Críticas: Los exámenes

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La corrupción que hay en un llanto.

El error no es muy grande cuando se categoriza toda película como “de guion” o “de puesta en escena”. Para ello, debe asumirse que esta clasificación, que contiene a estos dos conceptos en cada extremo, alberga entremedias un número infinito de grados, en función del peso relativo que tenga cada uno de estos dos conceptos en el film en cuestión. Puede tratarse de un ejercicio experimental de forma, de esos que se olvidan de contar una historia, o puede tratarse de uno de esos casos en los que la narración concentra todo su interés en el desarrollo de las tramas, los subtextos y/o los personajes, y que usa la puesta en escena como un apoyo imprescindible –pues hay una serie de imágenes que deben ser rodadas– pero meramente funcional. Entre estas dos propuestas, un sinfín de posibilidades, en las que no hay normas escritas que predefinan el camino a seguir, por lo que ninguna obra queda excluida de este intento por poner orden a un arte. Y, si se le otorga validez a dicha clasificación, parece claro que Los exámenes (Bacalaureat, 2016) pertenece al segundo grupo.

La nueva cinta del director rumano Cristian Mungiu –4 meses, 3 semanas, 2 días (2007); Más allá de las colinas (2012)– rebaja la presencia de su discurso formal para darle mayor espacio a la conjunción de tramas que recorren Los exámenes. Realizador puntero de su país, probablemente el buque insignia de la que se ha denominado “nueva ola del cine rumano”, su cine destacaba en sus anteriores proyectos por una puesta en escena mucho más marcada. No se trataba simplemente al hecho de que limitaba el lenguaje audiovisual al uso de planos secuencia, sino que la propia composición del plano destacaba por la posición de los actores en el plano, los movimientos que estos realizaban sobre el mismo, y por el importante uso del fuera y dentro de campo. A su vez, especialmente en el caso de 4 meses, 3 semanas y 2 días, su cine se empapaba de la esencia canónica del plano secuencia –capturar el tiempo– para conseguir que su cine se acercara a la narración en tiempo real, es decir, como si las elipsis, presentes, no existieran –una situación que directamente simulaba en el film citado–.

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Todos estos aspectos reducen su presencia en favor de un mayor peso de la trama. No se trata de un paso a un segundo plano; es decir, no es que la puesta en escena esté igual de elaborada pero llame menos la atención, sino que, simplemente, adquiere cierto grado de funcionalidad. Mungiu toma un camino diferente al del David Fincher más clásico, el de Perdida (2014) o La red social (2010), que seguía basando su discurso en la puesta en escena, pero a través de un lenguaje totalmente insertado en los engranajes del cine comercial. Una decisión que provoca que algunas de sus películas parezcan, y sólo parezcan, menos personales que otras en las que desata su poderío visual y su filia por lo pirotécnico. Este no es el caso del director rumano, que mantiene sus constantes formales, pero les presta menor atención, las trabaja menos. Sin embargo, en este sentido, podría parecer que Mungiu ha cambiado menos su estilo que Fincher cuando pasó de hacer algo tan llamativo como El club de la lucha (1999) a realizar algo tan aparentemente convencional como La habitación del pánico (2002). Pero, si de enfoque se trata, lo cierto es que Fincher siempre mantiene la puesta en escena como verdadero interés, por muy presente que esté el guion, pues es la ideología de sus imágenes o el uso de los diferentes elementos formales lo que siempre le ha interesado más. En Los exámenes, el interés de Mungiu se centra en el fondo, en un guion que radiografía desde diferentes puntos de vista de la sociedad de su país, y más concretamente los estamentos públicos.

El título hace referencia a la serie de pruebas que la hija del protagonista debe realizar para acceder a la universidad. Antes de los mismos, la joven sufre un intento de violación, tras la que ve mermadas sus capacidades mentales y físicas para encarar dichos exámenes. En juego está una beca para salir al extranjero a estudiar, lo que es una oportunidad demasiado preciada como para dejarla pasar. A partir de ahí se desencadena una serie de tejemanejes y chanchullos por parte del padre, un hombre hasta entonces noble, que hará todo lo que esté en su mano por evitar que su hija pierda el único tren del que dispondrá para iniciar una vida nueva, más esperanzadora que la que podría tener si se quedase en Rumanía. Con esta propuesta, Cristian Mungiu, que también escribe el guion, quiere hablar de la situación actual en su país, que nunca termina de mejorar. Esto se observa en las diferentes generaciones de esta familia, desde una abuela que asumió lo que le tocó vivir, a unos padres que fracasaron a la hora de intentar cambiar el país desde dentro, y llegando hasta una hija cuya única esperanza, una vez visto el fracaso de sus padres, está en el extranjero. Esta es la línea basal sobre la que se articula el discurso de fondo, pero el interés real de Mungiu es el análisis de los diferentes servicios públicos de su país. El autor expone cómo la corrupción convive con la legalidad en una relación de iguales. Vive escondida, pero es accesible, y sólo es cuestión de buscarla para encontrarla.

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Sanidad, educación, policía, gobierno, en cualquier vía hay corrupción, y en toda situación hay una contraprestación entre quien infringe y quien controla. Los exámenes de los que habla el título son un McGuffin a través del que exponer las miserias de un país que aspira a crecer en bienestar y condiciones pero que sigue con los pies metidos en el fango. A este respecto, la película se divide en dos mitades bien diferenciadas: la gestación del engaño y la puesta en marcha del mismo. Dos partes que divergen no sólo en temática sino en ejecución. La primera peca de expositiva, y en ella la trama, la capa más superficial del guion, está presente hasta lo abusivo. La primera hora de metraje es un lugar común sobre ese cine social que se ampara en las buenas intenciones para narrar actos de dudosa moralidad. La segunda parte, en cambio, sorprende por lo diferente que resulta, lo que supone todo un alivio para aquel espectador que ya empiece a estar cargado de una narración hasta entonces tan carente de interés. Esta segunda mitad destaca por la cantidad de matices que presenta, pues todo lo que se ha presentado en un principio de manera tan lineal comienza a torcerse y a entremezclarse. Las corruptelas se solapan y se invaden las unas a las otras, nada sale como el protagonista desea y la resolución desconcierta por sencilla, lo que pone en duda la necesidad de todo lo anteriormente expuesto, a la vez que pone en se interroga a sí misma sobre la manipulación/corrupción presente en las interacciones sociales. Sin que esto se deba interpretar como una defensa de su país, lo cierto es que Mungiu descoloca con una resolución que no da al público prototípico del cine social lo que este desea: no hay respuestas, sólo preguntas. Pocas, insuficientes para todo el tiempo invertido, pero la última escena, en sí, vapulea a cualquier propuesta social que se confecciona pensando en la audiencia occidental de clase media –sin ir más lejos, Yo, Daniel Blake (2016)–. Sin embargo, no parece un resultado suficiente para una propuesta que descuida el lado formal y cuyo fondo no termina de cuajar.

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