Críticas: Elle

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Elle (Paul Verhoeven) - Isabelle Huppert, portada

El indiscreto encanto de la burguesía.

¿Cómo adentrarse a plasmar una violación dentro de una ficción y película? ¿Es posible no generar un debate en tiempos en los que todo ha de ser tan invisible como políticamente correcto? Paul Verhoeven siempre ha tratado a sus personajes como objetos, desabrigándolos de sus conflictos más emocionales para guiarlos a través de necesidades básicas sin importar el efectismo que retrate las mismas. Desde la lujuria al deseo pasando por la venganza, la búsqueda de la identidad (o realidad) o la simple supervivencia en los claroscuros de un idealizado mundo que no es tal. El director neerlandés era conocedor que tal acercamiento a un asalto sexual, desde el anterior prisma, pudiera ser considerado tan superficial como banalizar un tema tan delicado para sociedad actual como la violencia de género. Pero, no obstante, Elle decide inocular un concepto netamente cinematográfico a través de la propia e implícita oscuridad de la sala de cine y dejar al otro lado de la pantalla la asimilación de esos ruidos que nos introducen y asientan la premisa. La mirada se reproduce sobre la de un gato, contraponiendo al espectador a los ojos de ese felino que acaban siendo los nuestros. Vivimos impasibles y expectantes, desde nuestra presunción y posicionamiento en la butaca, la cruda violación que sufre la protagonista por parte de un desconocido enmascarado. ¿Se trata de una burla y crítica respecto a esa domesticada sociedad inerte y pasiva cuya única funcionalidad es simplemente observar sin que pueda alterar la desagradable escena? Una vez que el espantoso acto finaliza, Michèle Leblanc (Isabelle Huppert) se recompone de sus cenizas y toma el control absoluto tal y como remarca el conflicto de su personaje: ella decide en todo momento quiénes pueden encontrarse a su alrededor y qué tipo de relación son capaces de establecer. Como un colosal agujero negro, Michèle atrae a cualquier elemento a su potente disco de acreción y lo moldea a sus intereses o, simplemente, lo absorbe y destruye si lo cree conveniente en ese olvido interior del que no puede escapar nada ni nadie. Incluido nosotros. La frialdad del personaje se corresponde con una asociación a través de Huppert y el consecuente baño del ‘pecado’ tras la violación, en el que la sangre a través del sexo, hace acto de presencia para enlazar con Erika Kohut de La pianista de Michael Haneke. Esa comunicación sirve al propio Verhoeven como una declaración de intenciones para que su heroína decida seguir con su vida sin ignorar el ataque del que fue víctima pero, por contrario, sin permitir a ese instante que tome el control sobre su vida. Mientras que Erika se perdía en su propia represión sexual y autodestrucción, Michèle exterioriza sus emociones a través de una durísima, mordaz y seca sinceridad, tan cruel y afilada como un arma arrojadiza. Pero, sin embargo, sigue manteniendo sus propios secretos que impiden que pueda liberarse. Y el asalto sexual se convierte en uno nuevo con el que comenzará a desenterrar el resto. Es hora de renacer y encarar otro nuevo peligro.

Elle (Paul Verhoeven) - Isabelle Huppert, gato

Elle no desea ser una revisión bastarda de un planteamiento del autor de joyas como La cinta blanca o Amor sino que el director de Desafío total o Showgirls es conocedor de cómo saltar sin red para entablar un diálogo entre un thriller prototípico como eje primordial de una comedia ácida y muy negra sobre la sociedad contemporánea y las necesidades un tanto pervertidas, masoquistas y depravadas de la burguesía. El film bebe de referencias ilustres como de algunos aspectos de la filmografía de Claude Chabrol e incluso de Buñuel para retratar de un modo cínico y satírico esos indiscretos encantos de la opulencia que estigmatiza la sociedad actual más hedonista y despreocupada. ¿Nos cuenta acaso Verhoeven que nos hemos hartado del sexo ‘normal’ y, tras haber asimilado el mismo, estamos condenados a la ambigüedad e indagar en su lado oscuro autodestructivo? El film admite una retorcida visión respecto a una estructura clásica alrededor de una historia de venganza como una lectura sobre el precio de vivir rodeada de monstruos con distintas y variopintas caras y en aquello en lo que hay que transformarse para sobrevivir. Michèle decide actuar y no denunciar el acto, mezclando de nuevo la peliaguda controversia de no convertirse en esa víctima que la sociedad decreta cuando la policía hace acto de presencia y sella una denuncia. Ella reniega en todo momento de seguir un guion coherente y predefinido, ya que apartaría al personaje de ese control absoluto que desea y que obtiene habitualmente a través de su propia sexualidad. Ese arriesgado elemento personal sirve al cineasta para narrar la crónica de una heroína que se dispone y se prepara para un nuevo encuentro con su violador, comprando espray de gas lacrimógeno, un hacha e incluso aprendiendo a disparar un arma de fuego. Su investigación es, de nuevo, propia e intransferible, enlazando con su propio discurso que permite al personaje resolver sus propios problemas alrededor de su vida sin que desee marcar un ejemplo al otro lado de la pantalla. Ella es… ella. Siguiendo el camino del género, Elle se ciñe a la presentación de varios sospechosos mientras que Michèle flirtea con variopintas fantasías que van desde la idea de haber asesinado a su atacante en la agresión inicial hasta una vuelta de tuerca sorprendente —e incluso cómica— para arrastrar al espectador a un torbellino de polémica y trasgresión ideológica. Tal vez, aquello que desea plasmar Verhoeven es que la violación va a ser trivializada por una sociedad que ha vulgarizado y simplificado todo a niveles del absurdo y, sobre tal dinámica, la cinta introduce ciertos aspectos psicológicos, sociales y familiares con los que recrear un gran todo alrededor de esa absorbente oscuridad bajo un tono de pretendida comedia.

