Críticas: La comuna

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Del amor al/en el colectivo.

1998. En este mismo año se estrenaban Celebración (Festen, Thomas Vinterberg), una reunión familiar que desencadenaba en las confesiones de un pasado turbio, y Los idiotas (Idioterne, Lars von Trier), en la que un grupo de jóvenes unidos por la estupidez montaban una suerte de comuna en la que trataban de vivir lo que podría ser una utopía marginal. Las dos películas inaugurales del Dogma 95, el movimiento cinematográfico de vanguardia de origen danés y fundado sobre 10 principios o normas conocidas como “voto de castidad”, que tenía como cierto objetivo una reelaboración del discurso cinematográfico a través de una peculiar radicalidad. Una radicalidad por la cual, tal vez, el movimiento acabó por caer en desuso, o perdió el interés.

Desde entonces la trayectoria de los dos directores daneses, Vinterberg y von Trier, fue evolucionando hacia una puesta en escena liberada del encorsetamiento del manifiesto para virar hacia una narración hasta cierto punto más convencional. Los caminos de ambos, de hecho, llegaron a cruzarse en Querida Wendy (Dear Wendy, 2004), un violento -y maltratado- drama de jóvenes dandies dirigido por Vinterberg y con guión de von Trier. Desde aquel momento Vinterberg comenzó a trabajar con guiones de Tobias Lindholm: Submarino (Submarino, 2010), La caza (Jagten, 2012)… y ahora La comuna (Kollektivet, 2016), unas películas que comparten el peso de una irritante mirada moralista que encuentra su máxima expresión en la tv movie camuflada A war (Krigen, 2016), dirigida por el propio Lindholm.

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Uno podría esperar que, aun con todo, y después del imponente melodrama Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd, Thomas Vinterberg, 2015) La comuna de Vinterberg, en la que un hombre hereda la casa de su difunto padre y monta en ella una comuna por voluntad expresa de su mujer, recogiera algo más que los ecos temáticos de las dos películas Dogma citadas al principio: la familia y el colectivo / la comuna. O quizás, incluso, confiarse a una mirada crítica de la historia, a través de esa ambientación a finales de los años 70, tras la guerra de Vietnam, teniendo en cuenta además que, al parecer, el propio Thomas Vinterberg se crió en una comuna por aquella época. Pero nada. No hay en La comuna ninguna exploración de las dinámicas grupales más allá de lo epidérmico; no hay ningún discurso crítico ni ninguna mirada nostálgica, solamente un triángulo de amor que tensa la convivencia del colectivo, un puñado de trampas en el guión persiguiendo la emoción del espectador y un buen número de historias -la mayoría de ellas apenas sin desarrollar- que parecen no saber encontrar nunca la conclusión en un tramo final saturado de fundidos a negro, en el que solo se espera que cada oscurecido sea el último.

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En un tono entre la comedia y el drama, como si no terminara de decidirse o no quisiera hacerlo, la película de Vinterberg se mueve por el convencionalismo más aséptico, sin arriesgar nada, y acaba por sentirse como algo anecdótico. La comuna, ese espacio tan lleno de posibilidades, parece devenir en un capricho, en el intercambiable telón de fondo de una película que habla sobre las dificultades del amor “al” y “en el” colectivo a la vez. Tremendamente significativo resulta el plano en el que los miembros de la comuna, constituida por una cuestión eminentemente económica (compartir los gastos del alquiler), se lanzan desnudos al mar para celebrar su bautismo como colectivo, en una imagen que rima con esa otra en la que, todos vestidos en el mismo escenario, asisten a un funeral. Nacimiento, vida y muerte; el proceso de un fenómeno colectivo sin apenas incidencia, en el que el foco se centra en unas relaciones afectivas que poco tienen que ver con la comuna.

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