Festival de San Sebastián 2017: Premios Nuev@s Director@s

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Analizamos los premios de la sección Nuev@s Director@s del 65SSIFF.

El premio Nuev@s Director@s de este año ha ido a parar a Le Semeur, un drama histórico firmado por la francesa Marine Francen. Como una fábula esta película nos sitúa en los años en los que un grupo de mujeres de un pueblo rural han de salir adelante después de que llevaran prisioneros a todos los hombres. Este es el punto de partida de un argumento que sitúa la colectividad y el bien común por encima del amor y la individualidad.

Le Semeur sumerge al instante en el día a día de una grupo de aldeanas que ha tenido que reconfigurar la vida en el pueblo debido a la toma forzosa de todos los hombres por parte de las tropas de Napoleón. Ahora ellas tienen que desempeñar un rol activo en los trabajos de siembra, cuidado de los ganados, además de sus hogares. Los meses sin noticias de ellos se suceden y a cada estación que pasa el sistema de organización del trabajo se vuelve más eficiente. Las mujeres siembran y cosechan el trigo, cuidan a los animales, recolectan frutos de los árboles, lavan la ropa en los lavaderos del pueblo… Marine Francen muestra cómo este matriarcado a la fuerza funciona en perfecto equilibrio. No existen líderes, es asambleario, horizontal, dialogante y pacífico. Esta representación del trabajo tiene lugar en un idealizado contexto rural donde siempre brilla el sol, no hay barro en el suelo, las calles están limpias y el trigo siempre reluce y crece asegurando la prosperidad. Recuerda a un cuento de princesas. De hecho todas ellas son guapas, jóvenes y fuertes de espíritu. Llevan el vestuario siempre impoluto. Los pañuelitos que llevan en la cabeza siempre en su sitio. Por esa estética sobreembellecida constante en todo el relato uno se pregunta si estará viendo una readaptación de Blancanieves. En ese mismo punto resulta muy fácil saltar fuera del argumento, descreer la ambientación histórica y desenmascarar los mecanismos de esta ficción.

Dentro de esta artificiosa paz, las aldeanas se sienten cada vez más intranquilas. Se encuentran ante la paradoja de temer que en pueblos vecinos descubran que llevan meses ocultando que están ‘‘solas’’, funcionando como sociedad sin ninguna figura masculina al mando, pero por otro lado fantasean con la llegada de un hombre para que la vida pueda continuar tal y como ellas la habían conocido. Sobre todo sienten les urge la existencia de una figura masculina para seguir concibiendo y trayendo hijos al mundo. Quizá por esa idea de seguir progreso, para que su aldea no muera. El guión lanza constantemente el interrogante de ¿qué puede ocurrir cuando vuelvan los hombres? Un hombre termina llegando y entonces: más Disney. Se sucede una larga lista de tópicos cursis en torno al amor romántico. Violette, la mujer que protagoniza la historia de amor con el forastero se mantiene fiel al juramento que hizo con sus vecinas: si alguna vez llega un hombre tendremos que compartirlo. Marine Francen, eso sí, sitúa por encima de la historia de amor el bien común, la colectividad y el progreso.

Le Semeur es un drama bélico pero no en el sentido al que estamos acostumbrados. Aquí no hay estrategia militar, bandos, armas, muertes o destrucción. Es una propuesta cuya originalidad y valía reside en reinterpretar la historia desde la experiencia femenina. En vez de contar qué pasó con los presos de Napoleón Bonaparte en su golpe de Estado de 1851, la guerra se narra, por una vez, desde el punto de vista de ellas. Las que se quedaron en su pueblo aisladas esperando noticias de sus compañeros, las que tuvieron que reorganizarse y aprender a trabajar en el campo sin dejar de atender a sus hijos y hogares. El drama en lo cotidiano versus la épica de la narrativa bélica masculina. Le Semeur es herstory, la historia de las mujeres, aquella que visibiliza esas otras batallas suprimidas de los libros de historia.

