Sitges 2016: Más allá del palmarés

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Creepy

Repasamos las películas no premiadas que más nos gustaron en Sitges.

Como todos los años, entre las películas más premiadas y las más promocionadas del festival podemos encontrar un puñado de magníficas propuestas que pasan desapercibidas para el gran público y no reciben la atención mediática que merecen. Algunas de ellas están firmadas por directores de prestigio, mientras que otras son obra de cineastas emergentes que están empezando a despuntar gracias a su talento. Hagamos un repaso por esas películas valiosas que merece la pena recomendar.

No pocas expectativas teníamos ante el visionado de Creepy (Kurîpî), film de un director que ha hecho de la elegancia y la sofisticación su sello de identidad: Kiyoshi Kurosawa. De ritmo pausado, pero intensa y siempre absorbente, la película se abre con una escena de tensión medidísima, angustiosa, que sienta las bases de la intriga policíaca que desarrollará a lo largo de sus más de dos horas de duración. Kurosawa utiliza los recursos formales del thriller moderno, deudor de Seven (David Fincher, 1995) y Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003), y le imprime su propio estilo, más siniestro, más perverso si cabe, con una cuidadísima puesta en escena que convierte cada escenario en un lugar incómodo, malsano, inhabitable. Asimismo, podemos percibir la influencia del Teorema de Pasolini (1968) en el desarrollo de la trama, un viaje al corazón del mal articulado en torno a un escalofriante personaje cuya influencia sobre la voluntad de los que lo rodean sobrepasa toda explicación racional. Creepy puede considerarse la evolución natural de anteriores thrillers de Kurosawa, con lo que está, por tanto, mucho más cerca de Cure (1997) que de Kairo (2001), y representa, en cualquier caso, una obra de madurez en la filmografía del director.

De Japón también, pero en un tono diametralmente opuesto, viene Terraformars, el último delirio del siempre creativo, y habitualmente genial, Takashi Miike. Basado en un manga reciente del mismo nombre, este despliegue de ciencia ficción a medio camino entre Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997) y Los cinco venenos (Chang Cheh, 1978) nos cuenta la historia de quince personas que, tras haber sido modificadas genéticamente, viajan a Marte en misión espacial de suma importancia con el objetivo de hacer frente a una comunidad de cucarachas humanoides que se ha hecho con el control del planeta. Esta disparatada premisa, que se nutre del espíritu de la más genuina serie B, sirve a Miike para ofrecer al espectador un desprejuiciado festival de acción, efectos especiales y humor absurdo; un cóctel explosivo que, tal como ocurriera el año pasado con Yakuza Apocalypse, provocará tanto entusiasmo entre los incondicionales del cineasta como rechazo entre sus detractores.

Seoul Station

Seoul Station

El coreano Yeon Sang-ho es, para quien esto escribe, la gran revelación de esta edición del festival. Ha logrado acaparar todas las miradas gracias a la película por la que le han concedido el premio a Mejor director, la extraordinaria Train to Busan, pero pocos saben que, en paralelo a aquella, Sang-ho estaba presentando un segundo largometraje en la sección oficial: Seoul Station, una obra de animación adulta, de excelente factura, que confirma el increíble potencial de este formato como vehículo del mejor cine de terror. Adscrita también al subgénero de los muertos vivientes, la película narra, a través de un puñado de personajes marginales y hundidos en la miseria, el comienzo de una epidemia zombie en los alrededores de la estación central de Seúl. Mucho más amarga y desesperanzadora que Train to Busan, Seoul Station incide en la vieja locución sobre la que se lleva sustentando el género desde, al menos, la seminal La noche de los muertos vivientes (1968) de George Romero: «Homo homini lupus». Y es que, efectivamente, en un estado de pánico y desesperación social como el que se plantea, el hombre debe preocuparse mucho antes de no ser traicionado por sus semejantes que de convertirse en pasto de los zombies. El tipo de dibujo, oscuro y sugerente, y la maestría con que administra la tensión narrativa, alcanzando picos de infarto en episodios como el de la comisaría o la huida a través del cable colgante, son las principales virtudes de una película que, probablemente, ha gozado de menor difusión y valoración que otras de menor calidad por el mero hecho de tratarse de cine animado. Desde aquí no queda otra opción que romper una lanza a su favor y recomendarla fervientemente.

