Críticas: Life

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Terror en el espacio.

Una estación espacial, enviada en una misión para rastrear muestras de vida en otros planetas, vuelve a la tierra con una célula extraída de la superficie de Marte. Sin embargo, todo se descontrola cuando, reanimado por uno de los astronautas, el microorganismo comienza a evolucionar a un ritmo vertiginoso y se convierte en una amenaza mortal para todos los miembros de la tripulación. Un castigo prometeico muy en la línea de la obra de Mary Shelley, en el que el juego con el control sobre la vida se convierte en una amenaza contra su creador.

Atrapados en la nave espacial, descartando la posibilidad de volver a la Tierra con una carga tan peligrosa, los astronautas tienen que huir o deshacerse de la criatura, que por su parte se dedica a ir dando caza uno por uno a cada uno de los pobres humanos, como depredador nato que resulta ser. Y es que la película de Daniel Espinosa, evidentemente, tiene muchísimo de Alien: El octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), pero también de Depredador (Predator, John McTiernan, 1987), con esos planos de visión subjetiva concedidos al alienígena asesino, que también goza de su salvaje punto de vista.

Estrenada muy convenientemente (o muy casualmente) poco después del anuncio de la NASA del descubrimiento de un nuevo sistema solar y justo antes del estreno -ya el próximo mes- de la nueva entrega de Ridley Scott, Alien Covenant, la película de Daniel Espinosa es un remake apócrifo de Alien adaptado a los nuevos tiempos de derroche visual, actores reconocidos y trucos efectistas muy ligados con las claves del género de terror. ¿Deberían, sin embargo, todas las películas sobre amenazas alienígenas dentro de una nave espacial vivir a la sombra del Alien de Ridley Scott? Evidentemente no, porque entonces jamás podríamos disfrutar de propuestas como Pandorum (Christian Alvart, 2009), pero el Life de Daniel Espinosa, más allá de citar a Re-Animator (Stuart Gordon, 1985) y jugar con un único (y maravilloso) giro de guión, todo lo que aporta al universo de ciencia ficción de terror es un filtro totalmente vaciado de cualquier estilo personal, plegado a los requisitos y condiciones de una película comercial y convencional.

Y aquí está la principal diferencia del alien de Daniel Espinosa con respecto a todos los que vinieron después del de Ridley Scott. Porque cuando James Cameron, David Fincher o Jean-Pierre Jeunet tomaron el relevo de la saga iniciada por Ridley Scott con Aliens (1986), Alien 3 (1992) y Alien: Resurrection (1997) respectivamente, todos ellos introdujeron en propuestas más o menos acertadas su sello personal distintivo. Al parecer no sucede lo mismo con el Life de Daniel Espinosa: su película tiene todo el ritmo, toda la tensión y todos los trucos (y las vísceras) del cine de terror y todo el lenguaje técnico del cine científico, pero no es más que un envoltorio para esconder el vacío tan grande que hay en el interior de su propuesta. No hay más que ver el plano secuencia que compone todo el prólogo de la película: un ejercicio de puro virtuosismo en el que la cámara gravita -como un pasajero más- por el interior de la estación espacial, siguiendo a los astronautas en su delicada y complicadísima misión de acoplar el módulo en el que viaja la muestra de vida. Un derroche de inventiva visual para maquillar todas las demás carencias. Desde luego, la película de Ridley Scott crece en Life de Daniel Espinosa como esa célula que sus astronautas reviven: de una forma acelerada y descomunal, pero sin nada bajo su carcasa salvo un pequeño y maravilloso giro final que la desmarca de lo que fue y de lo que pudo haber sido la película de Ridley Scott. Por lo demás, Life es un Alien hormonado.

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