Atlantida Film Fest 2017: Crónica 3

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Tercera crónica del Atlantida Film Fest.

Como si de una colosal bomba conceptual se tratase, el estallido de la crisis económica ha dejado en shock a los ciudadanos de clase media y baja de Europa. Al mismo tiempo que sus estilos de vida se desmoronaban, de la misma manera que cualquier posibilidad de comodidad se disipaba, ante ellos se construía un nuevo futuro, basado en la incertidumbre y la precariedad. ¿Qué hacer ante semejante situación? ¿Hay salida posible, algo con que remediarlo? Quizás la única solución para paliar la situación sea entregarse a los instintos y conformarse con sobrevivir. Quizás, como plantea Europe, she loves, el sexo -¿amor?- sea lo que nos salve.

La película aborda las vidas de cuatro parejas de diferentes partes del continente -Grecia, Irlanda, Sevilla y Estonia-, recurso con el que iguala las situaciones vitales de los ciudadanos de todos los países de Europa, dando a entender que la crisis no depende del lugar de residencia. Ante esta premisa, cabría la posibilidad de explorar los límites de la convivencia en sociedad, las consecuencias de la crisis sobre el aspecto más existencial del ser humano, cuyo clímax podría ser la confirmación de que el sexo es lo único que nos mantiene vivos.

Sin embargo, la cinta opta por una vía mucho más convencional, la de estudiar si las parejas pueden resistir cuando la vida no les da lo que ellos esperaban. El sexo está presente y es explícito, -llegan a aparecer miembros en erección, un auténtico tabú de representación en el cine-, pero todo en Europe, she loves se queda a medio camino, desde lo deshilachadas que quedan cada una de las tramas hasta lo pueril del retrato social del continente tras la crisis, pasando por un tratamiento del sexo que, a fin de cuentas, poco aporta a la reflexión.

Treblinka

A pesar de lo trillado del tema, parece que en Europa hay cineastas empeñados en demostrar que todavía no se han agotado las posibilidades para representar el Holocausto Nazi. Si en 2015 László Nemes construyó una obra inapelable, El hijo de Saúl, que podría ser la película definitiva sobre los campos de concentración, en 2016 el portugués Sérgio Tréfaut presenta Treblinka, en la que se atreve a representar las experiencias reales vividas en el campo de concentración homónimo.

Entre el documental y la ficción, el director ambienta su obra dentro de trenes que recorren espacios de Ucrania, Rusia y Polonia. La decisión no es causal: trenes como los que aparecen en la cinta eran los vehículos que transportaban sin cesar a judíos al campo de exterminio de Treblinka. Los conocidos como “trenes de la muerte” son el escenario en el que se representan los testimonios pertenecientes a las memorias de Chil Rajchman, “Je suis le dernier juif”. Estos son dramatizados por una serie de actores que aparecen como fantasmagorías, en muchos casos desnudos, dentro de las estancias de estos vehículos.

¿Existe alguna manera ética de representar el nazismo? ¿Cómo podemos relacionarnos con los espacios que en su día fueron el escenario del horror? ¿Cómo aproximarse a ellos con una cámara? Para todas estas preguntas, el autor portugués sugiere con su cinta que, al menos, existe la posibilidad de no caer en el burdo atraco emocional. Ante la gravedad de los recuerdos narrados, Tréfaut se coloca en un segundo plano y permite que sea la combinación de imágenes y palabras la que construya un río de sentimientos que se congelan en la gelidez del ambiente recreado. Con una sutileza desoladora y cierto aire poético -la poética del horror-, Treblinka se construye como un retrato innovador en un tema tan masticado y revisitado, y, aunque no consiga establecerse como la película definitiva sobre el campo de exterminio polaco, cuenta con argumentos de peso para intentarlo.

People that are not me

Coinciden en este Atlántida Film Fest dos películas dentro de la sección Generación que están rodadas por mujeres que además interpretan a los personajes protagonistas y que basan buena parte de los sucesos de la trama en experiencias personales. Si Júlia ist es un reflejo de las vivencias y reflexiones que su autora, Elena Martín, vivió en su viaje de erasmus, People that are not me es un volcado en la pantalla de la vida de su responsable, Hadas Ben Aroya.

La directora israelí también escribe el guion que rueda, que ambienta en la Tel-Aviv actual, en la que la actividad diurna es tan importante como la nocturna en el universo de una joven veinteañera. Aroya se vacía ante la cámara y evita cualquier autocomplacencia a la hora de retratar a su personaje, el cual, al igual que ocurre con Lena Dunham en su serie, Girls, es el peor parado de todos los que aparecen en la pantalla.

El retrato está lleno de vitalidad y esquiva buena parte de los lugares comunes que abundan en el cine sobre la juventud actual -como sí ocurre en la condescendiente Home, también presente en este festival-, aunque sus planteamientos tampoco trascienden más allá de una certera visión de las relaciones de pareja y las obsesiones que se pueden generar alrededor de las mismas. El choque entre libertad y dependencia, entre lo que uno es y lo que uno espera de sí mismo, son los aspectos más estimables de una cinta gustosamente ingrata con el público.

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