Críticas: Spider-Man: Homecoming

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La vuelta del hijo pródigo.

Cuando se anunció el enésimo reinicio de las aventuras de Spiderman, recuerdo leer un comentario, en Twitter, sugiriendo que cada nueva aventura del hombre-araña “debería empezar con el anterior actor mordiendo al nuevo”. Más allá del chascarrillo -y de lo divertido que sería ver a Andrew Garfield corriendo detrás de Tom Holland para hincarle el diente-, lo más significativo era constatar cómo el superhéroe arácnido, imaginado hace ya más de cincuenta años por Steve Ditko y Stan Lee, se ha convertido a día de hoy en paradigma del reseteo cinematográfico.

Decir que esta tendencia del cine contemporáneo hacia formas como el remake, el reboot o el spin-off es la demostración del agotamiento de ideas en Hollywood y de una necesidad por invertir sobre terreno seguro, y quedarse tan tranquilo, no sólo es no descubrir nada nuevo, sino también reducir un fenómeno mucho más complejo a una afirmación excesivamente simplona. Sin embargo, ¿para qué volver, nuevamente, sobre la imagen de Spiderman?

Para intentar responder a esta pregunta, tal vez sea conveniente ampliar el foco un poquito más allá de la película, entendida como un objeto cerrado, y mirar en ese mosaico mastodóntico que está construyendo Marvel (Disney), fagocitando todos los superhéroes que caen a su alcance. Una colección en la que no podía faltar uno de los iconos más ilustres de la familia: el vecino y amigo Spiderman, ausente hasta el momento por conflictos de intereses entre Marvel y Sony (propietaria de los derechos cinematográficos). Un tira y afloja en el que, finalmente, Marvel no sólo consiguió hacerse con su preciado personaje, al que rápidamente incorporó a Capitán América: Civil War (Anthony y Joe Russo, 2016), sino que hizo ver la maniobra como una reconquista legítima: que el lugar natural de Spiderman siempre había sido ese universo cinematográfico y que, por lo tanto, su incorporación era sólo cuestión de tiempo. Qué mejor título, entonces, que el de Homecoming, literalmente “regreso a casa”, para celebrar la vuelta del hijo pródigo. Una bienvenida que, en la película de Jon Watts, se materializa y redobla en la preparación de esa fiesta de instituto que se gesta durante todo el metraje.

Sin embargo, la figura de Spiderman ya no vuelve como héroe exclusivo, sino como otra pieza más dentro de un engranaje superior. Y es precisamente en ese desajuste, entre la película individual y el conjunto, entre la parte y el famoso universo expandido, donde se pueden localizar los defectos y virtudes de la película de Jon Watts, que se engarza con estudiada precisión, a nivel de narrativa, estética y tono, dentro del panel superheroico.

Con todos sus reseteos, la historia de Spiderman iba camino de convertirse en el nuevo telar de Penélope: tejida durante el día y destejida por la noche. Por suerte -tal vez-, ya no hay en Homecoming otra repetición de la historia de orígenes: “la araña que me picó está muerta”, dice Peter Parker, obviando cualquier rastro del pasado y negando, de alguna forma, cualquier reinicio en el futuro. No vamos a volver a asistir a la famosa picadura, pero eso no quiere decir que la película no tenga una vocación iniciática. Homecoming esquiva la redundancia y algún que otro cliché, pero no deja de caer en otra fórmula, probablemente más sofisticada: aquella que ha convertido a muchos de los metrajes individuales de Marvel en películas de espera, de transición, de entretiempo.

Visual y técnicamente, con todos sus excesos de CGI, no se le puede reprochar nada a la película de Jon Watts. Homecoming está llena de colorines, de estética pop y de canciones pegadizas. Hay un sello de calidad, marca de la casa, y ahí está el personaje sobreprotector de Iron Man (Robert Downey Jr.) para recordarlo, irrumpiendo en la película más veces de la cuenta, como un deus ex machina encargado de salvar la papeleta al superhéroe adolescente. Y, en cierta manera, encargado de salvar la papeleta también a la producción: porque la figura de Iron Man, con sus apariciones, bien podría verse como la personificación del estudio de cine, que se hace presente para llamar a la calma. Aquí está Marvel, todo va a salir bien. O, al menos, todo va a salir como siempre.

El Spiderman de Tom Holland, en la línea de Marvel de cruzar la gravedad con el humor, es mucho más enérgico, activo y desenfadado que sus predecesores, pero también menos carismático. Después de que Sam Raimi inyectara una nueva vida a las películas de superhéroes con su trilogía arácnida (Spider-Man, Spider-Man 2 y Spider-Man 3), Marc Webb recogió el testigo para acercarlo al cine teenager en The Amazing Spider-Man (2012) y The Amazing Spider-Man 2: El poder de electro (2014). Con Jon Watts, en cambio, resulta difícil hablar de una forma o de una mirada más allá de las imposiciones y requerimientos del estudio Marvel. Todo está supeditado a un plan superior. Los chistes son casi todos bromas autorreferenciales, dentro de un universo que, a medida que se expande, se vuelve más hermético. Y, entre todo, algunas decisiones de casting resultan increíbles: Michael Keaton va camino de convertirse en una parodia alada de sí mismo, prolongando la línea de Batman (Tim Burton, 1989) y Birdman (Iñárritu, 2014), Zendaya está completamente desubicada, y el ejercicio de abstracción que hace falta para imaginar al escuchimizado Tony Revolori como el Flash que abusa de Peter Parker es simplemente enorme, por no mencionar el anecdótico cameo (aunque triste, después de todo) reservado para Donald Glover, quien estaba llamado en principio a enfundarse las mallas del hombre-araña.

El mundo adulto y oscuro por el que huían los niños de Cop Car (Jon Watts, 2015), se transforma en Spiderman: Homecoming en un mundo infantil habitado por villanos de manual, la violencia se convierte en algo inocuo, y los tonos grises viran hacia una paleta colorida, pegada al pop art. Entre todo, algún destello forzado a golpe de guión para dar vida a una historia plegada al universo cinemático. Una vez más, la fórmula se invierte y aquí es el bosque el que no deja ver los árboles.

Y Marvel, que parece empezar a ser consciente de una posible inquietud en el público, o de lo caricaturesco que se está volviendo todo eso de añadir hasta tres escenas después de los créditos, llama a la calma. “Paciencia”, dice literalmente uno de los personajes al final del camino. Como si, después de todo, la cita con Spiderman fuera sólo un paso obligado, de transición, hacia todo lo que tiene que venir después. Nada más que un aperitivo ligero para abrir apetito. Una pieza más en el mosaico de Marvel.

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