SEFF 2017: Crónica 9

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Cerramos el SEFF’17 con nuestras favoritas.

Nada mejor que concluir la cobertura del SEFF 2017 hablando de las que probablemente sean nuestras tres películas favoritas de la edición, dejando a un lado las retrospectivas y títulos de otros años como La fille de nulle part, perteneciente a la novedosa y estimulante sección Senderos que se bifurcan. Una vez concluido el certamen, se puede decir que el balance del mismo es bastante negativo, y más si lo comparamos con el de la edición anterior, donde deslumbraron los últimos trabajos de Eugène Green, Olivier Assayas, Ado Arrietta y Angela Schanelec, entre muchos otros cineastas de renombre que no se limitaron a lucir las cualidades que en algún momento atesoraron. No obstante, este año hemos tenido la oportunidad de asistir a la enésima confirmación de que Hong Sang-soo es un verdadero genio: el cineasta coreano es tan bueno que, incluso creando un divertimento tan transparente en su falta de ambición como La caméra de Claire, es capaz de hacernos creer que ha vuelto a firmar una obra maestra —se trataría de la cuarta en aproximadamente ocho meses— hasta que decidimos pensar profundamente en ella o nos atrevemos con un revisionado. Aunque no sea tan bueno como nos pareció en primera instancia, lo nuevo de Hong merece aparecer en esta última crónica del festival por mérito propio.

Barbara

No parece nada descabellado que en el pasado Festival de Cannes tuvieran que inventarse un premio —Mejor narrativa poética— que darle a la excelente Barbara de Mathieu Amalric, aunque el nombre del galardón y la invención en sí misma resulten de lo más ridículos. Lo que está claro es que un film de estas características, tan alejado en su construcción narrativa de lo que tiende a seleccionar el certamen francés en cada edición y en cada una de sus secciones, merece un reconocimiento, antes que por su excepcionalidad, por su naturaleza. Si hay algo que hace grande a esta película, si tuviéramos que quedarnos con uno solo de los motivos por los que merece ser (re)pensada, no es su habilidad para subvertir los códigos predominantes del biopic, sino lo cerca que está en todo momento del propio cine, lo vinculada que se encuentra —a varios niveles, desde el más superficial hasta la materia con la que trabaja el film— al arte de la creación. No es casualidad, pues, que tanto la actriz que interpreta a la cantante Barbara —una desgarradora e imponente Jeanne Babilar, que ya se acercó al terreno musical en el documental Ne change rien de Pedro Costa— como el director que tiene que filmar su interminable performance —un Mathieu Amalric que no es sino su alter ego— acostumbren a reescribir sus creaciones, a capturar la esencia misma de las cosas, la fuerza del momento en que suceden. Gracias a ello, Barbara puede ser leída como la puesta en escena de dos artistas que, en su estrecha colaboración, se desnudan y confunden con aquello que les toca representar. Puede que nos encontremos ante uno de los trabajos cinematográficos más respetuosos, vivos y reales de los últimos años.

La caméra de Claire

Situada cronológicamente entre dos obras maestras como En la playa sola de noche y The Day After —las tres películas están estrechamente relacionadas, unidas por su carácter autorreferencial y por la presencia de Kim Min-hee—, en La caméra de Claire se encuentran todas las obsesiones temáticas, estructurales y autopárodicas de Hong Sang-soo llevadas al paroxismo. Se trata, al mismo tiempo, de la primera película abiertamente cómica en la filmografía del maestro surcoreano y de un nuevo paso en la misma, por medio de un relato que es engrandecido y posteriormente limitado por la libertad narrativa y formal que atesora, en consonancia con la naturaleza humorística y autoconsciente de la propuesta. Este impecable ejercicio de coherencia entre fondo y forma presenta una microhistoria que podría encontrarse en las proximidades de cualquiera de los títulos mencionados anteriormente, y su estructura está marcada por el elemento catalizador de la narración: la susodicha cámara de Claire, que altera la realidad fílmica y estudia cuestiones como la temporalidad y la repetición en la misma. Con un trabajo formal bastante liberado de las convenciones sangsooianas pero siempre cercano a ellas, el film pone en escena de forma tremendamente hilarante los problemas comunicativos entre una serie de personajes cuya interacción solo puede ser en inglés, una lengua universal que todos dominan en mayor o menor medida pero que impide el desarrollo completamente normal de sus conversaciones. Otra muestra de esa libertad llevada al extremo es la labor interpretativa de Isabelle Huppert y Kim Min-Hee, que a través de su continua improvisación condicionan la puesta en escena del cineasta —el ejemplo más claro de esto es una secuencia donde la actriz coreana cambia por completo el tono de una escena al interrumpir a su jefa, que acaba de despedirla, para acariciar a un perro que se encuentra a su lado—, que acaba limitándose a sí mismo de forma paradójica por no buscar la trascendencia.

Mrs. Hyde

También con Isabelle Huppert como protagonista, Serge Bozon presentó en Sevilla Mrs. Hyde, una personalísima revisión de la novela de Robert Louis Stevenson. La razón de su éxito es la habilidad con la que el cineasta consigue trascender todos los lugares comunes por los que pasa la película, para así, sin renunciar en ningún momento a ofrecer una tan previsible como pertinente moraleja sobre el sistema educativo y su papel en la sociedad, componer una suma de planos, escenas y secuencias que tienen muy clara su función narrativa. También es loable, tanto por lo inesperado del hecho mismo como por la brillantez con que se circunscribe al relato, su forma de subvertir las expectativas del espectador a través de la figura de una estrella como Huppert y de la mitomanía potencial de la propuesta. Digamos que, ante la aparición de un don divino como es el poder de carbonizar a aquellos que hacen de tu vida un verdadero calvario, la profesora Géquil —convertida en motivo de burla por sus compañeros de trabajo y por sus alumnos, tiene que hacerse cargo de la clase más conflictiva del liceo en el que enseña— no se siente demasiado cómoda y prefiere sacrificar sus intereses personales. Pese a la excentricidad del personaje interpretado por Huppert, la colaboración entre Bozon y la actriz da como resultado la sorprendente renuncia a su espectacularidad, convirtiéndolo en todo lo contrario a un vehículo de lucimiento para la francesa. La forma que tiene el director de Mods de esquivar lugares comunes no es otra que confirmar su talento para trabajar los espacios, especialmente para introducir momentos y personajes cómicos, todos ellos reflejados con insospechada empatía y humanidad. La precisión de los cortes de montaje para cambiar de plano, la profundidad de campo en las tomas más largas de la película —aquellas en las que es más complicado encuadrar—, el excelente trabajo con el punto de vista de la protagonista… son solo algunos de los logros que presenta Mrs. Hyde, una de las películas del año.

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