Atlantida Film Fest: El juicio y A blast

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El juicio

Última crónica del Atlantida Film Fest.

El juicio por Pablo Vázquez Pérez

Dentro del apartado de films dedicados a las fronteras en el actual Atlántida Film Festival esta es una coproducción búlgara-macedonia-croata-alemana, cuya trama principal juega con esas líneas divisorias entre Bulgaria y Turquía como un argumento relevante y eso parece una ironía. Quizás la inclusión de los turcos en la financiación hubiera servido para engrandecer la multiculturalidad sin asociar solo dicha nacionalidad al hecho de tratarse de unos exiliados musulmanes que huyen de sus lugares de origen Pero la cuadratura del círculo es complicada fuera de los integrantes de la Unión Europea. De todas maneras el film muestra su carácter universal con una narración de estilo clásico y comprensión internacional aunque use el idioma búlgaro.

Más allá de la dificultad que supone la comercialización de un largometraje protagonizado por un reparto casi desconocido en España, con la excepción del intérprete serbio Predrag Manojlovic, visto en películas de Emir Kusturica. El juicio es un buen ejemplo de producto entretenido sin resultar superficial. Mityo, el protagonista, es un padre viudo que acaba de quedarse sin trabajo tras el cierre de la central lechera en la que era transportista. Con un hijo estudiante, los prestamistas acosándole y un camión cisterna que es incapaz de vender, tendrá que ganarse dinero de manera ilegal.

Stephan Komandarev dirige un guión bien armado en su estructura aunque débil en sus convencionalismos dramáticos. Recurre a una gramática visual potente por el ritmo y dinámica de las secuencias, sin tiempos muertos, capaz de sugerir la fatalidad del pasado, los errores cometidos y el arrepentimiento durante gran parte del metraje. Tropieza en un tercio final brioso, pero con algún efecto de ralentizado que sobra y cierto efectismo del que había prescindido hasta un clímax demasiado marcado. A pesar de todo el saldo final es favorable con un uso muy eficaz de los bosques y montes coronados por esa niebla juguetona. La fuerza visual de las casas rurales en ruinas y la metafórica de las instalaciones fronterizas, también derruidas tras la caída de la URSS. La habilidad que tiene para crear tensión, puro cine, con la primera secuencia en la que los personajes se asoman a un acantilado, mediante un empleo alternativo de los ángulos en picado y contrapicado. Y la sensación de que las carreteras, campos y pueblos que contemplamos no parecen muy distintos a los que quizás conozcamos de cualquier viaje por el interior de España, con nuestra circunstancia de no haber sufrido varias décadas de gobierno autoritario y aislamiento internacional. ¿O tal vez sí?

A blast

A blast

A blast por Yago Paris

Hay mucho de los hermanos Dardenne en A blast (Syllas Tzoumerkas, 2015). La cámara va al hombro y no para de moverse; de hecho, es zarandeada con agresividad. Esta emoción la comparte con los personajes de esta cinta, especialmente con su protagonista. La comunicación se establece a gritos, en confrontación física, violenta. Además, se asemeja al cine de los Dardenne en el hecho de que una mujer sea la protagonista y en que esta se encuentre en constante lucha contra el ambiente opresivo que la rodea. Angeliki Papoulia es la encargada de dar vida a esta mujer en crisis. La actriz, habitual del cineasta griego actual más relevante, Yorgos Lanthimos, desglosa un catálogo de recursos interpretativos que por sí solos sostienen la película y, al igual que los personajes de los hermanos belgas, huye, está en constante movimiento, con prisas, llegando siempre tarde a su destino –físico o emocional–.

Hay dos partes bien diferenciadas, que en el montaje se entremezclan hasta lograr el caos. La crisis económica, que ha asolado al país heleno, marca el punto de inflexión. En esa primera parte hay felicidad, hay descontrol, hay inconsciencia. La protagonista conoce al hombre de su vida y, entre la alegría, la falta de perspectiva y la incapacidad para predecir el desastre, se embarca en la formación de una familia numerosa. La debacle económica pone patas arriba todo el mundo creado alrededor de esta mujer y las cartas se ponen sobre la mesa. La crisis económica genera una crisis existencial, idea que ya se podía observar en Gente en sitios (Juan Cavestany, 2013). Esta idea es la clave de A blast y a la vez el punto de no retorno. Si bien la cinta se desvía hacia terrenos menos explorados y logra momentos en los que la forma se empapa de fondo, la sensación final es de inconcreción entre el desconcierto. La obra propone muchas ideas que no remata, y, si bien se coloca como un producto estimable, la proyección de estrellato parecía una realidad en algunos momentos del metraje.

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