SEFF 2017: Crónica 1

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Primera crónica desde el SEFF’17.

Este viernes ha comenzado la 14ª edición del Festival de Sevilla, en una jornada dominada por la fuerte presencia nacional. Desgraciadamente, la fuerza tiene mucho que ver con el número pero muy poco con la calidad. El certamen abrió con la nueva película de Carlos Marqués-Marcet, Tierra firme, a concurso en la Sección Oficial. Posteriormente pudo verse el debut en el largometraje del noreñense Samu Fuentes, Bajo la piel de lobo, en la misma sección pero fuera de competición. En último lugar, nos estrenamos con The Last Family en la esfera de los Premios EFA, que reúne algunos de los títulos con opciones a alzarse con los diferentes galardones de la Academia Europea.

Si hace unos tres años el por entonces debutante Carlos Marqués Marcet trató de poner en escena en 10.000 KM las dificultades para mantener una relación a distancia, en Tierra firme se propone hacer lo propio con una pareja a la que se le añade un tercer elemento. Eva (Oona Chaplin) y Kat (Natalia Tena) forman una pareja homosexual que vive en un barco en los canales de Londres. Su apacible vida se verá interrumpida con la llegada de Roger (David Verdaguer), un amigo que viene a visitarlas desde Barcelona y cuya personalidad tiende al caos más absoluto. Por si fuera a poco, a Eva, quien sueña con tener un hijo, se le ocurre la maravillosa idea de que Roger sea su donante. El conflicto, no siempre verbalizado —aunque siempre obvio y subrayado de una u otra forma—, se encuentra en la inabarcable distancia existente entre el proyecto de vida que tiene cada una de ellas. Esta idea está representada visualmente de manera muy inteligente en los planos de apertura y en los de cierre, pero el trabajo de puesta en escena no logra estar a la altura de esa idea en el resto del metraje, con un uso del plano secuencia que lo vacía de significado. Tampoco resulta nada agradable ni productivo el humor de la cinta, que le da un tono de ligereza y buenrrollismo que resta fuerza y credibilidad a los no pocos picos dramáticos de la narración. En definitiva, Tierra firme malgasta todo su potencial en un trabajo formal poco inspirado y en una serie de contradicciones que convierten a los personajes en creaciones desprovistas de alma.

Bajo la piel de lobo

Conviene empezar a hablar de Bajo la piel de lobo desvelando sus puntos fuertes, aquellos que hacen de ella una ópera prima tan prometedora como fallida. No obstante, esos mismos logros llevan ímplícitos una serie de errores de entidad. Por encima de todo destaca un apartado visual impecable, con una fotografía que luce especialmente bien en interiores, cuando menos grandilocuencia destilan sus imágenes —lo cual no quita que las panorámicas del paisaje sean loables—. Samu Fuentes narra exclusivamente con imágenes el primer cuarto de hora de película, mostrando la rutina llevada a cabo por el protagonista —un Mario Casas notable en el aspecto físico y patético en el verbal— en las montañas. El tipo de montaje utilizado en el inicio se mantiene a lo largo de la hora y tres cuartos de metraje, convirtiendo las elipsis en meros trámites para avanzar en una narración plana y lineal. Existe una fuerte e irreparable contradicción entre lo que se busca transmitir con la imagen y lo escrito en un guion sumamente literal, que presenta unos diálogos reducidos en número pero con un preocupante exceso explicativo. Grandes logros —como la eficacia de los movimientos de cámara o la contundencia de los primeros planos— terminan siendo eclipsados por una muy mal empleada banda sonora y por la inconsistencia de un relato que a ratos renuncia a su sencilla naturaleza primaria.

The last family

No es ninguna sorpresa que el joven debutante Jan Matuszynski se empeñe en remarcar la veracidad de los hechos que se narran en The Last Family, pues se trata de su único asidero para justificar la reprobable creación cinematográfica que firma. La traslación a la pantalla que ejecuta es la de la familia del legendario pintor Zdzislaw Beksinski, quien, más allá de su relevancia como artista, pasó a los anales de la historia contemporánea de su país por la extraña labor de grabación y compliación de las interacciones familiares en las que intervino de muy diversas maneras. El pintor vivía con su esposa Zofia y su hijo Tomek —un famoso crítico musical con tendencias suicidas—, así como con su madre y su suegra. En lugar de ahondar en la faceta artística de los miembros de la familia, Matuszynski se empeña en recoger sin criterio alguno todos los puntos dramáticos que tienen lugar entre 1977 y 2005. Aunque la búsqueda de reflejar la falsa apariencia de una familia a priori modelo y que goza de buena salud económica resulta noble, el conflicto surge cuando desaparece la fina línea que separa el fin de los medios y todo el dramatismo queda reducido a una suma de escenas impactantes rodadas en plano fijo —que incluye desde discusiones hasta puñaladas—. La cinta, que no logra aprovechar el contexto histórico del relato, cuenta con elementos puntuales de brillantez: la interpretación de Dawid Ogrodnik y un plano secuencia rodado en el interior de un avión podrían ser razones suficientes para aguantar este extenuante retrato familiar.

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