Críticas: El viajante

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La brecha en la superficie.

Un terremoto zarandea un edificio. En ese momento, en medio del caos, asistimos a la fractura del cristal de una de las ventanas. Una importante sacudida que, más adelante, encontrará su réplica en la agresión sufrida por Rana (Taraneh Alidoosti) en su nueva casa; y una brecha en el cristal que tendrá su rima en la cicatriz, en la herida visible, de la actriz. Este doble atentado (contra la integridad física de la mujer y contra su espacio íntimo), será la que dispare la caza de su marido, Emad (Shahab Hosseini), por encontrar al responsable.

Pero volvamos al edificio con el que Asghar Farhadi inaugura su nueva película, pues no se trata de una obra vieja, en estado catastrófico o de derrumbe, sino de una construcción completamente moderna que es azotada en sus cimientos por una catástrofe incontrolable (e incontrolada). Los daños estructurales, procedentes de una fuerza externa, son los que obligan a mudarse a todos sus habitantes, entre los que se encuentran los antes mencionados Rana y Emad, una pareja de actores en pleno montaje de la obra teatral de Arthur Miller Muerte de un viajante, de la que la película de Farhadi toma el título -y alguna cosa más-.

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Los ensayos de la famosa pieza teatral sirven para poner sobre la mesa numerosas cuestiones relacionadas con el arte y la cultura, como por ejemplo la de la censura, pero sirve sobre todo para establecer dos niveles muy evidentes, que en la película de Farhadi discurren en paralelo, pero que se contaminan y generan un potente diálogo: por una parte el teatro (con sus ensayos, sus actores, su función…) y, por otra, la vida, donde Rana es agredida y donde Emad imparte clases y busca venganza. Ambos pertenecen al “sector de la cultura”. De él sabemos eso, que es profesor y actor, de ella conocemos más bien poco, a parte de su oficio como actriz. Y, sin embargo, su papel resulta principal para la película de Farhadi: en primer lugar precisamente porque su ausencia es la huella de una presencia y, en segundo, porque su condición de víctima sirve a Farhadi para testimoniar desde la ficción, y de forma velada (esquivando otros tipos de censura), la violencia que una sociedad machista ejerce sobre las mujeres.

Así, Farhadi se revela como un gran lector de Arthur Miller, pues su película, más allá de la cita directa, adapta de El viajante lo más importante, su esencia misma, que no es otra que su capacidad crítica. El texto que para muchos fue un ataque contra el sueño americano, se convierte ahora en un ataque contra la sociedad iraní. Y no solo contra la iraní, pues la reciente polémica generada a raíz de la ceremonia de los Oscars, a la que Farhadi no asistió en protesta por el veto migratorio del presidente Donald Trump, no hace más que incrementar el poder político y el impacto de la cinta. Acción consecuente o estrategia publicitaria, la película de Farhadi terminó precisamente por alzarse con el galardón a mejor película extranjera.

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Cómo se establecen las relaciones de poder entre personas (y personajes), de qué manera emerge el trauma, cuál es el sentido de la venganza… Farhadi lanza numerosas preguntas y abre dilemas importantes desde una película que, en el mismo ejercicio de alternancia entre representación y vida, combina el reposo y la introspección con la intriga de Emad por localizar al autor del crimen. El teatro y la vida, o viceversa, y cómo una esfera afecta (o infecta) a la otra, hasta borrar sus fronteras, ese es uno de los logros mayúsculos de El viajante, una película que carga la ficción de mensaje político y que trae la figura de la mujer del fondo al primer plano. La grieta en el cristal y la herida en el rostro de Rana marcan una brecha en la superficie, pero también hacen patente la existencia de un más allá, un espacio intermedio (o en un nivel posterior) en el que hay que fijarse para no perderse ningún detalle, porque la película de Farhadi está lleno de ellos.

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