Festival de San Sebastián 2017: Nuev@s Director@s II

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Seguimos analizando la sección Nuev@s Director@s.

La película danesa The Charmer de Milad Alami ha sido la película inaugural de la sección Nuev@s Director@s, un drama universal del expatriado. Esta película como muchas otras de esta sección abordan desde un único punto de vista intimista la historia de un protagonista absoluto. The Charmer, Village Rockstars, Temporada de caza, The seeds of violence… todas tienen en común la narración de la experiencia individual de un único sujeto con respecto a un entorno cambiante al que han de adaptarse. Con guiones muy convencionales en clave realista, todas ellas sitúan al protagonista en un momento de gran relevancia vital para los protagonistas.

The Charmer es el retrato en primer plano de Esmail, un inmigrante iraní que vive las que probablemente sean sus últimas semanas en Dinamarca antes de que ordenen su repatriación. En su modesta vivienda de protección oficial Esmail hace meticulosamente la colada: traje, camisa y zapatos… son su disfraz para convertirse en el perfecto dandy. Impecable con su traje acude asiduamente a un bar de copas con la esperanza de conseguir casarse con una mujer danesa y solucionar su situación de extranjería. Estos enredos amorosos se vuelven cada vez más desesperados por la presión de una inminente vuelta a su país de origen. El protagonista está sólidamente construido y sobre sus hombros recae toda la fuerza y la pureza de esta película. The Charmer explora la lucha y la caída en picado de aquel que necesitaba realizar su propio sueño europeo. Los primeros minutos de metraje prometen mucho más de lo que esta película puede llegar a dar. Las tramas van perdiendo interés y el clímax de la historia pasa sin pena, gloria, ni emoción alguna. Una película sin emoción.

From where we’ve fallen

From where we’ve fallen comienza con un viaje en coche: una mujer acompaña a su pareja en un viaje de negocios y llegan a un pueblo cuya actividad económica principal es la venta de piedras preciosas. Arranca entonces un relato complejo sobre la infidelidad, el casamiento y la avaricia, que queda interrumpido para introducir una segunda historia. Ambas historias transcurren en el verano de las Olimpiadas de Beijing 2008, en espacios arquitectónicos que hablan del bienestar económico de la China contemporánea, con personajes acomodados. Todos ellos, y todas ellas son personas que han triunfado en sus negocios, muchos de ellos ‘‘nuevos ricos’’ chinos que al tener todas sus necesidades básicas cubiertas han desarrollado otro tipo de obsesiones.

Ambas tramas comparten personajes, espacios y símbolos en un interesante juego que invita al espectador a identificar todos los elementos comunes a esas dos historias aparentemente inconexas. Y elementos comunes hay muchos: las pulseras de cristal, el fotógrafo de bodas, el hacha de Mr. Wang, la habitación de hotel de papel pintado, los peces moribundos fuera del agua… La trama avanza como una maraña de casualidades y causalidades. Para dejar atados absolutamente todos los cabos sueltos Wang Feifei nos muestra un final que se hace largo y se termina convirtiendo en rizar el rizo aún más si cabe. Aunque el guion, eso sí, sigue resultando brillante.

La fotografía y la composición en el encuadre son un trabajo meticuloso, uno de los puntos fuertes de la película. La cámara rígida y estática solo panea o se mueve de su propio eje en contadas ocasiones. Feifei utiliza la misma estrategia que Wong Kar Wai en In the mood for love a la hora de filmar los momentos de sexo y violencia. Los personajes se mueven por el espacio visible aunque muchas veces la acción sigue sucediendo en el espacio en off: la cámara prefiere quedarse fuera.

Tigre

Esta película supone un cierto respiro dentro de la sección Nuev@s Director@s. En vez de ofrecer un limitante único punto de vista de un sujeto, Tigre es una ficción coral, un mosaico de personajes que confluyen en el mágico espacio del delta de un río, en la región Argentina llamada ‘Tigre’. Pero ojalá esta apuesta coral funcionara. Madres, hijas, sobrinos y gente de la aldea, todos cohabitan en una residencia de verano y la cámara sigue a uno y a otro sin orden ni concierto. Sin ninguna línea argumental clara, el espectador se ve envuelto en un caos de parentescos entre los personajes que apenas le deja sumergirse en la historia. De un tono más bien simbólico, fantástico y mitológico la fuerza de la selva lo llena todo. Es un espacio agobiante, salvaje, húmedo y hostil que hace sacar el lado más incorrecto de todos los personajes.

Tigre es una propuesta con reminiscencias demasiado evidentes de la película también argentina La Ciénaga, de Lucrecia Martel. El tratamiento, la atmósfera, los personajes o el guion incluye secuencias muy similares: los adolescentes bañándose en el río o los juegos entre los árboles. Al igual que en La Ciénaga la película habla de una familia argentina en su tiempo de vacaciones y del conflicto intergeneracional fruto de esta convivencia. Pero ojalá la selva en Tigre funcionara como funciona la ciénaga como un espacio metafórico de profunda lectura.

En las primeras secuencias la matriarca de este clan habla de cómo cuando sube la marea todo se puebla de insectos y hasta las personas comienzan a actuar extraño. Es fácil agarrarse a estas palabras como si fueran una profecía (por agarrarse a cualquier cosa), y como si anticiparan el momento épico de la película en que todo tuviera un sentido, una lectura o un mensaje o un algo. Sin embargo Tigre solo muestra una nebulosa de acontecimientos, palabras y relaciones interpersonales que no llegan a ningún cauce. Ocurren demasiadas cosas a la vez y como resultado ninguna cala hondo. Aunque a uno le gusten las películas enigmáticas, crípticas e inaccesibles, hasta para ser hermética hace falta una coherencia interna que desgraciadamente Tigre no tiene.

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