Críticas: Lucky
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The last picture show.

Hace tiempo escribí un artículo sobre cómo David Bowie había orquestado su propio funeral artístico con el lanzamiento de su último disco, pues falleció poco después del lanzamiento de éste. En ese álbum se podía observar de forma cristalina el adiós de alguien que sabe que sus días corren rápidamente a su final. Meses después, otro gigante como es Leonard Cohen hizo lo propio con su último álbum, que terminó conformándose como una especie de réquiem de forma similar al trabajo de Bowie. En el mundo de la música se pueden encontrar múltiples ejemplos de este tipo (aunque quizá estos dos sean los más sonados de las últimas décadas). Uno de mis grupos favoritos, Coil, lanzaría su último disco meses después del fallecimiento de su líder, John Balance, a modo de despedida musical y como homenaje a este compositor.

Sin embargo, en el mundo del cine, la concatenación de azares que deben darse para que esto pueda ocurrir es francamente mayor, y casi todos los directores terminan sus días de forma súbita o bien ya retirados, pues el esfuerzo de dirigir una película es mayor que el de componer un disco. Del mismo modo, es complicado que un actor pueda dar un adiós (de forma consciente o no) antes de morir: ¿Qué probabilidades tiene un actor de hacer una película sobre el ocaso de la vida en el ocaso de su propia vida (no digamos ya antes de su propio fallecimiento)? Si acudimos a algún ejemplo cercano, encontramos a Jean Pierre-Léaud que por partida doble ha hablado del pasado y los recuerdos en La muerte de Luis XIV y Le lion est mort ce soir. El otro ejemplo es, por supuesto, Harry Dean Stanton.

Quizá de forma intencionada o quizá por azar Harry Dean Stanton ha conseguido lo que muy pocos actores lograrán en toda su carrera: despedirse de la audiencia, de sus fans, del público mediante un trabajo artístico. Al igual que hicieran Bowie o Cohen. Por eso Lucky es una película en la que todo pasa a un segundo plano salvo la figura del propio protagonista. La dirección de John Carroll Lynch, quien a veces no sabe muy bien qué hacer con la cámara, como posicionarla, como abordar las escenas en las que hay varios personajes, es francamente discreta. El guion, muchísimo más destacable, se aleja de forma afortunada e inteligente de la narrativa más convencional. De este modo, no asistimos a una historia sobre la vejez de ese personaje llamado Lucky que es a la vez el propio Harry Dean Stanton, sino que simplemente acompañamos durante tres o cuatro días al protagonista en su día a día: sus rutinas, sus reflexiones, sus temores.

Y es a partir de ese sencillo texto donde Harry Dean Stanton hace probablemente el mejor papel de su carrera (la sombra de París, Texas es muy alargada y por eso no escribimos definitivamente), el actor se despide de nosotros. Reflexiona sobre los recuerdos y sobre la muerte y escribe su epitafio, dotando de una nueva dimensión a una película que en ningún modo destacaría tanto si no fuera por la muerte del actor. Del mismo modo que Lazarus adoptó un nuevo significado tras la muerte de David Bowie, Lucky se convierte en un réquiem cinematográfico, dotando de valor artístico al concepto de la propia muerte del artista.

Harry Dean Stanton ha sido un actor secundario casi toda su vida, relegado a un papel menor en muchos de los trabajos que ha realizado. Por eso resulta curioso constatar no sólo que pese a esto sea uno de los actores con mayor reputación entre la crítica de cine, si no que ha logrado aquello que muy pocos conseguirán y es despedirse con un trabajo que trasciende lo cinematográfico, que lo acerca a lo espiritual. Un ejemplo más de lo complicado que es comprender y analizar el arte cuando este revienta sus propias fronteras y otorga otros significados a elementos ajenos a él.

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