Críticas: Dunkerque

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Nada más que ruido.

Puede ser que el ruido ensordecedor nuble nuestras mentes. Para bien o para mal, resulta complicado encontrar otro motivo por el que justificar los aplausos que está recibiendo un producto como Dunkerque en cada vez más lugares del mundo. No parece ninguna locura afirmar que las imágenes de la nueva película de Christopher Nolan, rodada nuevamente en IMAX 70mm, surgen como respuesta o como complemento a una ruidosa banda sonora y a un diseño sonoro edificados como columna vertebral de un proyecto ambicioso en según qué términos, concebido en esta ocasión como espectáculo pirotécnico.

Para abordar esta empresa, envuelta una vez más con aires de grandeza y complejidad, la acción se parte en tres líneas narrativas muy claras. A través de un mastodóntico montaje alterno que estructura toda la narración, seguimos a un grupo de jóvenes soldados británicos que aguardan en la costa de Dunkerque, a una pareja de pilotos de cazas británicos cuya misión es asistir a los compañeros pendientes de rescate en Francia, y a una barca comandada por un padre y su hijo que parte desde Reino Unido para apoyar a sus compatriotas. Dichas líneas narrativas, cuya extensión temporal oscila entre la hora -el aire- y la semana -la costa-, reciben un trato idéntico en la diégesis, con un trabajo temporal que pasa de ser meticuloso en el tramo inicial a descuidarse hasta límites insospechados según avanza el metraje, quizás por esa querencia del británico por dotar de falsa complejidad a las historias que narra.

Hasta este punto hemos hablado de los méritos más notables de la cinta, a los que quizá habría que sumar la omisión del punto de vista enemigo, pues los alemanes apenas aparecen de forma tibia en algún que otro diálogo, impidiendo así una construcción de personajes y perspectivas maniquea. Sin embargo, Dunkerque naufraga precisamente por la escasa dimensión humana y por la falta de aristas de su historia. Aunque sobre el papel nos encontramos ante una película coral, el interés por desarrollar personajes que tiene Nolan es mínimo, trazando de forma muy burda aquellos que sí cuentan con pequeños arcos dramáticos. Por todo esto, en tanto artefacto epatante donde predominan los fuegos artificiales, el film se encuentra protegido por una maquinaria donde solo hay espacio para la frialdad, amén de una carencia de emoción y de cualquier afecto o sentimiento honesto en las acciones de los personajes. Para respaldar este argumento, basta con fijarse en la escasa sutileza con que se verbaliza el sentido de las mismas y el sentimiento primitivo que subyace en ellas.

Entre diversos estruendos y un diseño sonoro que desemboca en un caprichoso uso del montaje, cuya labor pasa a ser la concatenación de secuencias de tensión impostada o fallidas a la hora de generarla de forma natural, nos encontramos ante una suma de imágenes sin ningún tipo de sustancia. La construcción visual planificada por Nolan cae por su propio peso, tras únicamente haber conseguido alzar el vuelo en las panorámicas aéreas que sitúan la temporalidad de la acción y la delimitan geográficamente. Como bien rezaba una de las críticas más elogiosas que se han generado en territorio español, nos encontramos ante un “clásico instantáneo”. Por la facilidad con que se diluyen las imágenes y la película en sí misma, no hay ocurrencia más acertada para resumir su impacto. Detrás de un portentoso despliegue de producción y de un laborioso trabajo sonoro que suma enteros a una composición a ratos novedosa pero siempre ruidosa de Hans Zimmer, elemento que ordena dónde y cuándo hay que cortar, no hay absolutamente nada. Pese a su mensaje final, un tanto cuestionable por la idea que se da del heroísmo y poco o nada creíble al estar condicionado por las acciones de unos personajes unidimensionales, Dunkerque es un trabajo que no fracasa por problemas narrativos sino por su falta de interés en hablar de algo y por su falta de convicción cuando se ve obligada a hacerlo.

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