Atlantida Film Fest: El Tesoro y Bang Gang

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El tesoro

Segunda crónica del Atlantida Film Fest.

El Tesoro por Laura M. Solano

En El Tesoro (Comoara, 2015) su director y también guionista de la cinta, Corneliu Porumboiu, nos cuenta un bonito cuento.  Costi, un hombre que vive en Bucarest con su mujer y su hijo de 6 años, tiene una vida tranquila a pesar de la crisis de su país; sin lujos pero sin sobresaltos. Un día aparece su vecino Adrian, al que están a punto de desahuciar de su casa por el impago de la hipoteca (¿a que os suena familiar?), y le cuenta que en el jardín de sus abuelos, en el pueblo de Islaz, hay un tesoro enterrado y que necesita 800 euros para alquilar una máquina detectora de metales y desenterrarlo. A partir de ahí empieza la aventura.

Con este punto de partida Porumboiu nos guía con mano de maestro por los avatares de los protagonistas y nos va descubriendo los dos caracteres de ambos. Costi con su fuerza, su fe y su sentido de la moral. Adrian con menos de todo eso, ya que se ve cómo le ha pasado factura la situación que atraviesa, y con más desconfianza y abatimiento. El uno es el contrapunto del otro pero juntos llegan al final de su aventura. Los personajes y sus relaciones reflejan perfectamente sus situaciones. Costi tiene una mujer y un hijo que le adoran, un jefe comprensivo y unos compañeros que le apoyan,  mientras que de Adrian apenas sabemos nada, hay un vacío. El vacío que provoca la crisis y la desesperación en las personas.

Porumboiu domina perfectamente el tempo de la cinta. Sabe qué mostrar y cuándo. Sabe cómo mantener la intriga alargándola pero sin que se haga pesado. La película resulta de una sencillez notable con una cámara fija, en la mayoría de los momentos, con movimientos muy suaves cuando la ocasión lo requiere para que todo resulte natural y fluido.  No obstante, y a pesar de las innumerables virtudes de la película entre las que se encuentra una multitud de capas por descubrir por debajo de ese falso barniz de película de cuento, no consigue que a mí me funcione el conjunto. Todo se me hace demasiado irreal y no llego a acompañar a los protagonistas en su aventura, no siento con ellos, no vivo con ellos y me encuentro como una mera espectadora que asiste a un bonito relato que no le emociona. Supongo que el problema es mío, que soy más del lado crudo y áspero de esta “nueva ola del cine rumano” (no sé si se puede seguir diciendo “nueva” a estas alturas…), en el que me encuentro más como pez en el agua.

Bang Gang

Bang Gang

Bang Gang por Diego Bejarano

En 1995 se estrenaba en Estados Unidos una película indie que supuso un auténtico revulsivo en el panorama cinematográfico de la época. Dirigida por Larry Clark (a la postre, un cineasta malogrado) y escrita por Harmony Korine (que, éste sí, con los años se convertiría en una de las voces más importantes del cine independiente americano), Kids se erigió rápidamente en estandarte de una nueva forma de expresión fílmica cuya repercusión e influencia fue inconmensurable. Con absoluta falta de pudor y una naturalidad por momentos rayana en lo obsceno, Kids relataba las desventuras de un grupo de adolescentes urbanitas ahogados en un mar de hedonismo, abulia e irresponsabilidad, lo que conllevaba, por supuesto, abundantes dosis de sexo y drogas en un marco de absoluto descontrol. Pese al carácter semidocumental de la cinta, auténtica marca de estilo, sus autores no pudieron resistirse a la tentación del giro narrativo final que, en este caso, otorgaba a la cinta cierto afán moralizante, aunque no por ello dejaba de resultar verosímil y tremendamente estimulante.

Veinte años después, Eva Husson ha pretendido realizar el Kids del siglo XXI. No quiero decir un homenaje, ni una película fuertemente influenciada por aquélla. No: Bang Gang es, me atrevería a decir, un remake indisimulado de la película de Larry Clark. Con su mismo propósito, su mismo tono y hasta un sospechosamente parecido desenlace. Realizado, eso sí, con una sensibilidad muy distinta, muy a la francesa, lo que quiere decir que no solo carece de la rabia insolente de su predecesora, sino que desprende cierto tufo al cinéma d’auteur más indigesto y trasnochado. Bang Gang es una película vacía que llega muchos años tarde, no cuenta nada nuevo y, además, resulta tristemente epidérmica en su retrato de una nueva generación de adolescentes que, por necesidad, no puede ser idéntica a la de finales del siglo pasado. Sí, es cierto que su directora añade el papel de las nuevas tecnologías a su relato, que intenta reflejar el abismo generacional entre padres e hijos y que muestra una diferencia entre las consecuencias de tener sida en los 90 y tener sífilis en la actualidad, pero la mera enunciación de estos elementos no puede esconder la banalidad de su discurso, que en absoluto complementa ni actualiza con rigor lo que ya quedara dicho dos décadas atrás.

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