Elle (Paul Verhoeven) - Isabelle Huppert

A medida que avanza el metraje vamos descubriendo quién es realmente Michèle Leblanc y continuamos añadiendo información respecto a los círculos que componen su existencia. Desde la familia a amigos íntimos, vecinos o subordinados de su trabajo, el personaje va estrechando el cerco a su investigación revelando el poder y magnetismo de una poderosa moraleja: ten cuidado con lo que deseas. Y, en cierto modo, el deseo se entromete en la narración como núcleo fundamental de los conflictos de los personajes, expectantes de encontrar a otra persona que los complemente y les permita seguir adelante. El libreto de David Birke, adaptando la novela de Philippe Djian, nos ofrece un catálogo de seres imperfectos y humanos, que cometen equivocaciones en las que no existe un lugar de retorno. Y nadie está libre de pecado salvo del único personaje que rinde cuentas a Dios y que arrastra su propia penitencia. Desde esa imposibilidad de regresar a un tiempo anterior se articula una historia en la que todos acaban siendo víctimas del propio sarcasmo e ironía de la vida, sin poder evadirse de la propia telaraña que han construido a su alrededor. Verhoeven nunca había alcanzado una elegancia tan sobrenatural al controlar los tiempos y equilibrar la comedia ácida y un thriller social y familiar, tan penetrante como el filo de un incisivo bisturí. La propuesta se recrea, además, en la monumental interpretación de Huppert y los matices que consigue ejecutar con un material tan complicado, como la evolución de una violación a una medida y depravada fantasía sexual. También existe otra lectura sobre la posibilidad de que la tragedia (e incluso cometer o presenciar un crimen iniciático) desprende al individuo de cualquier halo inmaduro y lo integra en ese mundo ambiguo. Esas maniobras controvertidas se amoldan a la perfección al introducirnos, como un minino en casa de su nuevo dueño, en ese universo en el que los videojuegos han de ser los más violentos y sexuales posibles. Vivimos en tiempos en los que las personas de un día a otro pueden cometer las mayores y más sangrientas matanzas de un país o en los que nos convertimos constantemente en víctimas de nuestros propios deseos (y los de otros). La hipocresía de la propia burguesía se trasladada a Michèle Leblanc y esa bisagra y contraposición que ofrece un acto del pasado que rompió el matrimonio y del que se arrepiente su ex esposo, con el que sigue mantenido una interesada relación de amistad, y ese asaltante y violador que acosa a la protagonista. Tal sentido de la venganza en ambos casos admite todo tipo de interpretaciones estableciendo el control como constante, como si el personaje interpretado por Huppert tratara a todos a su alrededor como simples juguetes con los que se ve incapaz de establecer palpables lazos emocionales y a los que nunca pedirá perdón, incluso por sus propias equivocaciones.

Elle (Paul Verhoeven) - Isabelle Huppert, Laurent Lafitte

Los fuegos artificiales tampoco se hacen esperar ya que el discurso se adentra en la propia controversia que genera el relato. ¿El control de la violación supondrá el final de la sumisión y la misoginia? En realidad, Elle traslada distintos matices de los personajes femeninos para hacerse con el dominio de los hombres a su alrededor. Tal acto, permite al autor para modular una visión acerca del feminismo y la feminidad. La pregunta para trazar una lectura satisfactoria de tan perturbadora y fascinante película debería ser si las propias víctimas asimilan su condición por imposición de la sociedad y quedan recluidas en tal estado de aprensión y eterno terror en su interior, marcadas sin la posibilidad de controlar la situación y su propia supervivencia. La historia de Michèle Leblanc parte de un macabro y sangriento suceso de su infancia que condenó al personaje a vestirse con la piel de un mártir como escudo ante un convulsionado país que pensó que era cómplice de un monstruo. La víctima fue confundida como responsable y ese elemento es primordial para cuestionar a la propia sociedad y su percepción inquisidora. Esa protección conllevó tanto un fortalecimiento de su alma y carácter como una evolución a transformarse en una persona que fue perdiendo el miedo a todas las pesadillas alrededor de su vida, constituyendo el control como foco y centro primordial de un hábil tratamiento de choque existencial. Se trata de un choque que desea trasladar a todas las personas cercanas a su alrededor. La asimilación de esa figura maternal que representa su mejor amiga, interpretada por Anne Consigny, nos lleva a plantearnos también que el personaje principal se rodea de otras personas que la complementan y aportan unos sentimientos que fue perdiendo en su complicado crecimiento y evolución. Desprenderse de la humanidad es el precio para sobrevivir en un mundo de monstruos, parece decirnos la cinta. Y es que el enfoque psicológico se apodera en todo momento de esa pantalla en la que observamos como nuestra mirada felina se transformar en una visión censora, trasladando esos conflictos repletos de tormento y angustia a nuestra propia incomodidad frente al relato. Posiblemente queramos alzar la voz pero, en ese preciso momento, nos daremos cuenta que estamos en manos de Michèle Leblanc. Ya solo somos títeres de ella, estamos en manos de Elle.

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