Atlantida Film Fest: Drone y Refugio

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Seguimos con el Atlantida Film Fest.

Drone por Pablo Vázquez Pérez

Un lenguaje limpio para una guerra sucia. Esta frase resumiría el argumento del tercer documental de la directora noruega Tonje Hessen Schei. En un período histórico de malas relaciones internacionales entre países occidentales contra enemigos como Pakistán. Un conflicto existente desde los atentados del once de Septiembre de 2001, quince años de guerra entre diversos estados árabes y asiáticos enfrentados a occidente. Se pueden usar eufemismos como intervenciones, misiones de paz, humanitarias o incursiones puntuales para detener a terroristas. Pero la realidad sobre la que no se informa es de una verdadera contienda bélica, pequeñas batallas en una guerra que desgraciadamente arroja numerosas víctimas en ambos bandos.

Drone es un documental tan necesario como ortodoxo. Identifica a todas las personas que intervienen por rótulos sobreimpresionados que aportan su nombre y ocupación. Trata de abarcar la mayor parte de puntos de vista diferentes, implicados en los enfrentamientos, desde mandatarios, militares norteamericanos, intermediarios humanitarios, dirigentes en Waziristan y Peshawar, víctimas y constructores de drones. Salvando la ausencia, con imágenes de archivo, de responsables como el presidente Obama o el pakistaní Mamnoon Hussainen. La realizadora lleva con buen ritmo el metraje, poniendo su profesionalidad al servicio de un tema apasionante y terrorífico. No se sitúa a favor de ningún bando porque las atrocidades provienen de las dos partes, ya sea por actos terroristas que persisten como podemos ver en cualquier informativo. O por esta manera quirúrgica de enfrentarse al enemigo a distancia, con el uso de aviones manejados a distancia y geolocalizados, provistos de potentes zooms que identifican pero no aseguran la limpieza en el resultado final de sus operaciones.

El documental no recurre a teorías conspiratorias y arroja datos escalofriantes sobre el reclutamiento de operarios jóvenes a base de campeonatos de juegos en red. En el tratamiento que ofrece sobre la violencia, quedan fuera de campo la mayoría de los bombardeos, mostrados por imágenes nocturnas, con siluetas difusas en las que lo más reconocible es el punto de mira que sirve para apuntar sus objetivos. Menos en algunos documentos sobre víctimas infantiles y el testimonio de Brandon Bryant, las imágenes más sangrientas forman parte de juegos de ordenador cuyas propiedad intelectual es propiedad del ejército estadounidense. Ahora es la mejor ocasión de ver un documental que posiblemente no programen televisiones generalistas o festivales de cine, porque en su tratamiento equilibrado, que no condena, perdona ni se alinea, está su mayor arma.

Refugio

Refugio

Refugio por Guillermo Martínez

La innumerable cantidad de películas ambientadas en Europa Central cuyo argumento gira en torno a los reformatorios, internados y demás instituciones para adolescentes problemáticos, es realmente importante, pero no tan especialmente sorprendente; el cine, siempre reflejo de la sociedad, retrata a la población de éstos países, reprimida bajo esa superficie de aparente civilización y progreso, para mostrar la explosión de la violencia contenida que se desata en estos lugares. Refugio no se aparta de todo esto y funciona como perfecto ejemplo de la hipocresía de, en este caso, la sociedad de finales de los años sesenta de Alemania Occidental.

Con unos colores brillantes y una iluminación casi cegadora se conforma una atmósfera optimista, desenfadada, que presenta al protagonista (un problemático adolescente alemán), así como a la familia que poco después termina mandándole al conservatorio. Esta atmósfera se conserva durante gran parte de la película en contraposición con lo contado, sombrío y violento, creando una especie de (no sé si intencional) ironía, entre el optimismo reinante y las cloacas a las que se envían a aquellos que no se adaptan a éste. Lamentablemente, esta visión sarcástica y crítica se diluye en un tremendismo continuo, no atento a razones. El vía crucis de los adolescentes internos es tal, que sin justificaciones a priori o a posteriori, no termina de parecer verídico, pese a que los títulos de crédito claman que todo lo contado ocurrió tal y como aparece en la película.

Refugio renuncia en gran parte a lo que es quizá lo más importante (y lo que a muchas de estas películas les falta): dar un sentido ideológico y social más contundente que el que intuimos, pero no podemos confirmar durante la película. La violencia exagerada, a ratos ridícula, se quedan en eso, en violencia, sino se es capaz de otorgarle significado. Y la película no es sobre la violencia, pero acaba pareciéndolo, y cuando ésta avanza queda poco más que eso; no es suficiente lo gráfico y lo explícito si las razones están tan escondidas o es tan inexistentes como este caso. Cine social, parece ser, fagocitado por el sensacionalismo.

 

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