación absoluta en mí, no tenía más remedio que considerar A ghost story la película del año.

 

Billy Lynn (Ang Lee, 2016) por Brian Garrido

Este año se han estrenado un par de películas con un componente metaficticio muy marcado. En Barry Seal: El traficante, por ejemplo, se mostraba la toxicidad de la ficción. O en Día de patriotas, en la que la ficción se (re)construía con elementos ajenos a esta. En cambio, en Billy Lynn, la mejor película del año para un servidor y a la que le dedicaré este pequeño texto, es en la ficción (y en el elemento representativo de esta, la pantalla) donde se instaura la falsedad del sueño americano. Las heroicidades las determina el número de espectadores. El conflicto bélico no es más que una excusa en la sociedad estadounidense para forjar héroes efímeros.

Para producir películas acerca del poder militar en países extranjeros. Los personajes que son conscientes de este teatro no lo exteriorizan, sino que es la cámara la que lo determina (rompiendo la cuarta pared). Encima del escenario, los protagonistas del evento no son los soldados, sino las Destiny’s Child. Ellos componen una pieza fundamental de un espectáculo en el que representan una figura autómata (en su marcha hacia el escenario, como si se encontrasen en un letargo en el que sólo el acercamiento a la conflagración les devuelve a un estado consciente).

Y ante todo, Billy Lynn es una película adelantada a su tiempo en lo técnico. Algo que no hemos sido capaces de apreciar en su totalidad debido a que sólo cinco cines en el mundo estaban equipados para proyectarla en su formato original; es decir, en 3D, en una resolución 4K y a 120 fotogramas por segundo. Y a pesar de que su versión en 2D y a 24 FPS está lejos de ofrecer el realismo que quiso plasmar Ang Lee, considero injusto lo desapercibida que pasó por nuestras carteleras (en general, en todo el mundo). Qué mejor manera de recuperarla e intentar hacerle algo de justicia que incluyéndola en el top de lo mejor del año.

 

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) por Diego Bejarano

Siempre he creído que, pese a la importancia que en la cultura popular adquirió con el paso de los años el poético (y hoy célebre) clímax de las lágrimas en la lluvia, la mejor escena de Blade Runner era aquella en la que un torpe Rick Deckard revelaba a Rachel su naturaleza replicante, rompiendo su frágil identidad en mil pedazos con el poder devastador de sus palabras. Esa secuencia, tristemente teñida por la hermosa partitura de Vangelis, no solo alcanzaba una hondura emocional difícilmente descriptible, sino que exponía con precisión los principales conflictos sobre los que se articulaba la película: el papel de la identidad y la memoria. 35 años después, la escena que más poso me ha dejado de Blade Runner 2049 es justamente aquella en la que se invierte por completo la escena previamente descrita, mostrándonos cómo la clave de nuestra fortaleza no radica necesariamente en sabernos humanos, sino en preservar la identidad que siempre hemos asumido como propia. Haciendo extensible este inteligente giro de guion al resto del film, cabe afirmar que Denis Villeneuve, uno de los cineastas más dotados del panorama actual, ha logrado una dignísima secuela en la que alcanza el tan ansiado equilibrio entre la transgresión y el respeto al espíritu de la obra original. Más allá del festín para los sentidos que supone disfrutar en pantalla grande de esta joya de impecable acabado formal —destacan una puesta en escena apabullante y una fotografía que se atreve a alternar la paleta de colores cálidos con los fríos habituales—, la trama supone una prolongación de los temas y reflexiones que vertebraban el film de 1982, explorando las posibilidades de un futuro distópico que refleja muchos de los problemas a los que se encamina sin remisión nuestra sociedad actual. Atmosférica, intensa y rica en matices, Blade Runner 2049 ha pasado de ser la secuela más esperada de 2017 a, sencillamente, una de las mejores películas del año.

