Críticas: El tesoro

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En busca de lo valioso.

No es Corneliu Porumboiu un cineasta de convenciones. Tampoco se puede decir que siga la línea dramática de algunos de sus compatriotas, ni que maneje los mismos códigos que Cristi Puiu para acercarse a la comedia. Sin embargo, sí se puede decir que este director rumano es un hombre de convicciones, capaz de trascender estructuras prefijadas y arquetípicas a través de su estilo, de su forma de narrar y de la atención que presta a los detalles en la puesta en escena de sus películas. Aunque una de sus obsesiones es reflejar -al igual que el resto de componentes del nuevo cine rumano- la situación y las heridas sin cicatrizar de la Rumanía postcomunista, sus relatos tratan temas realmente universales, como lo son la ética y la moral en la estrecha relación que mantienen con la ley. Si bien esto último estaba mucho más presente en Policía, adjetivo que en El tesoro, no hay que negar su importancia en esta película, aunque su presencia sea mayoritariamente en forma de subtexto. Así, a partir de una búsqueda del tesoro algo absurda en su planteamiento y que sigue los cánones establecidos por este tipo de películas (es inevitable acordarse de la estupenda El tesoro de Sierra Madre), Porumboiu tiene el talento necesario para convertir su obra en una, si no radical, por lo menos fresca y alejada de todos sus referentes argumentales.

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Con una parte inicial en la que predominan los espacios cerrados y dominados por tonos apropiadamente apagados, con una paleta cromática en la que destacan los azules y blancos grisáceos, se nos presenta la vida de Costi, un joven padre de familia de Bucarest al que le gusta leerle a su hijo las aventuras de Robin Hood cada noche. Un día, su vecino le pide dinero para alquilar un detector de metales, con el que pretende desenterrar un tesoro que escondió su bisabuelo en el jardín familiar para que los comunistas no se lo arrebataran. En cuanto éste le ofrece la mitad de la recompensa si se encarga de pagar el alquiler del detector, Costi no duda un solo instante y hace lo posible por reunir el dinero necesario para ello. Antes de continuar con el proceso, conviene remarcar una traba inesperada con la que se encuentra la pareja de cazatesoros. Todo aquello que encuentran, tendrá que ser entregado a la policía para que se evalúe si se trata o no de patrimonio histórico, entrando dentro de esta consideración cualquier objeto anterior al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Hasta en los lugares más insospechados, la burocracia hace acto de presencia, remarcando así las consecuencias del conflicto interno sufrido por Rumanía y por sus habitantes durante tanto tiempo. También entra en juego la cuestión de la ley y la moral desde el principio, pues, aun siendo conscientes de lo que deben hacer una vez finalicen su búsqueda, deciden contratar los servicios de un trabajador que les rebaja el precio y que está dispuesto a saltarse la legalidad, obviando la obligación de declarar el tesoro.

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Poco tardará el cineasta en subvertir las expectativas de quien espere una búsqueda del tesoro tradicional, pues el tramo central de la cinta, en el que se efectúa el rastreo del jardín en busca de metales, es más un acto de coherencia estilística que uno de coherencia argumental (en este caso lo es de ambos, pues, como ya saben, forma y fondo deben ir de la mano). En esta parte de la película, Porumboiu prueba a jugar con el espectador, transmitiendo el sinsentido de la búsqueda y alargando los planos para sacarle partido a los elementos cómicos que se inventa sobre la marcha. La máquina encargada de detectar los metales, emite un número de pitidos distinto dependiendo de si el metal encontrado es ferroso o no ferroso, y el director aprovecha su uso para hacernos reír, a la misma vez que desentierra -literal y metafóricamente- el pasado de los personajes y su sentimiento. Sin traicionar en ningún momento su marcada propuesta estética, El tesoro se construye como una improbable comedia que vertebra un discurso claro detrás de una aparente capa de superficialidad. Pero la realidad es que en este film no encontramos nada superfluo; todas las decisiones están tomadas con criterio y siguiendo unos preceptos inamovibles. Y después de tan ansiado procedimiento, cuya conclusión no desvelaremos, encontramos la valía de las cosas pequeñas y del propio cine, la belleza y la magia de una búsqueda marcada por la convicción de los personajes en la ficción, y del director por encima de ésta. Aunque no llega al nivel de genialidad de Policía, adjetivo, el nuevo trabajo del director merece ser apreciado, conservado y revisitado, pues cuenta con uno de los finales más especiales del año.

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