Filmadrid 2016: Crónica 5

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Encarando la recta final de Filmadrid.

La sección oficial de Filmadrid aportaba el pasado miércoles una remesa de cuatro obras, distribuidas en las ya habituales dos sesiones. Dos cortos, The ebb of forgetting (2015) y Casa da quina (2015), y dos largometrajes, The name of the whale (2015) y Las lindas (2016), conformaron esta intensa jornada de resultado irregular. El primero de todos es una obra filipina de 9 minutos, que llega de la mano de Liryc Dela Cruz, pupilo de Lav Diaz, de quien se proyectó un corto en la primera jornada del festival (The day before the end, 2015). De corte similar, con fotografía en blanco y negro, narrativa escurridiza y simbolismo desbordante, sin embargo lo que en manos del maestro se convertía en una obra sugerente, en las del pupilo peca de opacidad. Su escaso metraje se suma a unas escenas ideadas para trascender pero abocadas a la indiferencia. Hay una poética remarcable en su discurso, y es sugerente su manera de entender los recuerdos como entes corpóreos y viceversa, pero la propuesta no cuaja, y no lo hace porque en ella vencen las ganas de trascender a toda costa, lo que la lleva a teñir el relato de cierta pretenciosidad.

The name of the whale

The name of the whale

Junto a esta se programó The name of the whale (2015), película japonesa filmada por Fumito Fujikawa. El autor remueve en la memoria colectiva del país al aproximarse al que quizás sea el tema más espinoso de su Historia y que todavía no se ha superado: la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima. Fujikawa se vale de la parsimonia introspectiva para tejer un relato de ramificaciones alegóricas, en la que la figura de la ballena cobra un simbolismo con el que aproximarse al concepto de recuperación del pasado, de las memorias perdidas, enterradas por voluntad propia ante la catástrofe vivida. Entre el silencio y el aislamiento físico y emocional, los personajes deambulan por este pueblo campestre cercano a la ciudad estigmatizada. La búsqueda del recuerdo que lleva a cabo el niño protagonista es una expedición solitaria, pues nadie más parece interesado en recuperar el horror para estudiarlo de cerca y tratar de comprenderlo. Una búsqueda que es a su vez un intento de encontrar la senda propia, de descubrirse a uno mismo, en una época en la que estar perdido no es un estado transitorio. Sin embargo, todo esto es la interpretación que hace este crítico, tras un vaciado de los subtextos que pueblan el metraje de Fumito Fujikawa. La teoría resulta apasionante, pero la aplicación práctica se ahoga en un intento fallido de acercarse a un cine sereno, en cuyo interior palpitan las pulsiones de lo oscuro. Una cinta que se disfruta más tras la proyección, tratando de comprender lo que el director ha tratado de hacer, que durante la misma, en la que todo se intuye pero nada se concreta.

Casa da Quina

Casa da Quina

La segunda sesión presentaba idéntica estructura. Casa da Quina es un cortometraje rodado en Lisboa por la directora Arya Rothe. En él se narra cómo es la situación actual de Quina y cómo ha llegado hasta ahí. Mujer de apariencia invulnerable, reflexiona en off sobre echar raíces, esa necesidad tan humana. De su tono se desprende cierta displicencia hacia esta manera de entender la vida, y esto es así a pesar de que sea una mujer perdida y aferrada a lo único que tiene, el Café Estádio de la capital portuguesa. La entereza de su voz contrasta con una mirada perdida, entre el exceso etílico y la deriva emocional. Lágrimas asoman entre sus párpados, a pesar de la mirada desafiante que lanza a cámara. En los fotogramas de Arya Rothe se materializa la contradicción de la sociedad, esa que exige fortaleza aunque el llanto sea la única redención.

Las lindas

Las lindas

La jornada del miércoles guardó para el final la mejor de las cuatro obras que pudieron verse ese día en la sala 4 del Cine Paz. Las lindas es un documental argentino que tantea los espacios del videoensayo. Melisa Liebenthal es la responsable de la obra, a la par que la protagonista del mismo. La idea matriz es investigar sobre su infancia y adolescencia. Todavía veinteañera, la joven realizadora se asoma a las peculiaridades que caracterizaron la relación con sus amigas, con las que todavía mantiene un estrecho vínculo y que aparecen, una a una, delante de la cámara para acompañar a su amiga directora en este viaje. Las lindas pertenece a ese tipo de films que tiende a ser infravalorado por su tono liviano y bajas pretensiones. Con una narración ágil, autoparódica y plagada de momentos hilarantes, ese aire de ligereza puede jugar en su contra por parte de una audiencia demasiado acostumbrada a primar el drama frente a la comedia, a pesar de que tomar este camino implique ser absolutamente consecuente con la idea planteada. A ello hay que sumar el manejo del tono, que es la clave a la hora de trenzar los diferentes elementos que componen una película; en esta película, la medición de los ritmos y de la intensidad de las diferentes emociones es excelente.

Liebenthal se apropia de ese modelo de realización documental que parte de una idea difusa y esquemática, que carece de guion y cuya temática final se descubre en la mesa de montaje. El objetivo primordial es filmar lo que surja, captar la espontaneidad de sus personajes, atrapar la belleza que reside en la naturalidad con que los testimonios son expuestos ante la cámara. Un factor fundamental para el buen ritmo, y para ese tono mayoritariamente humorístico que embebe al relato, es la comicidad inherente al acento argentino. Pero no sólo hay humor en Las lindas. El ensayo evoluciona y, lo que en un primer momento era una mirada nostálgica, con el avance del metraje evoluciona hacia un enfoque más íntimo, introspectivo, que a su vez parte de lo individual para alcanzar la colectividad; en este caso, la femenina. Melisa Liebenthal adopta el activismo feminista y convierte la narración en un desglose de reflexiones acerca de lo que significa ser mujer en la sociedad occidental de la superficialidad, el culto al cuerpo y los estándares de apariencia y comportamiento. Sin salirse de los lugares comunes del discurso feminista, sin aportar una lúcida disección de la situación actual, la obra funciona porque la honestidad no se pierde, como tampoco lo hace la autocrítica. Pensamientos contradictorios colisionan en off para plasmar el rol de la mujer, especialmente cuando esta es consciente de la situación, no le gusta lo que ve y a pesar de todo no consigue resetear su subconsciente. Melisa se desnuda física y metafóricamente ante la cámara y regala a su audiencia un vaciado de condicionamientos sociales, esos que son tan estúpidos cuando se enuncian y que sin embargo se llevan el gato al agua en los terrenos del subconsciente.

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