Críticas: La Pols

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La Pols Stillframe 3

Apología del (re)sentimiento.

“Esta es la historia de un hombre marcado por una imagen de su infancia”. Con esta contundente sentencia arrancaba La jetée (Chris Marker, 1962), con un hombre marcado por una imagen de muerte. En el extremo opuesto se encuentra el planteamiento de La Pols, que comienza con Jacob (Guillem Motos), un hombre incapaz de recordar la muerte de su padre.

Completan el triángulo de protagonistas su hermana Ruth (Laura López, premio a la mejor actriz en el festival de Málaga) y la novia de su hermano, Alba (Marta Aran) y, de manera coral, llevan todo el peso de un drama que encuentra en su centro algo tan crucial como la reivindicación de los sentimientos verdaderos. “Tenemos que volver a sentir. Tenemos que volver a sentir. Tenemos que volver a sentir” se repite Ruth (Laura López), en el que muy probablemente será el mejor monólogo -y uno de los mejores momentos- del cine de este año. Desde la tristeza, desde la pasión o incluso desde la rabia -a veces más propia de un niño pequeño- operan los personajes de La Pols, en defensa de la autenticidad de las emociones en una sociedad gobernada por las apariencias.

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Llàtzer Garcia cambia el rol de dramaturgo por el de director de cine y traslada así a la pantalla su exitosa obra teatral de mismo nombre: La Pols. Y lo hace manteniendo al equipo, como tratando de preservar la fuerza y la energía de la pieza original. Tres actores, un espacio principal y un potentísimo texto dramático son los puntos fuertes de una obra en la que el peso de la palabra sitúa muchas veces lo verbal en primer plano.

Y, sin embargo, uno también encuentra gestos: pequeños gestos que solo se amplían en el cine, como esa pared que rasca distraída Ruth (Laura López), o como esa pelotita que lanza contra la pared una y otra vez el personaje de Jacob, en un gesto que podría rimar con el del Steve Mcqueen de La gran evasión (The great Escape, John Sturges, 1963), permitiendo vincular el encierro emocional de uno con el encierro físico del otro.

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La idea de la cárcel también está presente en La Pols en ese piso convertido en espacio nuclear, al que la fotografía de Paco Amate, en clave oscura y tonos marrones, otorga una atmósfera viciada y opresiva, en unas tinieblas permanentes. Una propuesta tan arriesgada como ilustrativa de ese piso del que literalmente sale corriendo Jacob, o del que parece querer escapar Ruth también en cada una de esas carreras en las que se entrena, en cada una de esas huidas hacia ninguna parte.

El espacio físico, crispado, el de la apariencia y la mostración se convierte en el reverso del espacio interior, oculto, el de los sueños, al parecer el único lugar no colonizado por la hipocresía de la sociedad, o el único lugar en el que poder experimentar sentimientos auténticos. El paso de un espacio al otro es por el que pelea la película de Llàtzer Garcia, que no renuncia a sus orígenes teatrales ni cede en su exigencia: Hay que volver a sentir.

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