Críticas: Lesa humanidad

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José Sacristán, seguimos siendo un país de mierda.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, Camboya es conocido por ser el país en el que hay más fosas comunes. Las matanzas perpetradas por los jemeres rojos, bajo la orden del líder Pol Pot, dejaron un reguero de muerte y oscurantismo que todavía está lejos de solucionarse. Al descubrir este dato, la sociedad occidental bienpensante probablemente reaccione de manera condescendiente, maldiciendo las miserias que sólo ocurren en los países del Tercer Mundo. Sin embargo, algo falla en ese sistema moral cuando se descubre que el segundo país de esa lista, la segunda nación con más fosas comunes, es España. Resulta alarmante, por el dato en sí y por lo desconocido que es para el mundo entero, especialmente para los propios españoles. Con esta reflexión comienza Lesa humanidad, documental dirigido por Héctor Fáver en el que se revisa la historia reciente del país para arrojar luz sobre sucesos que apenas se conocen y de los que no interesa que se hable.

Narrado en catalán por el actor Eduard Fernández, el filme recorre los puntos clave que definen a la España actual: la Segunda República, el Golpe de Estado, la Dictadura Franquista y la Transición. Y lo hace porque sólo a través del conocimiento de la historia se podrán comprender los conflictos actuales, sus orígenes y las verdaderas implicaciones de lo que se demanda o se castiga. Este ejercicio resulta especialmente necesario en una sociedad caracterizada por la desmemoria, por la falta de respeto a la historia y por secundar discursos ideológicos sin la menor de las reflexiones acerca de su veracidad, su sentido y las visiones alternativas que se puedan tener del mismo -a fin de cuentas, por una total y absoluta falta de cultura democrática-. En este sentido, el principal objetivo de Lesa humanidad es poner de manifiesto cómo la maquinaria de poder se ha esforzado por fomentar la ignorancia en la población española ante su propio pasado, algo que sólo es posible si todos y cada uno de los interlocutores implicados en el asunto tienen las manos manchadas.

La Constitución Española y la Transición son dos conceptos que están siendo cuestionados hasta la saciedad, especialmente en los últimos años, por parte de los sectores de la izquierda. Para quien esté informado en estos asuntos, el documental no le sorprenderá al verter esa visión sobre unos aspectos del pasado que la derecha glorifica y que el grueso de la sociedad considera los mayores logros de la nación, por la capacidad para defender la democracia y para alcanzar acuerdos, tender puentes de reconciliación y sanar heridas. Sin virtuosismos técnicos ni sin reflexiones que no estén ya sobre la mesa de debate de los círculos políticos, Lesa humanidad funciona como puerta de entrada para el público profano a una versión alternativa del siglo XX de España. Sin caer en el didactismo ni menospreciar la capacidad intelectual de la audiencia, la película profundiza en los aspectos clave de la historia de la nación para ponerlos patas arriba. A lo largo del metraje se cuestiona la necesidad de conservar símbolos franquistas como manera de recordar lo que ocurrió en el pasado, las figuras clave de la Transición -aquí queda retratado hasta el líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo- o la ascensión al poder del que quizás sea considerado como el presidente que mejores cosas trajo a España, Felipe González.

Con un tono solemne y pausado, la narración se desarrolla en torno a testimonios de civiles que actualmente juegan un papel fundamental en esta manera alternativa de entender España, como el fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Emilio Silva, un miembro de La Comuna: Presxs del Franquismo, Chato Galante, o Baltasar Garzón, el juez inhabilitado por tratar de investigar los crímenes franquistas -hasta la fecha, el único juicio relacionado con el Franquismo que ha tenido lugar en España-. En una decisión coherente con la esencia de la obra, Héctor Fáver apenas recorta las declaraciones de los participantes, lo que permite que se explayen y aporten reflexiones de gran calado acerca de los numerosos temas que se abordan en la cinta. Para dar mayor solidez a las argumentaciones, el realizador, que también ejerce labores de guionista, acude a comparaciones con otros casos similares, en busca de similitudes y diferencias que ayuden a entender la trascendencia de lo que se narra. En este aspecto, la comparación con Argentina resulta imprescindible, por las similitudes en el desarrollo de sendas dictaduras -la franquista y la conocida como Proceso de Reorganización Nacional- y por la diferencia con que se han administrado posteriormente. No faltan referencias al Nazismo o al régimen de Benito Mussolini, con lo que se compone un mapa de gestión de dictaduras que esclarece por qué en España el asunto se solventó de manera diferente, y los problemas que ello conlleva en el presente, 40 años después.

La gran virtud de Lesa humanidad consiste en su afán por profundizar en los mecanismos del poder y en sus estructuras, tanto durante la dictadura como durante la democracia. El principal problema de España es que el bando golpista no sólo ganó la guerra, sino que ha asumido el poder desde entonces y, aunque sea de manera disimulada, sigue manejando el país. Más allá de poner en entredicho las supuestas virtudes de la Transición, que es retratada como un palazo de tierra sobre una herida que todavía supura, la obra ofrece perlas reflexivas tales como las gestiones que se hicieron desde fuera para que la dictadura franquista evolucionara de manera acorde a los intereses internacionales -mención especial a Estados Unidos, que poco menos que creó el nuevo Partido Socialista, una alternativa dócil que jugara a lo mismo que la derecha, y escogió a Felipe González como su líder- o la impregnación del Poder Político en el Poder Judicial -la Audiencia Nacional considera que los crímenes franquistas no se pueden juzgar porque fueron fruto de una rebelión, y sin embargo ese mismo motivo sí es más que suficiente para desarticular el movimiento independentista catalán en pleno 2017-.

Quizás la reflexión más atroz llega de manos de Emilio Silva, quien argumenta que nada puede cambiar porque el sistema está montado a perpetuidad. Para justificarlo, acude al origen familiar de los principales artífices políticos del PSOE, y descubre que todos ellos son hijos de militares franquistas. Por lo tanto, se le da forma a la idea reduccionista de que Partido Popular y Partido Socialista son lo mismo hasta convertirlo en una realidad difícilmente cuestionable, por lo que queda claro que dicha organización política, a la hora de la verdad, nunca hará lo necesario para llegar a una verdadera recuperación de la memoria histórica, puesto que implicaría que sus dirigentes perdiesen sus privilegios. Un dato que, sumado a que la separaciones de poderes sea una pantomima, que la Familia Real esté en el poder de manera ilegítima -el Rey Juan Carlos I había jurado Los Principios Fundamentales del Movimiento, es decir, se había adscrito al régimen franquista, por lo que no tendría derecho a seguir teniendo poder en la democracia posterior; desde luego, no sin referéndum popular previo-, que ni la Justicia ni el Gobierno hayan aceptado los crímenes franquista ni hayan pedido perdón a las víctimas -como sí ha sucedido en todos los casos similares anteriormente citados-, o que en democracia se condecore a militares franquistas mientras se sigue menospreciando a las víctimas, explica a la perfección por qué España es el segundo país del mundo con más fosas comunes.

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