Críticas: Ghost in the shell

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Memoria y cuerpo sintético.

Con total seguridad el doctor Génessier de Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, Georges Franju, 1960) habría quedado alucinado de haber visto la facilidad con la que se puede desmontar y montar -literalmente- el cuerpo sintético de Major (Scarlett Johansson) en Ghost in the shell (Rupert Sanders, 2017). Ella es el alma de la máquina, esa idea apuntada en el subtítulo de la película en nuestro país y que, por si no quedara lo suficientemente clara, se repite insistentemente por activa y por pasiva durante el primer tercio de la película. Algo que resulta comprensible, pues no en vano sobre esa sentencia gravita gran parte del conflicto dramático de la película de Sanders.

En una sociedad futurista de estética cyberpunk en la que lo digital oculta a lo analógico, donde los edificios en ruinas se esconden bajo coloridos hologramas y luces de neón, y en la que los seres humanos pueden ser “mejorados” a través de implantes y prótesis robóticas, el cuerpo de Major supone un paso más allá en este desarrollo evolutivo, pues el suyo es un cuerpo completamente artificial en el que ha sido implantado un cerebro humano. Convertida en brazo ejecutor de la ley y acompañada por un equipo de operaciones especiales, Major da caza a terroristas e imparte justicia mientras se enfrenta al dilema atávico sobre cuál es el auténtico significado de ser humano.

Rupert Sanders adapta el célebre manga de Masamune Shirow (Ghost in the Shell, 1989 – 1990), y más concretamente su magnífica traslación al anime (Ghost in the shell, Mamoru Oshii, 1995), para firmar un thriller con espíritu de blockbuster que, a pesar de sus limitaciones, cuenta con más de un acierto. El primero de ellos, sin duda, es la elección de Scarlett Johansson para el papel protagonista. Dejando de lado el debate sobre el whitewashing, y teniendo en cuenta el perfil de la producción, si alguna actriz podía dar vida a ese cuerpo cibernético que supone Major, esa era Scarlett Johansson. Símbolo del cruce entre lo analógico y lo digital, el personaje de Major no está muy alejado de esas otras protagonistas femeninas a las que ha dado vida la estadounidense, como la mujer anónima de Under the skin (Jonathan Glazer, 2013) o Lucy (Lucy, Luc Besson, 2014). Mención aparte merece también, con permiso de Kuze (Michael Pitt), el personaje de Aramaki (Takeshi Kitano), quien mantiene firme su lengua japonesa en un reparto repleto de rostros occidentales.

El otro punto fuerte de Ghost in the Shell es su apartado visual: si bien es cierto que no supone ninguna innovación en el imaginario cinematográfico, la película de Sanders asimila tanto la estética del anime como la de toda la producción posterior que ha visto en la obra de Masamune Shirow una fuente de inventiva e inspiración. De hecho, es precisamente entre tanto despliegue y pirotecnia visual donde Ghost in the Shell deja poco margen para el desarrollo de personajes (que no de la trama), pues todos los conflictos o debates internos quedan apuntados pero sin tiempo para desarrollarlos, en una narración atropellada por la velocidad del cine mainstream, que exige una set piece de acción por cada bloque dramático. Después de todo, resulta que al alma de la máquina de Rupert Sanders le cuesta encontrar espacio entre tantos engranajes.

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