Críticas: La luz entre los océanos

Escrito por

Twitter icon

LBO_11997_jpg_1072

La impersonalidad y sus consecuencias.

Para entender lo complicado que es hacer una buena película con bebés de por medio (fallecidos, extraviados o intercambiados, igual da), únicamente hace falta echarle un vistazo a los últimos trabajos de Susanne Bier, una cineasta que otrora supo manejar el tremendismo melodramático con suma habilidad. No hay ninguna duda de que Serena y Una segunda oportunidad, ambas realizadas en 2014, se encuentran entre las mayores comedias involuntarias de la década. Quizás la única diferencia entre estas dos películas y La luz entre los océanos, lo nuevo de Derek Cianfrance, sea que la cineasta danesa es capaz de mostrar un mínimo de personalidad hasta en los peores momentos, manteniendo una distancia prudencial con el más rancio de los academicismos. Por su parte, Cianfrance ha decidido filmar un melodrama con un ligero aroma clásico de lo más conservador, con un discurso moralista y unas formas tan anticuadas como incoherentes.

La_luz_entre_los_oceanos_1000

Finalizada la Primera Guerra Mundial, Tom Sherbourne (Michael Fassbender) es un héroe de guerra australiano que siente la necesidad de alejarse de todo durante un tiempo, por lo que solicita el puesto de farero en una isla remota donde estará completamente aislado, y en la cual apenas recibirá un par de visitas cada mes. En uno de sus primeros viajes al pueblo al que pertenece la isla, Tom se enamora de la joven Isabel (Alicia Vikander), con quien se casa para así poder vivir junto a ella en la isla, pues el reglamento únicamente permite que los fareros se lleven a vivir allí a sus esposas. La película bien podría dividirse en tres partes: la llegada de Tom a su nuevo hogar y el idilio romántico que vive junto a Isabel, tanto en sus contadas visitas al pueblo como en los primeros meses de convivencia en pareja; los sucesivos embarazos frustados de Isabel, con abortos originados por la falta de asistencia sanitaria y por las propias consecuencias psicológicas del aislamiento; y, por último, el dilema moral que se le plantea a la pareja cuando la marea deposita una barca en la orilla de la isla. Este último segmento, sin duda el más extenso de todos, también podría ser dividido en al menos dos partes, pero a estas alturas no conviene saber nada más de la cinta.

Cianfrance, encargado también de escribir esta adaptación de la novela homónima de M.L. Stedman que le hubiera venido como anillo al dedo a un cineasta como Terence Davies, se muestra incapaz de dotar de sentido narrativo a la gran mayoría de decisiones que toma en la primera mitad del film, donde los giros argumentales -el enredo moral y (melo)dramático de la historia- aún no habían hecho acto de presencia. El director y guionista apenas acierta a perfilar las secuelas que le dejó la contienda al protagonista, su carácter introvertido y su rectitud moral, elemento clave en el desarrollo de su arco dramático y el de la propia película. Cuando un fundido a negro se encarga de cerrar el primer segmento, capitaneado por una fotografía en la que predominan los tonos grisáceos (la imagen aparece incluso desenfocada en este tramo, quizás como resultado de la necesidad autoimpuesta de aparentar clasicismo), una fuerte tormenta y el oleaje subrayan el fatalismo que sobreviene -literal y metafórico-. De ahí en adelante, la construcción formal pasa a ser un absoluto desastre; cuando el caprichoso guion se permite algún momento de luz y felicidad, Cianfrance rueda bellas tomas cámara en mano al más puro estilo Terrence Malick, lo cual denota, además de una alarmante falta de personalidad, que nada en la cinta tiene una justificación narrativa: ni la elección de los planos, ni el uso indiscriminado e inapropiado de la acertada composición de Alexandre Desplat.

La_luz_entre_los_oceanos_999

Rupturas del punto de vistas criminales y momentos inverosímiles e involuntariamente cómicos aparte (los intentos de redención progresiva por parte del personaje interpretado por Fassbender son sencillamente ridículos), la película termina supeditándose a un guion enrevesado, aleccionador y excesivamente condescendiente con sus personajes, tan maltratados que ven impedido su desarrollo. La luz entre los océanos le confía todas las posibilidades de éxito a la fuerza pictórica de sus paisajes y a la labor de unos protagonistas de primer nivel, pero lo único que de ella puede rescatarse es el esforzado trabajo de Alicia Vikander, que se encuentra mucho más cómoda en los registros que menos intensidad requieren. Después de incontables planos encadenados (por momentos parece que no existe otra transición), subrayados varios y golpes de efecto poco o nada elaborados, el horroroso epílogo se propone provocar las carcajadas incluso de aquellos que habían seguido con interés la película.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *