Críticas: Café Society

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De todos los clubs de todas las ciudades del mundo, tuvo que entrar en el mío.

Una de las frases que más se repiten en la promoción de la nueva película de Woody Allen, Café Society, la pronuncia Paul Schneider a modo casi de sentencia: “El amor no correspondido causa más muertes al año que la tuberculosis”. No. El amor no correspondido no mata a nadie. Solamente una parte importante de dentro de alguien enamorado se rompe cuando cree haber encontrado a la persona con la que querer compartir el resto de su vida; a la única persona en la que piensa constantemente; a esa alma gemela con la que compartir confidencias, aventuras y proyecto de vida…Algo dentro de quien cree haber encontrado al amor de su vida se rompe cuando éste le rechaza. Más aún si el o la rechazante en cuestión también siente lo mismo por la persona rechazada y son otros motivos vacuos, prácticos e incluso irracionales que nada tienen que ver con el amor los que le llevan a rechazar una muy probable felicidad al lado de la persona idónea.

No hay muerte física por un amor no correspondido pero sí una pequeña parte muere anímicamente. Y es esta enorme grieta emocional la que, artísticamente hablando, se aprovecha al máximo para crear situaciones y personajes cargados de matices para hacer de su tragedia la comedia para otros. La tragicomedia del amor, la comedia cínica sobre el desamor de la que Woody Allen lleva 46 películas haciendo la base de sus historias.

Como Rick Blaine, paradigma del rechazado, Bobby Dorfman ligeramente encorvado y enfundado en su chaqueta blanca, ve cómo la mujer que le rechazó cruza el umbral de su club del brazo de otro hombre. Como Rick, Bobby contempla cómo el amor de su vida vuelve para recordarle que “la vida es una comedia escrita por un sádico”, ya se ambiente en Casablanca o en Nueva York.

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Si hace unos meses se estrenaba en el Festival de Berlín la nueva comedia de los hermanos Coen, ¡Ave, César!, que se introducía en los entresijos del Hollywood dorado, ahora le toca el turno a la cita anual del neoyorquino quien realiza su propio homenaje al cine clásico, no solo con la clarísima referencia a Casablanca, sino metiéndose también en las entrañas de los grandes estudios hollywoodienses. Allen no abandona, como no podía ser de otra manera, sus temas recurrentes (el desamor, la infidelidad, el sexo, la religión,…) pero sí de alguna manera se aleja de esa chispa con la que habitualmente consigue sacar una carcajada de las situaciones más humillantes. Salvo los pasajes en los que la religión toma el papel protagonista (impagables las disertaciones sobre las prostitutas judías o sobre la necesidad de cambiar de religión para poder acceder a una vida tras la muerte), Café Society se mueve entre la nostalgia, la melancolía y la conformidad de sus personajes. Conformidad que se extrapola a un guion sin emoción, a una narrativa plana y previsible que solo deslumbra con el magnífico envoltorio de la fotografía de Vittorio Storaro.

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No vamos a volver a decir eso de “una película floja de Woody Allen es mucho mejor que cualquier otra comedia que se estrene”, o aquello de “hace tiempo que Allen dejó de ser el que era antes”. La nueva película de Woody Allen será, como siempre, el acontecimiento marcado en nuestras agendas cinéfilas de cada año. Ya sabremos lo que vamos a ver, sin grandes sorpresas. Quizá haya algo sutilmente distinto, un alter ego del propio Allen que esta vez se muestra mucho más seguro de sí mismo. En cualquier caso, saliendo de la cita moderadamente satisfechos, ni entusiasmados ni decepcionados, saciados con nuestra ración anual y marcando en el calendario la próxima fecha en la que volveremos a escuchar las historias de desamor que nos cuente Woody. A su manera, siempre.

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