MUCES 2017: Thelma

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Llegar a ser.

Joachim Trier comienza Thelma sembrando la duda con su primera escena. Una duda que atañe, en primera instancia, al propio espectador, a la incertidumbre que surge cuando quiere explicar la conexión del drama familiar con una historia cercana al terror y a lo sobrenatural, en este thriller —el primero— realizado por el director de Oslo, 31 de agosto; y, al mismo tiempo, a la necesidad de cuestionarse las imágenes de dicho fragmento, cuya naturaleza perturbadora se aleja por completo de la transparente cotidianidad de sus dos anteriores trabajos. En cualquier caso, esta aventura con ecos tanto de Carrie como de La zona muerta —ambas adaptaciones de novelas de Stephen King— supone la salida del cineasta noruego de su zona de confort, pero conservando en todo momento la importancia por lo humano, algo que queda patente en su atractiva y coherente apuesta formal, utilizando por primera vez y de forma muy pertinente el cinemascope. No obstante, en el contexto actual sería más conveniente compararla con una película como Verónica, pues tanto Trier como Plaza aprovechan el cine de género(s) para hablar de algo tan universal como la adolescencia conjugando estupendamente todos los elementos —temáticos y narrativos— de los que disponen. Aunque su coincidencia en el tiempo sea de lo más llamativa, lo que merece una verdadera celebración es el compromiso de ambos con su narración, su forma de ir al grano y vaciar sus obras de contenido superficial.

Asimismo, Thelma se asemeja a otras coming of age recientes que utilizan el género del terror para hablar de la adolescencia, como es el caso de It Follows y Crudo. Pero, a diferencia de ellas, no sucumbe a los vicios del cine contemporáneo, sino que logra apropiarse de algunas de sus características visuales y rechaza lo superfluo. Como no podía ser de otra manera, los poderes de la protagonista juegan un papel (relativamente) importante en la película, pero su funcionalidad se desarrolla en cada plano y en cada encuadre como un verdadero complemento narrativo, y nunca se le da una relevancia que pueda opacar su seriedad interna. En un trabajo tan eminentemente visual como este, donde el valor de la palabra queda reducido a la mínima expresión —tanto en el avance argumental como en el aspecto emocional—, sería tan contradictorio como estúpido renunciar a exprimir los supuestos ataques epilépticos que sufre la joven y sus consiguientes ensoñaciones, que, además de ser la parte más creativa y sobresaliente del film, sintetizan a través de pequeños detalles escénicos toda la psicología del personaje. Por todo esto, la sobreexposición visual no resulta tan molesta como en otras ocasiones, en las que se subraya, no ya lo mostrado, sino también lo verbalizado.

Como ocuparía demasiado tiempo detenerse a desgranar uno por uno todos los hallazgos de Thelma y las virtudes de Trier como creador, es conveniente destacar, ya por cuarta vez en su filmografía, el estupendo diseño sonoro de la cinta, siempre en consonancia con el montaje. Sin embargo, sí que resulta pertinente hablar de cómo cuestiona la represión de la tradicional familia cristiana en relación con una clásica historia de autodescubrimiento. Por una parte, sorprende la sutilidad con que se muestra y normaliza la homosexualidad pese al rígido entorno familiar de Thelma; por la otra, la crítica que realiza el cineasta de la religión, despiadada y probablemente burda, se ofrece desde una mirada completamente respetuosa, utilizando para ello su propia iconografía y mitología. Algunas de estas decisiones son tan inusuales como el prometedor debut de Eili Harboe, que tiene la suerte de (y el talento necesario para) dar vida a un personaje complejo, pero, sobre todo, humano. Y ahí reside la grandeza de esta propuesta, por encima incluso de lo bien que conjuga lo humano con lo sobrenatural, lo íntimo con lo universal. Lo peor de Thelma, quizá lo único negativo que puede decirse de ella —dejando a un lado esa sobreexposición surgida por el gusto estético de su director—, son un par de planos desagradables que no aportan absolutamente nada, siendo ambos parte de una serie de flashbacks que por lo general se integran satisfactoriamente en la narración. Solo hace falta observar la forma con la que filma Trier a Harboe, foco de atención absoluto a lo largo de toda la película, para que uno se dé cuenta de que lo que tiene ante sus ojos es, cuando menos, especial, inquietante y sugestivo.

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