Matar a Jesús

Asimismo la película colombiana Matar a Jesús, dirigida por Laura Mora ha conseguido una mención especial dentro de la sección Nuev@s Director@s además del Premio de la Juventud. Una película bien diferente, de tintes realistas, que explora un tema contemporáneo de suma actualidad. Matar a Jesús examina la génesis y el funcionamiento de las violencias en las ciudades latinoamericanas para desembocar en un contundente mensaje pacifista firmado por las nuevas generaciones.

La colombiana Laura Mora nos sumerge en la apacible vida de Paula, una estudiante de bellas artes que quiere ser fotógrafa. Como cada tarde después de las clases, se junta con su padre, catedrático en su misma universidad para volver a casa juntos. En el trayecto en coche ella aprovecha para tomarle una fotografía a su padre con una cámara analógica. Inmediatamente después Paula presencia el asesinato de su padre, quien muere disparado por un joven sicario. El asesinato, rodado en off desde el punto de vista de la hija está basado en la experiencia personal de su directora. Su padre también fue asesinado por un sicario cuando ella tenía 22 años de edad. Como ocurre en la ficción, la familia nunca supo la razón de ese asesinato, quien lo orquestó. Si algo le impactó a la directora de esa etapa de su vida fue la sed de venganza y la oscuridad que desarrolló en su interior como respuesta a aquella tragedia familiar. De ahí la génesis de la película Matar a Jesús.

La película denuncia la impunidad de los crímenes violentos en Latinoamérica. La corrupción y el colapso de unos sistemas policial y judicial que por el elevado volumen de sucesos que recibe a diario se ve incapacitado para resolverlos. Las secuencias que tienen lugar en la comisaría del barrio ponen a Paula ante la frustración de no ver el caso de su padre resuelto. Los comisarios aconsejan a la familia que se cambien de ciudad. Si se alejan del barrio podrán garantizar su seguridad. La película reitera la concepción de la ciudad como espacio propagador y legitimador de la violencia. Descontenta con la incapacidad de la administración para resolver este crimen se ve empujada a tomarse la justicia por su propia mano.

Paula sólo recuerda el aspecto físico del sicario que disparó. Y, cosas del destino, le reconoce una noche en una discoteca de la ciudad y decide dirigirse a él. Aquí comienza el acercamiento al joven Jesús, al asesino de su padre. Por el hecho de ser mujer ella nunca es leída como una amenaza o como una jugadora dentro de esta guerra de hombres. Más bien como todo lo contrario: Jesús cree que es una pretendiente y le abre las puertas. Jesús y Paula comienzan sus idas y vueltas por las calles de Medellín. Quedan para verse en un mirador, en un lago. Conoce a su familia. Su casa. Sus amistades. Con ese acercamiento también se ve tentada por la violencia o las armas. La presión de lo violento es palpable y constante: en las localizaciones, en las gentes, incluso en el habla de los personajes existe violencia. Visto de cerca, en su contexto, Paula comienza a ver a Jesús más allá del criminal. El punto de inflexión en este proceso se narra con una escena de gran potencia simbólica: Paula en el cuarto oscuro revela el carrete de las últimas fotografías que ha tomado. Obtiene dos imágenes, dos retratos a dos personas: su padre justo antes de su asesinato y Jesús, su asesino. Yuxtapuestas esas dos imágenes Paula comprende e inicia un proceso de empatía hacia la realidad de Jesús, y si bien no le libra de su culpa, comprende las dinámicas de poder que le han llevado a cometer un crimen. A pesar de que Matar a Jesús cuenta una historia de venganza sitúa a los dos protagonistas de la película en una tesitura de diálogo y entendimiento mutuos.

Jesús y Paula están interpretados por dos actores no profesionales: Natasha Jaramillo y Giovanny Rodríguez. Influenciada por el estilo de las películas de Víctor Gaviria la directora quería la honestidad en las actuaciones de estos dos jóvenes. Venidos de contextos sociales muy diferentes la riqueza de la película reside en capturar esas fricciones entre ella y él y recrearse en los momentos de conexión entre ambas realidades.

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