Atlantida Film Fest: Depth Two y Chevalier

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Depth two

La deshumanización en el Atlantida Film Fest.

Depth Two por Mª Carmen Fúnez

Fuera de campo deja el director serbio Ognjen Glavonic los horrores de la guerra de los Balcanes en el documental Depth Two. Glavonic destapa por primera vez los crímenes que cometió el gobierno serbio contra los civiles albano-kosovares, escondidos por aquellos durante muchos años tras la excusa perfecta de estar siendo bombardeados por aquel entonces por la OTAN. El director decide asímismo esconder ese horror tras los testimonios de víctimas, verdugos y colaboradores de la limpieza étnica, a los que da voz para narrar sus experiencias mientras su cámara solo recoge los paisajes actuales de los diferentes escenarios en los que éstas ocurrieron.

Nada más le hace falta para remover heridas y consternar al espectador sin ni siquiera mostrar una sola imagen de las torturas o los asesinatos. Al igual que hiciera Tatiana Huezo en el documental Tempestad, visto en la última edición de Documenta Madrid, las voces de quienes vivieron de una forma u otra los casos de genocidio acontecidos en Serbia son las que nos conducen por una historia que comienza pareciendo un relato de intriga, iniciando la película con el caso de un camión cargado de cadáveres encontrado en el fondo del Danubio, y acaba desgarrando lo más profundo de la conciencia humana al descubrir cómo ese hallazgo solo era una mínima parte de los asesinatos en masa perpetrados por el gobierno serbio durante la guerra.

Pero al contrario de lo que sucedía con la imagen en la película mexicana, rodada de una manera por momentos casi aleatoria y en otras ocasiones demasiado explícita, en Depth Two la narrativa visual ofrece el vacío actual de los lugares que los relatos van contando mientras deja a la imaginación de quien los escucha las terribles imágenes de lo que sucedió en ellos. Paisajes en su mayoría desolados, grises, inmersos en una paz turbadora que esconderá por mucho tiempo el horror que se sigue sintiendo aunque ya solamente se conozca a través de las palabras de quienes lo habitan.

Chevalier

Chevalier

Chevalier por Diego Bejarano

Un grupo de pescadores, formado por seis hombres maduros, hace su faena en el mar, a bordo de un lujoso barco. Cada uno tiene un rol asignado en el grupo y, desde el principio, podemos apreciar cómo se van definiendo sus perfiles psicológicos: el inseguro, el triunfador, el dominante… Entre una jornada y otra, sacan tiempo para practicar cualquier absurdo juego que les permita medirse entre ellos. Pero las normas del juego no siempre satisfacen a todos: cuando uno pierde, siempre echa la culpa a factores ajenos. Entre un pique y otro, surge una idea no tan imprevisible: «¿Y si extrapolamos la competición a todos los ámbitos de nuestra convivencia? Juzgaremos quién es capaz de montar un mueble de Ikea en menos tiempo, quién duerme en mejor posición, quién pesca el pez de mayor tamaño… y, por qué no, quién tiene, literalmente, el pene más grande». Partiendo de esta descabellada propuesta, la directora griega Athina Rachel Tsangari ha desarrollado una película con la que pretende diseccionar la dinámica del sistema capitalista, deshumanizado y ultracompetitivo, en el que se ve inmerso el mundo occidental hoy día. Ese grupo de pescadores representa no solo una sociedad cruel que todo lo mide y todo lo pondera cuantitativamente, sino el lado oscuro de todo ser humano que, libre de ataduras, se encuentra más cómodo luchando contra sus semejantes que cooperando fraternalmente. No es de extrañar que una película así surja, precisamente, en la Grecia actual.

La propuesta, cínica y distante, no deja títere con cabeza; todos los personajes resultan, en mayor o menor medida, ruines en su mezquindad y su juego sucio. Algo tendrá que ver, por supuesto, que todos sean hombres: difícilmente será ésta una cuestión azarosa para la autora del film. Acaso el primitivismo animal del sexo masculino está esperando cualquier excusa propicia para salir a la luz, como si de una predisposición atávica, solo contenida gracias a las normas sociales habitualmente imperantes, se tratara; o tal vez sean, precisamente, estas normas sociales fuertemente arraigadas en el imaginario colectivo las culpables de que los hombres tengan una necesidad constante de demostrar su valía, a la mínima ocasión, como alfas indiscutibles de la manada. Sea como fuere, Chevalier es una alegoría que no esconde sus cartas, un producto deliberadamente artificioso que, por absurdo e hiperbólico, solo puede ser disfrutado como juguete hermenéutico destinado a la deconstrucción intelectual. En la línea de Canino (Yorgos Lanthimos, 2009), por citar un precedente inmediato también del país heleno, pero a juicio de quien esto escribe mucho menos estimulante y, a la postre, más fácilmente olvidable.

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