Festival de San Sebastián 2017: Custodia compartida y Sin amor

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Historias de divorcios para la 7ª crónica del 65SSIFF.

Hoy os cuento como dos puntos de partida iguales, se desarrollan y terminan de formas muy distintas. Partimos de dos historias de divorcios con hijos de por medio y ambas cintas se han proyectado en Perlas.

Custodia compartida (Jusqu’à la garde) de Xavier Legrand ha sido una sorpresa inesperada. Sí, ya sé que está en Perlas y venía de conseguir el premio a mejor ópera prima y a mejor director en el Festival de Venecia, pero os confieso que me daba cierta pereza porque la historia de unos padres luchando por la custodia de su hijo me sonaba más a drama de telefilm de sobremesa que a una película a la altura de la Sección. Pues bien, me equivoqué. Y mucho. Lo reconozco.

Legrand parte de la típica historia de un matrimonio recién divorciado en el que ambos quieren la custodia de uno de sus hijos, que tiene 11 años. La otra hija que tienen en común cumplirá los 18 en unos días y puede decidir si quiere ver su padre o no. Y no quiere. En un principio no está claro si es por la rebeldía propia de la edad o porque de verdad hay un trasfondo que se nos escapa.

Durante la vista de custodia, la jueza lee la declaración del menor en la que manifiesta que tampoco quiere ver, ni mucho menos vivir con su padre. Sin embargo, al oír la historia del padre, que parece preocuparse de verdad por sus hijos, que ha solicitado un traslado laboral para poder estar cerca de ellos (el traslado se producirá en unos meses y de momento vive con sus padres) y que esgrime el consabido “mis hijos no me quieren porque les han manipulado para ponerlos en mi contra”, la jueza concede la custodia compartida y en tanto el padre se traslade definitivamente donde residen sus hijos, fija un régimen de visitas en fines de semanas alternos. Hasta aquí lo típico. A partir de aquí el infierno.

Es obvio que algo extraño pasa cuando ninguno de los hijos quiere ver a su padre y la madre se niega a facilitar su domicilio (el padre recogerá a los hijos en la casa de sus ex suegros) pero lo que consigue Legrand, en su debut como director de largos, es una atmósfera totalmente agobiante. En un crescendo, del que casi no eres consciente, pasas de estar tan relajado viendo los preliminares de la historia a encogerte en la butaca y querer desaparecer debajo de ella. Transitamos desde el típico drama de un divorcio a una auténtica historia de terror casi sin darnos cuenta y con una maestría que sorprende, una vez recuperado el aliento.

Somos testigos de la manipulación, el acoso psicológico brutal y el chantaje emocional al que es sometido el niño por parte de su padre, de las consecuencias de ignorar los deseos de los niños en casos como estos, del miedo que eres capaz de sentir hacia uno de tus progenitores, de la angustia de una situación que te supera y que eres incapaz de manejar (no la manejas ni tú ni nadie de tu entorno), de cómo no hay recetas mágicas para lidiar con la violencia (tanto física como psicológica) y con las obsesiones ajenas, de cómo afecta a tu vida y a todos los que te rodean…

En fin, que Legrand hace un trabajo magnífico tanto con la historia, también es el guionista de la cinta, como con los actores, creando una atmósfera que te va angustiando poco a poco hasta que tienes ganas de gritar. Todo esto lo consigue sin trucos efectistas, con unos planos increíbles que te van metiendo más y más en esa angustia insoportable (atentos a los planos de la bañera) y con una secuencia final que, con toda su sencillez, es capaz de mostrar la esencia de lo que quiere contar. Sin ninguna duda, un gran debut y un gran hallazgo.

Sin amor

Por su parte Sin amor (Loveless) del realizador ruso Andrey Zvyagintsev, tenía como tarjeta de presentación el premio del Jurado de la pasada edición del Festival de Cannes y las anteriores cintas de su director, todo hay que decirlo. Zvyagintsev es el realizador de peliculones como El regreso (The return, 2003), Elena (2011) o su archipremiada Leviatán (Leviathan, 2013).

La historia que nos cuenta es la de una pareja que se separa y cada uno tiene una nueva pareja, con la que intenta llenar los vacíos de su destrozada relación, y su hijo les estorba en sus nuevos planes. El crío en una de las discusiones que tienen sus padres, escucha lo que dicen de él, llega a la conclusión (acertada por otra parte) de que no le quieren y se escapa de casa.

Con la excusa de esta historia, el realizador ruso lo que nos cuenta es la mierda de sociedad (perdón por la expresión, pero es lo que hay) que estamos creando entre todos. Una sociedad que se preocupa más por hacerse un selfie y estar pendiente del móvil, que por buscar a un niño desaparecido; una sociedad egoísta hasta límites insospechados y que antepone la comodidad personal al bienestar de nuestros hijos; una sociedad incapaz de gestionar los recursos que tiene donde verdaderamente hacen falta; una sociedad absorbida por el consumismo; una sociedad que busca la felicidad por los caminos equivocados y lo único que encuentra es una infelicidad permanente y una soledad profunda; una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado cuando surgen problemas a enfrentarse a ellos para solucionarlos. Y podría seguir hasta entrar en depresión profunda, pero creo que ya habéis pillado la idea. La crítica es feroz y no deja títere con cabeza, si exceptuamos a esas pocas personas altruistas, que siempre las hay, y que intentan hacer de este mundo un sitio mejor, aunque la mayoría se empeñe en destrozarlo.

A pesar de toda esta carga de profundidad, la cinta no resulta redonda. La fotografía es impecable, como ya nos tiene acostumbrados Mikhail Krichman, que se encarga de la fotografía de las películas de Zvyagintsev desde sus inicios, la música es estremecedora y anticipa los momentos álgidos (el sonido de las teclas del piano es un recurso maravilloso), el director nos ofrece unas imágenes preciosas y formalmente no tiene un pero…. pero, las piezas no terminan de encajar. Ya tuve esa sensación con Leviatán, siempre me han parecido mucho más redondas Elena y, sobre todo, El regreso. Es la sensación de que la historia no te cala, salvo en contadísimos momentos, de que eres impermeable a ella, a pesar de todo lo que cuenta. No logro conectar o implicarme y me parece que en algunos momentos se hace algo repetitiva en cuanto al mensaje que lanza. Es una buena película, sin duda, pero no para mí. Y eso a pesar de que pone sobre la mesa temas ciertamente interesantes y preocupantes.

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