Críticas: La mujer del animal

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Cuando hablar del ‘‘depredador sexual’’ y sus víctimas no es suficiente.

La mujer del animal tiene como coordenadas una comunidad sin ley en la Colombia de los años 70. Una aldea matriarcal poblada por mujeres emancipadas que, a pesar de tener el control de los recursos y de los hogares, sólo son representadas en su rol de víctimas de un depredador sexual y sus secuaces. Los pocos hombres que aparecen en el relato pertenecen a la banda de Libardo, apodado como ‘‘El Animal’’, y están arrastrados por su visión de la vida misógina y feroz.

Dirigida por Víctor Gaviria, la película narra la historia de Amparo, de cómo es violada, amenazada y apaleada por aquel hombre que se encaprichó con ella y a los 18 años, la secuestra y la mantiene cautiva como esclava sexual. El título alude al punto de vista que mantiene la comunidad respecto a Amparo a lo largo de la película. Al dirigirse a ella como ‘‘la mujer del animal’’ están transformando a Amparo a una mera posesión de su secuestrador. No sólo legitiman una unión forzada basada en el uso de la violencia y la sumisión, sino que normalizan la cultura de la violación al verse bloqueadas y desprovistas de herramientas para combatirla.

Libardo, cumpliría todos los requisitos para ser uno de los sicarios de Pablo Escobar: es despiadado, agresivo, ‘‘viril’’, y tremendamente violento. Pero, al menos, los sicarios que ficcionaliza Netflix en su célebre serie Narcos son personajes complejos, con una psiche bien definida, ambiciones y conflictos internos. ‘‘El animal’’ de esta historia es un depredador enloquecido y un violador en potencia porque sí. No existe progresión dramática del personaje a lo largo del guion, ni entendemos por qué se comporta de esa manera. Es un sujeto deshumanizado, poseído por un instinto demoniaco que le lleva a hacer el mal porque sí, porque nació malo y morirá malo. Un retrato algo simplista de un criminal.

Esta película es un drama social, oscuro y desesperanzador, en el que resulta excesiva la violencia a nivel argumental. Cansan tantas secuencias de palizas, amenazas, gritos, violaciones, una detrás de otra sin ningún respiro ni atisbo de esperanza hacia las víctimas. Sin progresión ninguna a través de los años.

Existen escenas muy potentes de la vida de Amparo en cautiverio. De la supervivencia en medio de la miseria moral y material. De los días seguidos sin comer. La actriz Natalia Polo, no profesional, convierte la historia en algo auténtico y verídico. Recuerda al personaje que interpreta Brie Larson en la película estadounidense Room. Por la descripción del cautiverio, del terror creciente hacia los captores, de la anulación de la voluntad, y los juegos de poder que se establecen con éstos. Pero si en esta última película la identificación con la protagonista es plena, en La mujer del animal no funciona de la misma manera. La crudeza de la situación no logra conmover al espectador lo suficiente Se vive como una realidad distante, desde fuera. Son múltiples las desgracias humanas que se suceden pero los mecanismos de identificación con las víctimas fallan.

Con muy buena factura técnica, el film tiene una iluminación cuidada y medida al milímetro. Gaviria apostó por un naturalismo estético con composiciones y encuadres muy pulidos, alejado del look habitual del drama social. De hecho, La mujer del animal ganó los premios de Mejor Montaje y Mejor Director en la edición del Festival de Cine de Málaga de este año.

Es, en cualquier caso, una propuesta original y valiosa por denunciar la violencia sexual contra las mujeres, pero que pierde fuerza en su mensaje por no aportar una mirada más profunda en la relación víctima-agresor. Asimismo ofrece un desenlace simplista que no ahonda en el origen de esta violencia e incluso que lo minimiza a la existencia circunstancial de un depredador enloquecido. ‘‘Muerto el perro se acabó la rabia’’ pero ‘‘muerto el violador no se acaba la violencia sexual’’. Ni en esa aldea sin ley de Latinoamérica, ni en la España de la década actual.

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