 

El otro lado de la esperanza (Aki Kaurismäki, 2017) por Guillermo Martínez Valdunquillo

Si ya es infrecuente poder asistir al estreno de una película de Aki Kaurismäki debido a la baja frecuencia con la que dirige películas, su cine se convierte en una rareza aún mayor cuando se pone en el contexto actual, en pleno apogeo del cine social sensacionalista más burdo que triunfa en todos los festivales de postín alrededor del globo. Alejándose aparentemente de su microcosmos finlandés, Kaurismäki, voz cinematográfica de las clases bajas que a lo largo de los años ha mostrado inédita sensibilidad a la hora de retratarlas se ha aventurado ahora a mostrar la historia de un refugiado sirio que pide asilo en Finlandia.
El otro lado de la esperanza es una película de una belleza y una humanidad deslumbrantes, heredera evidente de todo su cine (pero a la vez arriesgada a la hora de abordar un tema actual) y que por lo tanto mantiene todas sus constantes, encabezadas por un humor absurdo, tragicómico, amargo y que ante todo dignifica a los personajes. No hay visos de paternalismo o amarillismo como en el reciente cine de Ken Loach, sino un respeto enorme por el tema que trata y por aquellos que sufren.
Con el tiempo parece que Kaurismäki ha ido abordando este tipo de temáticas de forma más directa, y probablemente, su forma de ver el mundo se ha ido volviendo aún más agria y desilusionada de lo que siempre ha sido, pero desde luego no ha desistido en toda su carrera de estar ahí donde una voz amable y diferente era precisa. Parece ser que esta será su última película, y si es así, será una lástima perder uno de los pocos focos de dignidad que todavía quedan en un cine europeo completamente incapaz de hacer frente y justicia a los terribles tiempos que vivimos.

 

John Wick: Pacto de sangre (Chad Stahelski, 2017) por Maldito Bastardo

Olvídese del ‘hype’ desmedido alrededor de Déjame salir (Get Out) de Jordan Peele porque la obra de culto de 2017, que se recordará dentro de un par de décadas, será John Wick: Pacto de sangre. Chad Stahelski es pleno conocedor de que la acción ya no necesita historia y el director ha decidido pulir las imperfecciones de la interesante John Wick (Otro día para matar) para regalarnos una pieza que bascula entre la estilización contemporánea de la imagen —obra del más inspirado Nicolas Winding Refn— y la exhumación de la más alabada filmografía de John Woo (Hard Boiled) junto al aroma del más certero Michael Mann. El resultado no deja de remarcar un viaje hacia la oscuridad de su antihéroe a través de un inframundo plagado de violencia como único lenguaje conocido y, asimismo, se plantea un choque introspectivo del conflicto del ya icónico personaje que interpreta Keanu Reeves: cada bala que sale al apretar el gatillo de su arma supone una nueva herida física y emocional en su propia angustia interior. La historia de un hombre que está muerto por dentro —y al que todo el mundo quiere matar— no deja de remarcar la ironía implícita en su leitmotiv y eje argumental. Si las coreografías en Baby Driver de Edgar Wright evocaban la musicalidad como catalizador formal de la propuesta, en la cinta de Stahelski se convierte en un lenguaje como parte de la espiral de perdición y condena de su protagonista, representando los clichés sobre los que permuta el género actual. Sintetizando un choque de lo viejo y lo nuevo, para remarcar un tono mitológico con otro posmoderno entre un pleno uso del surrealismo artístico de la violencia, John Wick: Pacto de sangre caricaturiza el cine de acción como mera danza con un pretexto absurdo para buscar un fin mayor: hallar la comunión entre el cómic más exquisito y el formato cinematográfico estilizado. O, lo que es lo mismo, el arte de encontrar los espejos de La dama de Shanghai de Welles con aquellos por los que transitó Bruce Lee en Operación dragón.

 

La La Land (Damien Chazelle, 2016) y La Llamada (Javier Ambrossi y Javier Calvo, 2017) por Laura M. Solano

Este año hemos sustituido la tradicional lista de nuestras pelis favoritas del año, por una pequeña reseña de nuestra peli favorita, y ahí es cuando ha venido el drama porque mi peli favorita de este año no se ha estrenado en este nuestro país y el requisito era que se hubiera estrenado en salas en 2017. Una vez superado el shock inicial, y el hecho de que otros compis escribirán de alguna de mis otras pelis favoritas, he decidido hacer un homenaje a una de las cosas que más me gustan de este mundo, este año y todos los años: los musicales. Y como ha sido un buen año para el género y he visto dos peliculones una de aquí, La llamada (2017) de Javier Ambrosi y Javier Calvo y otra de allá, La La Land (2016) de Damien Chazelle (y eso que todavía no he visto The greatest showman cuando escribo esto) pues voy a ello.

En el fondo ambas pelis nos hablan de lo mismo: de cumplir nuestros sueños, de luchar por ellos, de si tenemos que renunciar a ciertas cosas por conseguirlos, de ser valientes para llevarlos a cabo, de no dejar que las circunstancias nos abatan, de que siempre encontraremos a alguien que nos apoye y nos comprenda en ese camino, de conocernos y aceptarnos a nosotros mismos…y todo es tan del espíritu navideño, que mira qué bien me ha venido.

