Críticas: Ben-Hur

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Si yo solo quería ver El principito

El título de esta sección, La película de la semana, es maximalista y en bastantes casos engañoso. Como siempre escribo en primera persona, les contaría que la elegante, sutil, emotiva y compleja Carol no solo es mi película favorita de la semana, sino de los últimos tiempos. Pero me gusta escribir en caliente de lo que he visto (disfruté inmensamente de ella en Cannes, pero de eso hace nueve meses) y la despreciable política de algunas distribuidoras hacia sus mejores criaturas por parte de cantamañanas convencidos patéticamente de que son muy cools, haciendo únicos o imposibles pases de prensa para la gente que tenemos la obligación, el placer o el disgusto de hablar de sus películas, me impide describirles lo que sentí con Carol.

Extracto de la crítica de Carlos Boyero dedicada a El Renacido

Como este septiembre cumplo un año cubriendo pases de prensa, me he venido arriba y he decidido citar al crítico más mediático de la prensa española, el todopoderoso Carlos Boyero. Como me he venido arriba y me he empapado de su estilo, también escribiré este texto en primera persona del singular y en presente de indicativo. Como estoy en lo más alto de la cima, me concederé el lujo –y usted agradecerá que lo haga– de emular al maestro y empezar esta disertación hablando de la película que no pude ver en el pase de prensa. El pasado jueves tocaba asistir a los Cines Renoir Princesa de Madrid a comulgar con el cine de animación. En una de sus salas se proyectaba El Principito (2016), la nueva película de Mark Osborne, responsable de, entre otras, la primera de la saga Kung Fu Panda (2008-). Lo que no era sino una jornada más en la sacra rutina del crítico de cine se convirtió en un cúmulo de despistes que dieron lugar al fatídico equívoco.

Yo soy de esas personas que se obsesiona tanto con llegar tarde, que lo más habitual es que aparezca en los sitios antes de tiempo. No fue esta vez una de esas, por lo que hice un Jaime Lorite –el mejor crítico de cine del que nunca has oído hablar– y aparecí sudado y con cara de velocidad en el hall del cine pasadas las 10:00, supuesta hora de inicio del pase de prensa. Disimulando el estrés, me situé en la cola que se había formado y esperé a que fuera mi turno de pasar lista; una lista en la que no estaba. Ninguna novedad. ¿Quién sospecharía que se ha equivocado de pase de prensa al no aparecer en la lista de acreditados de una distribuidora? No me podía tomar el incidente como otra cosa que no fuera el pan de cada día, y accedí a la sala, a la 9, a la de siempre. Nada nuevo bajo el castigador sol de septiembre.

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Habría que admitir que las cosas empezaron a dejar de parecer normales al aproximarme a la sala, pero son de esas situaciones que parecen más extravagantes que imposibles. ¿Paramount como distribuidora de esta pequeña película de animación? Puede ser. ¿Un guardia de seguridad custodiando la entrada? Quizás había sospechas fundadas de una probable grabación pirata que se realizaría en medio de la proyección. ¿Una sala a rebosar de gente para ver una cinta de animación que no sea Pixar? Inescrutables son los caminos del Señor de la Cinefilia. ¿Unas monjas asistiendo a un pase de prensa? ¿Quién soy yo para juzgar las formas en que la devoción se expresa?

Tengo que admitir que algo en mi sien me pinzaba a ritmo de “estás en el lugar equivocado”, pero, como ciudadano de bien, opto por la siempre razonable y útil actitud de no hacer nada y pasar lo más desapercibido posible, dejando que el destino me ofrezca su jugoso menú del día. Las luces se apagan y, de golpe, sin cabeceras de productoras o distribuidoras, comienza la proyección. Jack Reacher 2. BOOM. La primera reacción es pensar que se ha colado un tráiler, pero la dinámica no se corresponde: no aparece la hiperelipsis típica de este pequeño formato, y, aunque comienzan con esa misma escena de la cafetería con la que el fragmento publicitario arranca, algo me dice que se trata de la película íntegra. La segunda opción es pensar que es la prueba de imagen y sonido que un proyeccionista rezagado está haciendo en horas de proyectar la película en sí. La hipotética prueba se alarga más allá de la escena de la cafetería y pasa a la siguiente. Se observa cierta inquietud entre el público, lo que refuerza mi idea de que, en efecto, estamos todos aquí dispuestos a ver El Principito y nos han colado material promocional de mala manera.

La proyección se corta de repente. Fundido a negro. Comienza otra. “Por fin, El Principito”, resuena en mi ingenua mente, con acompañamiento musical de Chanson Française. A la Paramount se le suma la MGM como productoras. Mi confianza muta en flan de huevo. Créditos solemnes dan paso a una serie de frenéticas imágenes de época que desembocan en un primer plano de un Morgan Freeman tremendamente preocupado. Ben-Hur. BOOOOOOOM. Entre el desasosiego por temerme lo peor y la última esperanza de que se trate de otra broma en forma de pseudo-tráiler, mis ojos alternan mi alrededor con la pantalla en busca de una pizca de esperanza. Los minutos caen como losas, hasta que debo asumir que, en efecto, nadie me va a salvar de tragarme Ben-Hur, la que probablemente sea la película de este año –de esta década– que menos me apetecía ver. BOOM sobre BOOM. El horror.

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Si todavía sigues por aquí, probablemente te estarás preguntando por qué después de casi 800 palabras todavía no he empezado a analizar la película en sí. No te dejes engañar: lo fácil sería no considerar esta una crítica. Lo evidente sería señalar que no ha habido un solo argumento que justifique una opinión previamente expresada. Ante esto, una pregunta: ¿hay algo que decir sobre el remake más innecesario de la Historia, en buena parte por estar rodado por un autor sin el menor atisbo de personalidad? Que el silencio se convierta en la mayor expresión de las virtudes de esta cinta. Que el silencio sea la enumeración de los motivos por los que acudir en masa a deleitarse ante este espectáculo visual. Que el silencio represente el ingenio formal de esta pieza, y su capacidad para esquivar el lugar común en su tejido de forma y fondo. Créeme, te estoy haciendo un favor; hablar de cómo no pude ver El Principito es un material infinitamente más interesante que cualquier reflexión en torno a Ben-Hur.

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