La frenética y trepidante Hardcore Henry, de Ilya Naishuller, supuso una bocanada de aire fresco en el ecuador del festival. El film, concebido como si de un first person shooter (videojuego de disparos en primera persona) se tratara, muestra la acción exclusivamente a través del plano subjetivo, generando así la sensación de que el personaje que ha de abrirse paso entre enemigos para completar su misión es el propio espectador. No es que la traslación de la primera persona narrativa a la técnica cinematográfica sea, ni mucho menos, novedosa: ya en la época silente muchos directores, como Epstein o Murnau, utilizaron este recurso, y unos años después, en 1947, Robert Montgomery filmó casi en su totalidad el clásico de cine negro La dama del lago utilizando la cámara para representar la visión del protagonista. Pero los devaneos experimentales de aquellos directores tenían más que ver, por lo general, con la exploración de las posibilidades del lenguaje cinematográfico que con las necesidades expresivas de sus películas; en Hardcore Henry, sin embargo, existe una intención artística que justifica la subjetividad perceptiva para dar cohesión a forma y fondo en la propuesta. Así, desde que finalizan los maravillosos títulos de crédito iniciales tenemos la sensación de sumergirnos en un glorioso videojuego de ciencia ficción, acción y violencia a raudales cuya premisa consiste, básicamente, en sobrevivir a una peligrosa aventura desarrollada a lo largo y ancho de la ciudad de Moscú. Los nostálgicos del Doom o el Half Life se lo pasarán en grande durante su visionado.

Shin Godzilla

Shin Godzilla

Había ciertas reservas antes del pase de Shin Godzilla (Shin Gojira, de Hideaki Anno y Shinji Higuchi), la nueva entrega de la franquicia por excelencia del cine fantástico japonés, en general, y del Kaijū (o cine de monstruos), en particular, que hunde sus raíces en la fundacional e imprescindible Godzilla: Japón bajo el terror del monstruo que dirigiera Ishirô Honda en 1954. A priori, parecía difícil aportar ideas nuevas a un concepto que se ha reformulado en un sinfín de ocasiones a lo largo de las últimas décadas, pero lo cierto es que Shin Godzilla consiguió sorprendernos. La historia ya la conocemos: un monstruo con apariencia de lagarto gigante aparece en Tokio, sin explicación previa, arrasando la gran urbe y causando el caos a su paso. Sin embargo, esta nueva adaptación, que destaca por su enorme solvencia técnica y su ritmo apabullante, se distingue por poner el foco en la reacción social y política que genera la aparición del monstruo y analizar con particular inteligencia la respuesta del país del sol naciente a una situación de crisis extrema. ¿Qué hacer cuando todas las medidas para poner fin al desastre se frustran en su ejecución? ¿Cómo afrontar el hecho de que, a cada momento que pasa, la inmensa criatura muta a un nuevo estadio evolutivo más temible y poderoso que el anterior, hasta el punto de ser casi indestructible? Otro de los grandes aciertos, a este respecto, es el diseño retro del monstruo, que adquiere muy diferentes y singulares aspectos a lo largo del film. La figura de Godzilla, que nació como expresión del miedo nipón al peligro atómico tras la Segunda Guerra Mundial, demuestra, en conclusión, que no está constreñida a fenómenos históricos coyunturales. Su vigencia en pleno siglo XXI confirma su largo alcance y su capacidad para reinventarse en nuevos contextos y adquirir una dimensión simbólica diferente allá donde los temores latentes de nuestra sociedad permitan su encaje y representación.

El último sábado del festival, como todos los años, tuvo lugar la «sesión sorpresa» a la que los espectadores acuden sin saber a ciencia cierta lo que se va a proyectar. No obstante, los continuos rumores hablaban de una de las películas de ciencia ficción de la temporada y todo apuntaba, como finalmente se confirmó, a que la elegida sería La llegada (Arrival), la última obra firmada por una de las mayores promesas del panorama actual, Denis Villeneuve (director, entre otras, de las magníficas Enemy y Prisioneros, ambas de 2013). Lo cierto es que la acogida de crítica y público ha sido espectacular y, a estas alturas, ya han corrido ríos de tinta sobre ella. No es de extrañar, ya que el film plantea una idea enormemente estimulante sobre la naturaleza del lenguaje y el papel que desempeña en nuestra evolución como especie. Villeneuve conjuga con suma habilidad intimismo y grandilocuencia al enmarcar el drama familiar de la protagonista (una sensible y convincente Amy Adams) dentro de una historia de alcance global sobre la visita de unos extraterrestres a nuestro planeta. La estructura narrativa, si bien peca de cierto esquematismo que eclipsa puntualmente la originalidad de sus planteamientos, acierta en el modo de administrar la información sustancial y en más de una ocasión nos obliga a replantearnos, especialmente hacia el final del metraje, todo lo visto hasta el momento e, incluso, nuestra percepción de la realidad. A la luz del resultado, solo podemos alegrarnos de que Villeneuve sea el elegido para acometer la dificultosa empresa de dirigir la secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), que verá la luz, si todo va bien, a finales de 2017.

La llegada

La llegada

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