La La Land es la súper producción y bebe directamente de los grandes musicales clásicos de la época dorada de Hollywood. Es el musical por excelencia, que podríamos ver perfectamente en Broadway. La puesta en escena, la fotografía, la maravillosa banda sonora, su pareja protagonista (Ryan Gosling y Emma Stone), esos número musicales y coreográficos que nos dejan sin aliento, la historia de amor, cierto toque de humor sin pasarse, su poquito de drama… En fin, que cumple el canon a la perfección y su visionado resulta simplemente maravilloso. Y no nos olvidemos de que por un breve momento ganó el Oscar a mejor película 😉

La llamada es de producción más modesta y es lo que yo llamaría un “musical gamberro”, y que podría verse en el Off Broadway. El estar menos sujeto al canon clásico del musical, le da libertad para explorar y divertirse haciéndolo, para soltarse la melena, para sumergirnos en esa bendita locura que nos propone (no quiero desvelar nada de la trama pero es loca, loca). Predomina el humor pero no deja de lado la ternura, el amor, la camaradería. El reparto es mucho más coral lo que le da un dinamismo fantástico. Sin tener grandes números coreografiados al estilo Hollywood (ni falta que le hacen) nos regala momentazos musicales que se quedan grabados en la retina. Vamos, que más disfrutable no puede ser.

Partiendo de dos conceptos diferentes, ambas hablan de cosas muy parecidas y son capaces de transportarnos a los universos que nos proponen sus directores disfrutando una barbaridad por el camino. ¿Qué más se puede pedir?

 

La tortuga roja (Michael Dudok de Wit, 2016) por Yago Paris

Lo más llamativo de La tortuga roja es su aproximación a la animación. Siendo un medio monopolizado por el modelo Disney, que basa su éxito en una exquisita caracterización de personajes, desde el primer segundo de metraje salta a la vista la poca atención que Michael Dudok de Wit le muestra a su protagonista, quien, sin ir más lejos, nunca aparece en primer plano. Trenzada a partir de inmensos planos generales, la ópera prima del autor holandés se interesa por los ambientes naturales en los que el personaje se mueve, hasta el punto de que, en el fondo, la naturaleza es la verdadera protagonista del relato.

Con una aproximación pictórica que recuerda a la historieta franco-belga, La tortuga roja expone al ser humano frente a la colosal naturaleza, un ente con vida, implacable y capaz de condicionar de manera absoluta la existencia de una especie tan débil como la nuestra. Jugando sin disimulo la carta de la alegoría, con sucesos sobrenaturales y pasajes oníricos, el realizador compone una obra colosal en apenas 78 minutos, en los que la animación, entendida como plasmación de un universo y como narración de historias, asalta el timón de mando y condena al ostracismo al lenguaje oral.

 

Lo tuyo y tú (Hong Sang-soo, 2016) por Iván Ginés

De Lo tuyo y tú, uno de los trabajos más lineales y aparentemente fáciles de interpretar de Hong Sang-soo, se han leído multitud de hipótesis, todas ellas perfectamente viables, para explicar el comportamiento —y su significado — de su(s) personaje(s) femenino(s). Minjung es una joven que se ve obligada a distanciarse un tiempo de su novio después de que éste, tras mantener una larga conversación con un amigo en la primera escena de la película, le pida explicaciones por haber salido a beber unas noches antes con otro hombre. En esta ocasión, el alcohol, catalizador de las emociones de los personajes creados por el cineasta coreano en gran parte de su obra, toma un cariz social y político: por lo general, está mal visto que una mujer beba o se emborrache. El cine de Sang-soo, pese a reflejar y criticar en primera instancia comportamientos y actitudes de sus compatriotas, acostumbra a ser igual de válido si se extrapola a cualquier sociedad ajena a la surcoreana, exceptuando las agudas comparaciones y distinciones que realiza habitualmente entre los orientales y los occidentales.

