Críticas: David Lynch: The Art Life

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Arrojar sombras.

“Y al adentrarse en la oscuridad, el hombre se vio a sí mismo”.

Puede que formalmente David Lynch – The Art Life tenga la apariencia de un documental biográfico al uso: con imágenes de archivo, voz en off explicativa, estructura y desarrollo clásico… Sin embargo, hay un elemento fundamental que desmarca el largometraje co-dirigido por Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard-Holm del resto de películas convencionales, y éste no es más ni menos que su protagonista: David Lynch.

Por lo general, las películas documentales, entendidas en el sentido tradicional, se distinguen por su carácter informativo, derivado de su voluntad por demostrar hechos, esclarecer acontecimientos, dar respuestas, describir personajes… en definitiva, por su capacidad o tendencia a arrojar luz sobre un asunto determinado. Pues bien, David Lynch – The Art Life, en su gesto de arrojar algo de luz sobre el misterioso y polifacético artista estadounidense, lo sumerge todavía más en las sombras.

Como no podía ser de otra manera. Poco tardan los realizadores en ceder toda la voz y protagonismo al artista, que se convierte en el narrador en primera persona de un relato vital bajo cuyas imágenes vibra aquello tan misterioso, inquietante y cautivador que alimenta toda su obra. No hay preguntas ni entrevistador, solo el testimonio y la presencia de David Lynch (únicamente acompañado en algunos momentos por su hija pequeña), que alterna su figuración en pleno proceso creativo (en presente) con las diferentes fotografías y pinturas (del pasado).

Director de cine, actor, guionista, pintor, escultor, compositor musical… David Lynch – The Art Life recorre, saltando de recuerdo en recuerdo, los primeros años del artista norteamericano: tomando como centro su obra pictórica hasta su llegada al cine. Y es que el cine de David Lynch es indisociable de su faceta como pintor, pues como él mismo relata (y ha relatado en otras tantas ocasiones): fue la sensación de ver moverse las hojas de uno de sus cuadros aquello que despertó su interés por pasar de la pintura al cine. El movimiento de unas hojas. Una anécdota no muy alejada de los orígenes mismos del cinematógrafo, cuando algunos de los primeros espectadores de las vistas Lumière -entre los que se encontraba Georges Méliès- quedaron fascinados no por la escena familiar del desayuno en La comida del bebé (Repas de bébé, Louis Lumière, 1895), sino por las hojitas que, en el fondo del mismo encuadre, eran mecidas por el viento.

Pero no hablemos (solo) de cine, pues el documental de Nguyen, Barnes y Neergaard-Holm, como ya hemos apuntado antes, llega a la filmografía de Lynch únicamente en forma de epílogo, como resultado de la evolución de su vida y trabajo como artista plástico, en torno al cual se construye todo el documental. No puede sorprender a nadie, por lo tanto, que David Lynch – The Art Life no se atreva a analizar o a especular sobre la producción cinematográfica del director estadounidense. Es este gesto el que convierte la película no solo en una estimulante para la legión de fans del director de cine, sino también para todos aquellos interesados en el proceso creativo artístico y dispuestos a aproximarse en el peculiar universo del creador. Un creador cuya presencia es lo suficientemente fuerte como para impregnar el documental de su esencia; a través de la mostración de sus pinturas y testimonios, las imágenes impulsadas por Lynch se refugian en lo más oscuro de la memoria y crecen como un monstruo. Cuanto mayor es la luz que se intenta lanzar sobre la figura del artista, más alargada se vuelve la sombra que proyecta.

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