Críticas: Dead Slow Ahead

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El paisaje industrial como deriva interior.

Lo más habitual en el cine documental es que las personas responsables del mismo partan de un tema concreto y lo desarrollen, buscando para ello testimonios que corroboren su teoría. En muchos casos, el esquema narrativo ya está escrito y sólo hace falta salir y filmarlo. También es habitual no tener clara cuál será la evolución de la historia, pero sí cuál será el tema sobre el que girará la película. En todos estos casos, lo habitual es que el peso de la obra resida en el guion, y es que el documental, entre otras cosas, suele caracterizarse por narrar historias más grandes, más inauditas o más indignantes que la vida. Dead slow ahead (2015) se aleja de todos estos lugares comunes del cine documental. La opera prima de Mauro Herce parte de una idea más bien difusa –filmar un carguero industrial y convertir sus imágenes en una suerte de ciencia ficción existencialista- y prescinde de guion, de desarrollo de historias o personajes, de declaraciones a cámara de los tripulantes de este navío, y, lo más importantes, sitúa el peso de su cinta en el poder sugestivo de sus imágenes. Gracias a esta decisión es posible que la película sólo se haga efectiva en la sala de montaje, en la que se da verdadera forma a todo el material filmado.

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El director español juega con los límites entre realidad y ficción. Hablar de pura ficción y de pura realidad parece ya una barrera superada. En toda ficción hay una realidad inherente, como es el hecho de que eso que se ve ha sido filmado, y por tanto, aunque teatralización, es verdad; del mismo modo, en toda realidad hay una parte de ficción, ya sea por la puesta en escena, por la aparente espontaneidad con la que algunos sucesos tienen lugar ante la cámara o por la mera existencia de un guion, que no es otra cosa que una limitación de la realidad. Sin embargo, hay que reseñar las dosis de ficción presentes en la realidad de Dead slow ahead. La cinta presenta una serie de planos, fijos en su mayoría, que destacan por su estudiadísima puesta en escena y su cuidada fotografía. Nada de esto es casual, y nada de esto atiende a la decisión efectista de aportar a la película un aura de poética vacía. Más bien al contrario, las imágenes de Mauro Herce están cargadas de simbolismo y transforman la realidad más anticlimática en atmósferas opresivas que aspiran a la irrealidad. El realizador se limita a filmar diferentes partes del barco en diferentes momentos, y no se ve nada más interesante que a operarios trabajando, transportando gravilla, limpiando containers o desconectando de su labor en un karaoke de la propia embarcación. Nada podría ser más real, y sin embargo ninguna imagen parece serlo.

La clave, por tanto, reside en la capacidad de Herce para captar lo onírico en la realidad más palpable. Sólo así es posible que este conjunto de instantes de realidad se conviertan en un collage del desconcierto. El barco es retratado como una auténtica nave fantasma, que por momentos parece un transbordador espacial recorriendo mundos que nada tienen que ver con el nuestro. El autor le saca todo el jugo a los ambientes portuarios, a los paisajes industriales, a la noche y al óxido, con los que la sensación de decadencia, de deriva emocional, es todavía mayor. Sobrevolando las imágenes, una banda sonora de ambiente que saca partido a las repeticiones de sonidos de máquinas, a los ruidos sordos metálicos, a los gritos ahogados de sus engranajes. El responsable es José Manuel Berenguer, que capta los matices de las imágenes y se deja seducir por su potencia visual para componer una sinfonía de la alienación industrial.

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A ello se suman los integrantes del navío, en su mayoría filipinos, que viven desconectados de la realidad, hasta el punto de que la parte de ficción que retrata la película quizás no lo sea tanto. Nada de lo poco que dicen es importante, pero sí es muy elocuente observar cómo se produce, como así hace el realizador. Conversaciones telefónicas anodinas, inconexas, carentes de verdadera interacción, describen a personas casi pertenecientes a otro mundo, o a ninguno. Individuos alienados por este barco fantasma que los absorbe y posee hasta deshumanizarlos. Al igual que en la película de terror Ghost ship (2002), en la que las personas que subían a dicha embarcación estaban condenadas a morir en el mismo y a permanecer ahí hasta la eternidad, Dead slow ahead viene a sugerir algo similar, pero con mayor capacidad para generar angustia y sin derramar una gota de sangre.

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