Filmadrid 2017: Crónica 7

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James Benning y Fred Kelemen en la nueva crónica de Filmadrid.

El título de Elephant (Alan Clarke, 1989) hace referencia a una metáfora sobre cómo un hecho evidente pasa desapercibido o es ignorado –una expresión acuñada como “elephant in the room”–; en ese caso, la violencia. Fresh Air (James Benning, 2016) consta de un único plano de 45 minutos a tres camisas tendidas sobre una cuerda. En fuera de campo, escuchamos cómo una emisora de radio altera su programación para emitir una información de última hora: un atentado perpetrado por tres hombres armados. El concepto de ambos films parece ser el mismo; la insensibilidad frente a la violencia o, siendo más preciso, cómo nos hemos familiarizado con ella.

En cambio, en Measuring Change (James Benning, 2016) no existe este componente discursivo. Son dos planos de 30 minutos cada uno a la escultura Spiral Jetty. Desde la ausencia narrativa, surgen infinidad de historias. El film se vuelve versátil, mutable; como esa amenaza desconocida de la que huye la familia de Le révélateur (Philippe Garrel, 1968). El cine de Benning requiere mucha paciencia, algo que no demostró parte del público que asistió a la proyección. Tanto en esta como en Ten Skies (2004) o Two Cabins (2011) existe el elemento más fundamental del cine: el flujo del tiempo. Benning no fuerza nuestra mirada, por lo que sus obras tratan con inusitado respeto al espectador. Cada persona percibirá y sentirá de una forma especial y única lo que acontece en pantalla. Y ya que eso escasea, se debería de preservar.

Frost

En contraste, Frost (Fred Kelemen, 1997), película que pudimos ver en el foco dedicado al cineasta alemán –más conocido por ser el director de fotografía de los últimos trabajos de Béla Tarr, El caballo de Turín (2011) y El hombre de Londres (2007)–, es un film excesivamente cruel y sórdido. Una road movie de casi 4 horas de duración en la que una mujer y su hijo pequeño abandonan a un marido borracho, para partir al lugar donde ella pasó su infancia. Constituida casi en su totalidad por planos secuencia, algo que evoca al cine del húngaro, destacando especialmente el de apertura.

La obra de Andrei Tarkovski también podría estar presente en Frost, más allá de que ese lugar al que se dirigen parece tener alguna analogía con “La zona”, de Stalker (1979). El fuego, como en El espejo (1975) o Sacrificio (1986), es un elemento purificador. El problema es que Kelemen considera impuro a un personaje al que ha estado cosificando y maltratando durante todo el metraje. La controversia no surge tanto de la exposición de la madre a violaciones y maltratos, siempre justificando estos viles actos en pos del bienestar del hijo, sino en sus métodos sensacionalistas. El director es incapaz de dejar de martirizar a su protagonista incluso en dos escenas cartáticas –siendo lo mejor de film por romper su pesimismo paroxístico–. Y cuando comienza a tratar con condescendencia a un borracho maltratador, la película evidencia su abyección.

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