Críticas: Logan

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El ocaso de Lobezno.

Cuando Peter Banning (Robin Williams) regresaba al País de Nunca Jamás en Hook (Steven Spielberg, 1991), su reconocimiento como Peter Pan pasaba por dos procesos: el primero estaba vinculado con el punto de vista infantil, con la mirada de los niños perdidos que, en el rostro del adulto, reconocían al joven que había prometido no crecer nunca; el segundo, por otra parte, tenía que ver con la identificación del héroe por parte del espectador, una identificación que pasaba por la recuperación de su imaginario, por el volver a vestir las prendas que habían definido al personaje de Peter Pan. Ambos procesos se combinan, de manera fugaz pero reveladora, en una breve secuencia de Logan (James Mangold, 2013) en la que unos pequeños mutantes (niños perdidos, después de todo) recortan la barba del personaje de Hugh Jackman mientras este duerme para devolverle su imagen de Lobezno; para devolver al personaje al imaginario. La mirada de los niños modela la imagen de Logan.

Evidentemente, los resultados de Steven Spielberg están muy lejos de los de James Mangold, pero el diálogo entre ambas películas permite lanzar algunas cuestiones que resuenan en Logan, como el peso de la infancia, la restauración del héroe, la autoconciencia del universo habitado, la persecución de una tierra prometida o la revisión del mito. Sin embargo, donde se mira la película de Mangold -y además de forma explícita- es en Raíces Profundas (George Stevens, 1953). Tomando esta obra como referente, Logan asume como propia la estética del western, una de las particularidades del afamado cómic en el que se inspira: El viejo Logan, de Mark Millar y Steve McNiven.

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Así, con todo el imaginario del western a sus espaldas, el futuro no muy lejano de Logan se tiñe de tonos cobrizos y el personaje de Lobezno (Hugh Jackman), ahora envejecido y con su factor curativo mellado, se convierte en la sombra del héroe clásico, desarraigado y taciturno. Resulta muy evidente identificar en el personaje de Hugh Jackman, por ejemplo, al Walt Kowalski de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), y más si tenemos en cuenta otras cuestiones temáticas como la paternidad forzada, o la muy marcada dimensión político-social que en el caso de Logan se plantea en plena época Trump, con el muro ya construido en la frontera con México.

Parece, ahora, que la tercera entrega de la saga de Lobezno está dispuesta a instaurar la gravedad en el corazón de su discurso, después de los patinazos de X-Men orígenes: Lobezno (Gavin Hood, 2009), Lobezno Inmortal (James Mangold, 2013). Sin embargo, hay algo que sigue sin encajar en las películas en solitario del mutante. Y no termina de encajar porque Logan, lejos de asimilar el western, se sirve de él únicamente como piel. Como ese disfraz tejano, expuesto en un escaparate, en el que se encapricha la joven acompañante de Lobezno, señalada para seguir el legado del mutante. De la misma forma, Logan utiliza el género y la cita como un disfraz para maquillar de solemnidad una road movie generacional que no tiene profundidad alguna, llena de clichés y lugares comunes, con una puesta en escena perezosa, que alterna sin ninguna gracia los bloques de acción con los bloques dramáticos y que confunde la violencia explícita con una cierta idea perversa de un tipo de cine maduro o para adultos (¿para qué adultos?). El intento de Logan por desmarcarse del resto de cine de superhéroes lleva a la cinta a reclamar una trascendencia que no alcanza, en un ejercicio más propio de una estrategia de marketing que de un trabajo reflexivo.

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Por otra parte, resulta totalmente comprensible que el envoltorio de género y su condición testamentaria generen un cierto interés, pero las más de dos horas de metraje acaban por pesar como una losa. Y, definitivamente, algo no tiene que ir muy bien cuando el mismo Patrick Stewart, que da vida a un profesor Xavier completamente senil, ya ha hecho manifiesta su intención de abandonar la saga, una saga en la que se insiste una y otra vez sin que quede del todo claro qué se consigue con ella, o ni siquiera qué se busca. Quizás el eslogan del cartel publicitario de Logan tiene razón y, por mucho que nos duela, es hora de asumir que “su momento ha llegado”.

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