Atlantida Film Fest: In the crosswind

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Memoria.

Hay momentos de la vida que paralizan a quienes los viven. Momentos que marcan, momentos que definen una existencia. Este es un recurso habitual del director Wong Kar-wai, que, mediante ralentís o, especialmente, mediante detención de la imagen, sella en sus obras, y en la retina del público, una serie de momentos clave de sus personajes. Algo similar a esto, aunque reformulado dentro de las claves de una puesta en escena bien diferente, es lo que ha hecho Martti Helde en In the crosswind (Risttuules, 2014). El que es su primer largometraje ha sido encuadrado dentro de la sección Memoria del Atlántida Film Fest, y esto se debe a que la historia que narra recupera el holocausto sufrido por los pueblos bálticos durante la dictadura estalinista.

El director estonio filma en blanco y negro este relato de mitad del siglo XX, y lo hace a través de una delicada fotografía en la que el preciosismo de sus imágenes contrasta con lo cruento de los sucesos. La cinta arranca con los momentos previos a dicho holocausto, y en ella nada llama la atención hasta que el exilio forzado de miles de personas hace su aparición en escena. Es en este momento en el que todo cambia. La vida se detiene, los personajes entran en shock, la existencia de muchos de ellos se han acabado. Este momento, brutal en lo físico pero también en lo psicológico, encuentra una salida inteligente en un juego nada gratuito de puesta en escena. El director decide retratar a los personajes inmóviles, estáticos en el plano, mientras la steadycam recorre, en largos planos secuencia, el escenario de cada una de las escenas que se representan.

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Al énfasis de marcar el estado psicológico y emocional de los personajes se le suma otro segundo motivo, menos llamativo pero de mayor calado. El guion se compone de una recolección de cartas que en su día fueron escritas por una mujer, quien en vano trataba de comunicarse a distancia con su marido. La información de todos estos sucesos, por tanto, ha quedado fragmentada a estas cartas, a estos instantes de realidad separados por amplios espacios de tiempo. La película se amolda a estos condicionantes y realiza una sublime adaptación en fotogramas del material de partida. Por ello, no relata una historia al uso, con su planteamiento, nudo y desenlace, con un desarrollo de personajes con sus correspondientes arcos argumentales y un largo etcétera de estándares de guion. Al contrario, la película se compone, como las cartas, de una serie de instantes, aquellos que han marcado a los personajes que los vivieron, y aquí el uso de las elipsis es igual de marcado, por lo que se acierta de pleno a la hora de condensar las sensaciones, las ideas y la trascendencia de lo que en esas misivas se transmitía. Martti Helde comprende lo que maneja, se adapta a sus requerimientos y gracias a estos elabora un discurso formal tan llamativo como coherente, cuya marcada puesta en escena no condena a la pretenciosidad.

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