Es conveniente destacar la complejidad del personaje de Minjung, que se reinventa a sí misma en cada escena —forzada por los rumores existentes acerca de su persona o porque simplemente le apetece—, y que viene a confirmar la importancia que le da Hong a la libertad de la mujer al no juzgar nunca las acciones de las figuras femeninas. El mejor ejemplo de ello, que viene cobrando más fuerza en cada una de las películas que realiza, es En la playa sola de noche, donde acompañamos a su actriz fetiche y pareja Kim Minhee a lo largo de un viaje emocional filmado con un respeto y una sensibilidad que aportan matices a la infravalorada labor de un cineasta que ha dejado atrás las florituras en la estructura de sus narraciones para trazar relatos ambiguos, honestos y humanos. Aunque he escogido Lo tuyo y tú y por su transparencia, belleza y brillantez, En la playa sola de noche es también una de las mejores obras que se han estrenado este año.

 

Mujeres del siglo XX (Mike Mills, 2016) por Irene Barrilero

Mujeres del siglo XX ni si quiera se estrenó en salas españolas, pasó directamente a ser distribuida en DVD y en vídeo bajo demanda. Nominada al Oscar a mejor guion original y a dos Globos de Oro (Mejor Actriz y Mejor Película), es una pena que este peliculón haya pasado tan desapercibido en nuestro país. De ahí mi afán por reivindicar su espacio en nuestra web.

Cinco generaciones convergen en un mismo hogar en el verano de 1979. Jimmy, un adolescente que vive con su madre divorciada (Annette Bening), se esboza como el narrador principal de una historia multiperspectiva que habla de los lazos afectivos que tejió con varias mujeres. Sin un referente masculino, su madre Dorothea busca en su entorno más cercano a alguien que oriente a su hijo Jimmy en su transición a la vida adulta. Alguien que comprenda ese mundo en transformación en el que están inmersos y que a ella se le antoja extraño. Inspirado en las vivencias del propio director (Mike Mills), la película hace un retrato sincero de la feminidad desde una perspectiva que se aleja del clásico relato del protagonista masculino fascinado por el misterio femenino. Las mujeres son algo más que un ser opuesto deseable e inaccesible. De hecho todas ellas tienen voz y muchas ganas de hablar de todo aquello que es importante para ellas. Dorothea, Abbie y Julie son, cada una a su manera, profundamente revolucionarias.

Situada en el cambio de década, Mujeres del siglo XX es un retrato exquisito de lo que debió de ser vivir en la California de 1979. Su atmósfera recuerda a aquella que construyó Paul Thomas Anderson en Inherent Vice, pero resulta más naturalista y palpable. El contexto histórico es uno de los elementos claves para comprender esta película y por ello su director recurre a recursos propios del documental y no duda en incluir en la película imágenes de archivo y fragmentos de películas como Koyaanisqatsi para situar y recordar al espectador en qué época estamos: en plena escena del punk, del skate, el graffiti, la psicodelia y, por supuesto, el feminismo de los años 70.

 

Verano 1993 (Carla Simón, 2017) por Daniel Pérez Pamies

La memoria es un material extremadamente sensible. Tal vez por eso resulta necesario apuntar, antes de nada, que Verano 1993 opera sobre el recuerdo y no sobre la historia. El relato de una infancia pasado por un filtro adulto que no busca otra cosa que restablecer una mirada inocente, limpia, con la cámara siempre a la altura de su protagonista y su mundo. A estas alturas no es ninguna sorpresa revelar el carácter autobiográfico y personal de la cinta, donde la pequeña Frida (alter ego de la directora novel Carla Simón) es adoptada por su nueva familia tras el fallecimiento de su madre. El trauma, el drama, queda desplazado al mundo adulto o al fuera de campo, y solo brota cuando la inocencia infantil toma consciencia inesperada. Como un latigazo, el recuerdo de una ausencia muy presente sacude a la pequeña como puede sacudir a cualquiera. Es entonces cuando se produce la catarsis y el recuerdo -y con él la carga dramática, la emoción-, desborda a la niña, desborda la escena –que activa esta respuesta a través de la duración del plano- y de pronto la risa se tuerce en llanto, en una de las secuencias más intensas, emotivas y bonitas que nos ha regalado el cine nacional de la última década.

Heredera del modelo bressoniano, con Laia Artigas (sin duda la actriz revelación de la temporada) convertida en una jovencísima descendiente de Mouchette, Verano 1993 podría adherirse a esa máxima del director francés que confesaba preferir “que la gente sienta una película antes que la entienda”. El realismo de la película de Carla Simón, que opta por los planos largos y la emoción más sincera, no ha sido únicamente uno de los debuts cinematográficos más estimulantes, sino una de las películas más importantes de la temporada.

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