Críticias: Jackie

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Del mito y lo humano.

En la película de Pablo Larraín conviven dos Jackies. Una de ellas filmada desde la distancia, en planos generales, construida a partir de imágenes de archivo, con la textura sucia propia del analógico antiguo; es decir, una Jackie que responde a la dimensión histórica, que encaja en el imaginario colectivo, que se constituye como mito. La otra Jackie es la Jackie íntima, sensible, humana, con sus traumas, complejos y preocupaciones, filmada en planos más cerrados (o directamente en primeros planos) y a la que da vida una Natalie Portman sencillamente espectacular.

Sin embargo, la grandeza del director chileno consiste en su habilidad para cruzar, confundir y poner a dialogar ambas imágenes, construyendo un retrato complejo y poliédrico, alejado de cualquier maniqueísmo y convencionalismo. Las formas que contienen ambas figuras se entremezclan, y las dos representaciones de Jackie se contaminan la una de la otra a partir del juego con los tiempos, los formatos, los colores y las texturas. El discurso de Larraín en Jackie se fragmenta y fluye como un todo múltiple, que refleja la realidad como un cristal roto en pedazos.

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La Jackie construida en el imaginario colectivo, la del mito, y la Jackie desmitificada y vulnerable, imperfecta, es decir, la humana, son las dos caras de una misma moneda. Ambas construyen de forma complementaria la figura de Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis, primera dama de los Estados Unidos y esposa de John F. Kennedy. Pero no nos engañemos. La película de Larraín, que retrata a la primera dama los días posteriores al asesinato del 35º presidente de los Estados Unidos, no es un biopic, es mucho más. Jackie es algo más que una deconstrucción, en clave de ficción, de uno de los mitos más importantes de la historia estadounidense reciente: es una delicadísima exploración del dolor y el luto en sus dos esferas (la pública y la privada).

Sirva como muestra el contraste entre los dos interlocutores que motivan el diálogo de Jackie: por una parte el periodista anónimo y ficticio (Billy Crudup), con el que se inicia la película, que acude a la casa de la viuda para conseguir una entrevista después de todo lo sucedido; por otra parte el entrañable cura (el recientemente fallecido John Hurt), con el que Jackie conversa, como si de una confesión se tratara. Mientras que este discurso apunta hacia lo íntimo, hacia el interior, el segundo se revela como expansivo, destinado a los medios, a la difusión máxima. Y el personaje de Jackie se muestra completamente consciente, controlando todo aquello que, más allá de lo dicho, podrá ser después publicado por el periodista o no. Otro tanto para la película de Pablo Larraín, pues de nuevo pone de relieve la transgresión del biopic, ubicando el discurso en la fase anterior al mito ya consolidado, es decir, en el momento en que todavía se encuentra en un proceso de gestación.

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La performance se convierte en otro de los pilares fundamental que sustenta la grandeza de la película de Larraín, pues “la mujer del césar no solo debe ser honrada, sino además parecerlo”, y, en este sentido, el personaje de Jackie se muestra plenamente consciente, y con todas las contradicciones implícitas, de que su inserción en la historia pasa por la exhibición de su dolor y su luto. Una exhibición que va desde los pequeños gestos, como el de no cambiarse el vestido manchado por la sangre, hasta los más opulentos, como la obstinación en la exuberancia del funeral de su difunto esposo. Un despliegue que en ningún momento afecta a la cinta de Pablo Larraín, que en todo momento se mantiene pegada al personaje, pegada a los sentimientos sin caer en el dramatismo. Jackie explora la condición humana desde su interior, sin renunciar a sus contradicciones y angustias, manteniendo en todo momento el pulso, como solo las grandes películas saben hacer. Sin duda, la de Larraín es una de las películas del año, un retrato complejo y preciso de lo que hay de humano en el mito.

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